Las casas de la calle Bullard, el último extremo del condado de Old Myers, se mantienen en pie a fuerza de secretos y herrumbres. Cuando el sol cae sobre sus techos bajos y sus ventanales, los ejes de las ventanas giran el aire espeso y dulzón, tamizando los zancudos y algún cuchicheo de las trastiendas. Y en el cruce de la calle Bullard con el Alley Howser, había un callejón donde nadie, ni muchacho ni gata hambrienta, se atrevía a internarse después de las seis.
Tal vez era culpa del sicomoro, plantado en el centro, torcido desde hacía medio siglo y amarrado con alambres oxidados como si se empeñara en no dejarlo crecer a su antojo. Quizá era la arruga negra de tierra que siempre lucía húmeda y fresca, incluso cuando el resto de la tierra de Old Myers se agrietaba bajo el verano. Los rumores decían que el callejón era la boca de algo hambriento, o que el árbol envenenaba el aire. Pero la verdad, como suele pasar, era más muda y terrible.
Esa noche, los cinco amigos se acercaron al callejón como si lo hubieran decidido juntos, aunque no fue así. El impulso era compartido, pero el pacto, silencioso. Boone, el más alto, caminaba primero. Llevaba la chaqueta azul de su hermano muerto, esa que olía a mentol y a pólvora vieja, y la sombra apretada de su casa siempre borracha lo seguía. Lorette, con su vestido pajizo hecho a mano y su cabello recogido, era la que más temblaba. Detrás de ellos iban Hal, con su risa de cascabel, y Omer, cuya expresión flotaba entre el sueño y el pánico. Cerraba la fila Kitty, la menuda, con sus botas de hombre y la navaja plegable.
—No se supone que debamos estar aquí —murmuró Lorette, tocando el dobladillo desgastado de su vestido—. Mi abuela dijo que el silbido trae la sombra.
Boone echó la cabeza hacia atrás, como si sus pensamientos pudieran deslizarse así, pesados y ardientes, por la nuca.
—¿Y qué no trae sombra en Old Myers, Lori? El tren, la sequía, hasta los mimosos. Nada es claro por aquí.
Hal soltó una risita, retumbando el eco entre los tablones rotos del callejón.
—Mejor que los fantasmas nos encuentren juntos. Si alguien se los lleva, será a ustedes primero —dijo, aunque la broma le temblaba en los dientes.
Omer confundía sus pasos con el zumbido de insectos que escapaban bajo las farolas. Y Kitty, que siempre parecía harta del mundo, sostuvo la navaja abierta, como si el metal pudiera cortar la oscuridad densa que los rodeaba.
—Déjate de niñerías —espetó, su voz más grave que el canto de un sapo al atardecer—. Si no hay nada, salimos después. Si hay algo, que el diablo nos tome rápido.
El callejón los recibió con el olor de tierra húmeda y metal oxidado. Allí, las paredes de ladrillo parecían sudar incluso en ese calor de medianoche. Los grillos callaban de golpe, como si su música estuviera prohibida en ese tramo de la calle Bullard. El sicomoro, deformado y terco, los miraba desde su centro, raíces como grandes dedos engarfiados sobre la tierra negra.
Boone sintió la chaqueta apretarle los hombros como una mano invisible. Un retazo de algo, dicho por su hermano la noche antes de morir, le rebotó en la memoria: “Nunca sigas el silbido. No importa quién lo haga sonar.” Lo había olvidado hasta entonces.
A varios metros, al otro extremo del callejón, un farol parpadeó dos veces y se apagó. No hubo ruido, salvo el crujido sordo de los zapatos aplastando hojas muertas, que no debían estar allí, porque el sicomoro no muda hojas afuera de la estación.
—¿A quién viste la semana pasada aquí, Hal? —preguntó Boone, buscando algún amarre a la razón.
Hal tragó saliva y fijó los ojos en la tierra mojada.
—Vi a los hermanos Kennard. Caminaban lento, mirando al suelo, como si buscaran algo. Los saludé pero no me contestaron. No los he visto desde entonces, y tampoco nadie más.
Kitty intervino, afilando cada palabra.
—Los Kennard siempre fueron raros. Tal vez se escaparon.
—Nadie abandona Old Myers —corrigió Omer, y la frase cayó entre ellos como una maldición.
En medio de esa quietud entumecedora, un silbido se deslizó acuchillando el aire. Era una melodía familiar, de esas que aprendes de niño y olvidas a propósito. Demasiado alegre para una noche sin luna. Lorette se llevó los dedos a los labios, buscando, inútilmente, sellarlos para siempre. Boone sintió la sangre helársele en las venas.
Ninguno de ellos silbaba. Ninguno de ellos estaba riendo ya.
El silbido recorrió el callejón, como viento apretado que transforma la noche en hielo, y el sicomoro pareció retorcerse con un crujido de corteza. Boone, por un segundo, creyó ver una sombra descolgarse entre dos tablas del cobertizo abandonado. No parte de la noche, sino una cosa con bordes definidos y una densidad antinatural.
—Lo oí, lo juro —dijo Hal, la voz apenas un murmullo—. Así empezó la otra vez.
Se pegaron unos a otros, espaldas al árbol, pero el sicomoro parecía crecer, sus ramas multiplicándose en los ángulos muertos de sus visiones. Una ráfaga de viento removió la tierra y emergió un hedor a humedad rancia, moho y carne vieja. Omer comenzó a llorar bajito, mientras Kitty le cerraba la mano libre en el hombro.
La melodía se torció, los tonos agudos quebrándose hasta convertirse en un sollozo arrastrado. Y entonces, Boone reconoció la voz, metálica e hinchada de agua estancada: era el silbido de su hermano, ese con el que espantaba las palomas del sombrío tren al anochecer.
Lorette se llevó ambas manos al pecho. La sombra avanzó, arrastrándose desde debajo del cobertizo, estirándose como un trapo retorcido, hasta rodear los pies de Hal. Y en ese punto todos vieron claramente su contorno: una figura hecha de oscuridad lacustre, con bordes de astillas y una boca imposible, completamente abierta, de la que brotaba el silbido.
Kitty empuñó la navaja y saltó adelante. El cuchillo se hundió en la negrura, pero chorreó savia oscura y espesa en lugar de sangre. El sicomoro aulló, y las ramas bajaron en arcos asesinos, atrapando a Omer del pecho. Boone notó que el brazo de su amigo se crispaba, y después sólo oyó un pitido agudo, como cuando la radio pierde la señal.
El silbido, cada vez más fuerte, les llenaba la cabeza de imágenes: rostros familiares a los que le faltaban trozos; manos que se sumergían en la tierra, creciendo raíces en lugar de dedos; la sala de una casa donde el aire estaba tan quieto que la vida se pegaba a las cortinas.
Hal intentó correr, pero sus piernas parecían haberse anclado al lodo, los pantalones absorbiendo humedad. Lorette gritó, pero el grito se perdió, absorbido por las paredes húmedas y la niebla que comenzaba a brotar del canalón más allá del árbol.
Kitty, aún en pie, volvió a levantar la navaja, pero una rama le golpeó la muñeca y cayó de rodillas. El silbido pasó a convertirse en una risa burbujeante, alegre y triste al mismo tiempo, y Boone sintió el pecho quemarle, como si le hubieran plantado una vela de sebo por dentro.
De repente, la sombra se alzó, agrandándose hasta rozar el techo de los cobertizos. La figura tenía, por un momento, el contorno exacto del hermano de Boone, y después se descompuso en facciones múltiples: la abuela de Lorette, los Kennard, el rostro difuso del viejo sargento que velaba el paso a nivel. Todos ellos, uno tras otro, se deslizaban sobre la piel negra y hundida de esa cosa.
En la confusión, Boone pensó en el consejo olvidado. Tal vez la única defensa era no responder al silbido, no reconocerlo, no volverse. Pero la música seguía, tejiendo su ritmo en los huesos de todos.
Por puro instinto, sacó algo de su chaqueta: la petaca de su hermano. El olor a bourbon viejo era fuerte y áspero. Boone la destapó con torpeza, y arrojó el líquido a los pies del sicomoro, suplicando algo—no a Dios, sino a esa fuerza inmemorial que gobernaba el callejón y su árbol—que se detuviera. El bourbon se esparció y, por un segundo, la sombra tembló, retrocediendo. El silbido perdió fuerza.
Durante ese respiro, Omer, pálido y con los ojos hundidos, intentó zafarse de las ramas que le apretaban el pecho. Kitty gateó hasta él y, con las uñas, comenzó a arrancar la corteza, gritando de rabia. Hal, al ver el retroceso de la sombra, se arrojó contra la base del sicomoro, rompiéndose las uñas y llenando de sangre la tierra.
La sombra, herida, aulló a través de la boca del árbol, y la calle Bullard pareció encogerse sobre sí misma. Los callejones se oscurecieron aún más, y el único sonido fue el de la savia chisporroteando, mezclándose con la sangre y el bourbon en la raíz.
Un último silbido, limpio y largo como una llamada desde el otro lado del pantano, recorrió el aire nocturno. Lorette, con un hilo de voz, susurró una oración de su abuela. La sombra se estremeció, su forma vacilante a punto de disiparse con el rocío.
Y entonces, como si se rindiera, el sicomoro dejó caer a Omer. El lodo tragó la última gota de sangre, y las ramas se replegaron, cubriendo el corazón del árbol como un puño cerrado. El callejón entero pareció vaciarse de sonido; ni insectos ni pájaros, ni el tren a lo lejos. Silencio absoluto.
Los cinco, heridos y esparcidos, consiguieron arrastrarse fuera del callejón antes de que la sombra pudiera recomponerse. Unos metros más allá, en la luz cansada de la última farola viva de la calle Bullard, Hal vomitó con lágrimas en los ojos y Kitty escondió la navaja bajo la suela de su bota.
Nadie habló en la caminata de regreso, ni a sus casas ni después, nunca. Los Kennard nunca volvieron, y de Omer sólo sobrevivió una mirada perdida, de las que nunca se enfocan en nada de este mundo. Boone tiró la chaqueta azul en el canal y Lorette se rapó la cabeza. Kitty paró de hablar con todos por meses.
Y el sicomoro del callejón siguió creciendo, cada noche un poco más tortuoso, cada amanecer con raíces nuevas apenas cubiertas de lodo. Si pasabas muy cerca después de la medianoche, podías jurar que escuchabas una melodía zumbando entre sus ramas, un silbido que se retorcía como una promesa impaciente.
En Old Myers, nadie más se adentró en el callejón, ni gatas ni muchachos. La sombra aguardaba. Y la noche, como siempre, caía pronto sobre la calle Bullard.
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