Fragmento:
Esa misma tarde, yendo hacia el manicomio con el parte de mi turno, pasé cerca del pabellón siete. Olía a humedad y formol. El doctor Brewer, que llevaba la piel blanca como una colcha y los dientes sepultados, me paró en el corredor.
Duración: 08:45
La tarde tras la verja era brillante y desolada. Los árboles, podridos hasta el corazón, proyectaban sombras irregulares en el descuido bulboso del cementerio Gadsden, un lugar tan lejos del amor como de la verdad. Plata desmanchada de las lápidas, flores rancias ofrecidas a muertos prolijos, y las grietas, esas venas en el mármol, parecían sonreír con indecencia. Es junio, un mes que sólo trae calor y mosquitos, pero ponen la tierra blanda para el trabajo subterráneo, y es un mes en que los vivos, como mi padre, vuelven a pensar en los encierros.
Mi padre fue enterrador aquí veintisiete años, luego pasó a trabajar en el Centro Estatal Bylaw—ese palacio de fantasmas balbuceantes que la ciudad llama manicomio aunque el cartel de hierro forjado sólo dice “Sanatorio”. Allí fue portero, hombre para todo, enfermero de los peores, y nunca volvió a dormir bien. Cuando cumplí veintitrés, me consiguió trabajo en ambos lados de la verja, como si la muerte y la locura fueran primas hermanas que bebían del mismo arroyo estancado. Durante las noches tristes, cuando su artritis le quemaba las manos, me contaba historias del lado oeste del sanatorio, donde nunca se abría la puerta salvo a los peores chillidos.
Esa tarde, la segunda de junio, el aire sabía a lejía. Recorría el perímetro del cementerio, asegurándome de que nadie hubiese profanado las tumbas viejas, cuando vi la tumba recién abierta en el alto. No estaba en el parte, no era para entierro ese día y la tierra, aún húmeda y negra, apestaba a cal. Sentí el estómago encogerse como una sábana mojada. Miré alrededor: nadie, sólo el viento y ese sordo rumor de hojas arrastradas por el propio temor.
A veces, en los veranos de mi niñez, mi padre me llevaba a la verja del manicomio, y yo miraba las caras asustadas contra los cristales. Los internos gritaban con el idioma de los cuervos. Uno tenía orejas como lenguas de buey y la cara cuarteada de limón. “Ese es el doctor Randall,” decía papá, señalando a un hombre que balbuceaba versos y escupía la medicación. “Doctor él, pero más loco que todos los demás.” Nunca supe si esas historias eran advertencia o consuelo.
Me acerqué a la tumba. La pala aún estaba clavada en el montículo. El nombre en la losa: BLISS, en relieve antiguo, devorado por el musgo. Recordé haber visto ese apellido en los documentos del manicomio. La madre había muerto hacía años, y el último descendiente—Miles Bliss—desapareció del pabellón siete un año atrás, justo antes del incendio. Se rumoreaba que no se encontró su cuerpo, sólo rastros de su presencia, ropa desgarrada, los lobos de la mente libres en la noche.
La tumba abierta era más estrecha y profunda que las demás. Tenía el fondo ahogado en un charco verdoso, y las paredes, en vez de ceder, parecían hundirse cada vez que me inclinaba. Un golpe de sombra cruzó mi vista. Miré hacia la verja y vi asomados tres internos en batas roídas, riendo desde el lado del manicomio. Uno me hizo señas, gestos que sólo podía entender quien ha aprendido a temer la lógica torcida de los locos.
Esa misma tarde, yendo hacia el manicomio con el parte de mi turno, pasé cerca del pabellón siete. Olía a humedad y formol. El doctor Brewer, que llevaba la piel blanca como una colcha y los dientes sepultados, me paró en el corredor.
—¿Has oído el aljibe? —preguntó sin mirarme.
No dije nada. Sabía de qué hablaba: el rumor del agua estancada en los cimientos, la historia de que abajo del sótano, antes de ser manicomio, hubo canales de esclavos y cámaras sin techo donde los cuerpos se pudrían al sol. Brewer me miró. No sonreía nunca.
—Esta noche escucharás, si te atreves, dijo. Y se fue.
De vuelta a casa, pasando bajo los cipreses del cementerio, noté a una mujer encorvada en la sombra. Hablaba con las lápidas. Sus manos eran dedos de trapo, pero su rostro era hermoso de un modo quebrado. No era visitante. Caminé rápido, fingiendo no ver.
Esa noche, entre sueños, la oí. Gritaba nombres, Bliss entre ellos, y uno que no entendí. A la mañana, al abrir la puerta del manicomio, la encontré dormida bajo el porche, el pelo pegado a la mejilla. No era interna—vestía ropa de domingo y, aún así, tenía un olor de agua estancada y tierra removida. La desperté. Me miró con los ojos grises.
—Se equivocan —dijo—. Él no está dentro, sino debajo.
No supe qué hacer. La dejé entrar por miedo a causar escándalo. La llevé a la sala de espera y salí a buscar a Brewer. Lo encontré fumando aparte, en el patio.
—Está aquí otra vez la loca de las tumbas —dije.
Brewer lanzó el humo en mi cara.
—Déjala. Ella ve lo que nosotros no queremos ver.
Sentí el pánico abrirse en mi pecho. Volví adonde la había dejado pero había desaparecido. Pregunté a las enfermeras, negaron conocerla. El recuerdo de la tumba abierta me quemaba.
Esa noche, después de la cena, la enfermera Tilda me pidió ayuda. Un grito de espanto había sonado en el tercer piso, pabellón oeste. Según decían, los internos oyeron ruidos debajo de las piedras del suelo: golpeteos, murmullos, algo como una conversación entre muertos. Subí las escaleras con la linterna y el corazón pequeño.
Los pasillos se alargaban como intestinos. El olor a lejía era más fuerte. Al fondo, el último celador—un negro alto, McQuinn—rezongaba con los nudillos blancos sobre el palo de escoba.
—¿Quién fue? —pregunté.
McQuinn miró la pared.
—No son hombres los que bajan aquí de noche. Son los que nunca se fueron.
En la celda 313, el interno Blake, demacrado y tembloroso, me tomó la mano.
—Escuchan a alguien cavar —susurró—, de ahí abajo. Llaman por un nombre, no por nosotros. Nadie duerme aquí. La tierra está enferma.
Al volver al jardín, sentí un temblor bajo mis pies. Un silbido, un zumbido imposible. Miré a la luna: toda huesos. La casa del manicomio, levantada sobre los cimientos mojados del cementerio viejo, parecía sudar. La puerta principal no se cerraba nunca del todo. Una corriente helada recorría el umbral, como si invitara a los que se quedaron a medio camino entre la tierra y el cielo.
No dormí esa noche. Soñé la tumba abierta, la pala clavada, la sonrisa cubierta de cal de Miles Bliss. Oí a la mujer de la tarde solicitar “justicia” en una lengua de pozos. Vi su pelo metido en la grieta de la piedra, como si alimentara raíces invisibles.
A la mañana siguiente, fui al registro del manicomio. Busqué a Bliss. Hallé su ficha amarilla: “Internado por decaimiento mental, episodios de sonambulismo. Afición violenta por cavar.” Se consigna: “Sospecha de haber desenterrado cadáveres, motivo nunca esclarecido del todo. Tras el incendio, cuerpo no recuperado.”
Al volver a la tumba de Bliss, en la ladera, la encontré sellada. Nadie, ni registrando el libro, había anotado quién la cerró en la noche. El musgo cubría ahora el apellido, y toda la extensión alrededor parecía respirada, como si la tierra misma se hubiese levantado e inhalado el secreto.
En la semana siguiente, los internos deliraron cada vez más fuerte. Uno se arrancó dos uñas “para no cavar en sueños”. Otro, un niño todavía, rascó la pared de su cuarto hasta abrirla a los cimientos, y allí, dicen, sacó una hebra de pelo. La mujer de la tarde apareció dos veces en la verja, pero desapareció sin testigos.
El doctor Brewer se fue una mañana sin despedirse. Dejó una nota: “Escuché el aljibe, no haré guardias nocturnas.” Las otras enfermeras decían que se le vio hablando solo en el pasillo, pidiendo que le taparan la boca “con cal”. Pedí mi baja una semana después. El olor a humedad, la presencia persistente de lo hundido y lo no muerto, me acababan la respiración.
Hoy, años después, cuando paso pegado a la vieja verja del cementerio, escucho, a veces, una conversación imposible, ráfagas de tierra removida, el zumbido bajo el césped fresco, como si alguien escarbara desde el otro lado, pidiendo que la puerta por fin se cierre y nadie más, ni cuerdo ni loco, se atreva a abrirla. Dicen en el pueblo que cuando muere un Bliss, la cal de los huesos se filtra al agua subterránea. Yo no bebo jamás del pozo de la casa vieja, y no vuelvo a mirar demasiado tiempo la tierra removida en los días de calor. Porque los locos y los muertos, en Gadsden, sólo esperan una grieta en la puerta para volver a entrar.
Y esa grieta parece ser, siempre, en junio.
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