Portada del relato La piel bajo la cúpula
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Fragmento:


Por la mañana, todo era brillo y solación. Ramiro subió con sus herramientas a la bóveda principal, decidió empezar por la limpieza y catalogación de fragmentos sueltos. En cuanto posó pincel y solvente sobre la primera pieza, el azul chillón del fragmento pareció aguardar, latir, y luego escurrir una gota minúscula de humedad, roja como sangre vieja.

Duración: 13:35

La piel bajo la cúpula
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Texto de ajuste de pausa.

La niebla, tan densa, parecía posarse con un propósito, envolviendo la mansión de los Valverde como un sudario húmedo. A esa hora, cuando el último carruaje debía haber abandonado la calzada de piedras, Ramiro, el restaurador de vitrales, subió la rampa que conducía a la queda entrada principal, y pensó que la niebla tenía memoria y regresaba a sitios donde antes había sido testigo de horrores o milagros. Atrás había dejado el crepitar de las calles de la ciudad: aquí la noche era un remanso de humedad y ramas arañando las ventanas.

Amalia Valverde, la dueña, le esperaba con la cortés sumisión de quien ya ha esperado demasiado. Tenía los ojos rodeados por una red de venas azuladas, y las manos, aferradas al pasamanos, sugerían una enfermedad secreta y elemental, como la llama de una vela a punto de extinguirse.

—Gracias por venir a estas horas—dijo—. La cúpula empezó a agrietarse ayer, pero los fragmentos… hay algo extraño en ellos. Temo que contaminen el resto con su… debilidad.

Ramiro cruzó el vestíbulo repleto de urna polvorientas, platos colgados, una hilera de espejos. Recordó cuentos de infancia en los que las casas protegían cosas y seres que no debían ser vistos, y sonrió con nerviosismo.

—¿Puedo ver los fragmentos? —preguntó.

Ella asintió, y subieron, mientras cada escalón parecía hundirse en la alfombra como en una tumba poco profunda. En la cuarta planta, bajo la bóveda que en otras épocas presidía bailes y tandas de cartas, el suelo estaba sembrado de diminutos trozos de vidrio coloreado. Ramiro, experto en arte sacro, reconoció en ellos una manufactura extranjera, imposible aquí, y sin embargo… había algo desacostumbrado en los colores. Un azul lo suficientemente profundo como para sugerir otro sentido, uno terriblemente ajeno.

—Los recogí anoche —dijo ella—, pero esta mañana reaparecieron.

Ramiro, incrédulo, se arrodilló para observar el vitral. Era reciente, apenas un siglo, nada extraordinario excepto por la constante sensación de que “algo” miraba desde el otro lado. Había motivos florales y, en el centro, un óvalo translúcido tenuemente empañado desde el interior, como si detrás hubiese aliento, o vapor, o algún testigo invisible.

—Estoy segura que hay algo más —agregó Amalia, un temblor apenas perceptible recorriéndole el labio—. A veces… escucho pasos, por la noche. Y cuando despierto, la cúpula luce diferente, como si alguien hubiese cambiado algunos vidrios por otros. Pero… están iguales y no lo están.

El restaurador sintió un súbito vértigo. Tuvo que apoyar la palma en un trozo de vidrio para no caer. Un escalofrío le recorrió el antebrazo cuando notó que la pieza estaba tibia, como si la cúpula sangrase calor.

Esa primera noche, se alojó en una de las habitaciones de huéspedes, a instancias de Amalia. La mansión mostraba gourmetes de decadencia: las cortinas se descomponían al menor roce de la brisa, los tapices exudaban salitre a pesar de la lejura del mar. El sueño no llegó fácil; entre la parálisis de los relámpagos de la tormenta, Ramiro creyó escuchar la vibración de los paneles de la cúpula, un aullido sordo del viento, y algo más.

Unos pasos, ligeros, descalzos pero firmes, transitaban la galería bajo la bóveda. Se levantó, arrastrándose hasta la puerta. Abriéndola apenas, vio por el ojo de la cerradura: una sombra de proporciones inusuales se deslizaba despacio. Cuando volvió a la cama, supo, sin atreverse a confirmarlo, que era imposible que esa sombra perteneciera a Amalia, ni a ningún ser humano de los que conocía.

**

Por la mañana, todo era brillo y solación. Ramiro subió con sus herramientas a la bóveda principal, decidió empezar por la limpieza y catalogación de fragmentos sueltos. En cuanto posó pincel y solvente sobre la primera pieza, el azul chillón del fragmento pareció aguardar, latir, y luego escurrir una gota minúscula de humedad, roja como sangre vieja.

Retiró la mano, incrédulo; no había corte, no se había hecho daño. Aún así, sintió el ácido picor de la angustia reptando bajo la piel. Recordó palabras de su abuela —el vidrio es un líquido que olvida que puede fluir— y con dificultad se obligó a seguir trabajando.

—¿Ha visto a alguien anoche en el corredor, señora Valverde?

Ella negó, ojeando por la ventana hacia la niebla.

—Sólo usted y yo… y a veces pienso que la casa ha comenzado a recordarnos a ambos, Señor Ramiro. Los Valverde siempre trajimos cosas para olvidar, y eso deja marcas —sus manos jugaban a unir y separar un mechón de cabello—. ¿Le gustaría conocer el jardín esta tarde? Hay caminos que aún no han sido tragados por la maleza.

La tarde fue plúmbea y espesa. Salieron. El jardín estaba dividido en compartimentos: una fuente sin agua, urnas de cerámica como huesos sobresaliendo de la tierra negra, arriates de rosas medievales encorvadas pero tercamente vivas. Ramiro observó un muro bajo, cubierto de hiedra.

—Allí están enterrados los perros —explicó Amalia—, y más allá, quizás otras cosas también.

Caminando entre el ramaje, divisó un viejo banco desmoronado. Sobre el asiento, una lámina de vidrio, ajada y opaca, como si hubiera escapado del vitral. Amalia la tomó, y Ramiro se sintió obligado a mirarla: la superficie solo devolvía una sombra, informe y sin rostro. Pero había profundidad: algo parecía sumergido, o tal vez atrapado dentro del vidrio mismo, palpitando tímidamente.

El sol se ocultó tras las chimeneas ennegrecidas. El aire heló de pronto, ensanchando el silencio entre ambos.

Cuando regresaron, Amalia se servía un té oscuro y azucarado.

—¿Estas grietas… siempre fueron así? —preguntó Ramiro, señalando los capilares del vitral.

Ella dejó caer la taza, el contenido goteó extendiéndose como tinta sobre el mantel.

—Empezaron hace seis noches. Mi marido… yo… —calló. Un tic nervioso sacudió su cuello.

Ramiro intuyó que el silencio que cayó sobre ellos era más una súplica que una confidencia.

**

La segunda noche en la mansión tuvo la cualidad ominosa de la vigilancia. Los muros parecían respirar; los relojes de la casa se retardaban. Despertó sobresaltado por un sonido: un quejido, mezcla de vidrio al astillarse y garganta cortada. Alguien, algo, movía muebles arriba y lanzaba gritos apagados, seguidos de un rumor de alas, o tal vez del roce de túnicas pesadas.

Preso de un terror visceral, Ramiro subió de puntillas. Estaba solo, o así le pareció. Se dirigió hacia el núcleo de la cúpula, tentado a buscar una fisura sobrenatural tras los vitrales, algo que explicara la humedad, el calor, la falsa vida que sacudía el vidrio coloreado.

En el centro, doblado sobre sí mismo, halló a un hombre: vestía chaqueta color tabaco y bufanda mal anudada. Era Diego Valverde, según el retrato que Ramiro había visto en la galería. Amalia nunca mencionó que seguía con vida.

El hombre, con la mirada velada y la boca crispada, intentaba extraer un fragmento del vitral. Al verse sorprendido, masculló:

—No… no permite dormir. La cúpula… es un embudo, succiona. Desde hace noches, sólo pesadillas. Son ellos, se asoman. Quieren mi piel.

Con un movimiento torpe, intentó levantarse. Ramiro se fijó que, donde la palma del hombre tocaba el vidrio, la carne parecía enrojecida, bullente, como si en lugar de la superficie fría del vitral, estuviese en contacto con una sartén de aceite.

Amalia apareció, pálida como la leche.

—Te prohibí venir aquí, Diego. ¡Es por tu bien!

Él retrocedió, trastabillando, y en ese instante el azul del vitral brilló y se fluidificó, como si aguardara solamente un contacto más, un roce bruto. Una hebra de sudor recorrió la frente de Ramiro.

Sin palabras, la pareja se fundió en una discusión muda. Ramiro sintió que sobraba, pero no consiguió moverse. Su mirada era atraída constantemente hacia el panel ovalado. Sintió, como si fuese una orden hipnótica, la necesidad de apoyar su propia frente sobre el vidrio.

Por una fracción de segundo creyó ver, en el otro lado, una congregación borrosa de figuras. No tenían rasgos, pero pulsaban luz y una suerte de lamento. Nadie se movía: simplemente vibraban y se encogían en una quietud perturbadora. Un horror denso, viejo como la piedra y la lluvia, lo recorrió de pies a cabeza. Una de las figuras, la más cercana, parecía levantar una mano, extendiendo dedos líquidos, y Ramiro juraría que, brevemente, el vitral cedió bajo la presión, una membrana de agua tensa.

Alejándose de golpe, tropezó con el marco.

—¡No toque el vidrio! —advirtió Amalia con un grito apenas sofocado—. Diego lo hizo, noche tras noche. Siempre regresa, pero creo que un día ya no lo hará. Que uno de esos… ocupantes, se tomará la molestia de salir.

**

Durante el día, Ramiro intentó razonar. Era absurdo: el material era, a todas luces, natural, salvo en las anomalías de temperatura y humedad. Pero notó un hecho imposible de ignorar: en tres de los trozos que analizaba al microscopio, aparecían diminutas inclusiones, burbujas tan perfectas como ojos diminutos, dentro de las cuales había filamentos negros y restos de algo que parecía tejido humano.

Al caer la tarde, la luz fragmentada por los vitrales se esparció por toda la galería. Esa vez, las sombras no tenían sentido geométrico alguno: se estiraban al infinito, como si, al otro lado, una fuente de luz terrible jugara a construir una realidad que sólo podía ser en la pesadilla. La voz de Amalia, desde el fondo del corredor, lo devolvió a la historia:

—La cúpula vino de Praga, a mediados del siglo pasado. Mi tía abuela la trajo para impresionar a las damas del club. Hubo extraños accidentes desde que la instalaron. Criados que enfermaban, muertes inexplicables, fiebre, insomnio. Y nadie quería mirar directamente al centro durante demasiado tiempo.

—¿Y esas figuras? —preguntó Ramiro.

Amalia tembló.

—A veces, en la madrugada, las veo moverse. Perdí la cuenta de cuántas noches las observé cambiar de posición, como si quisieran hablarme. Cada día está más cerca de completarse una forma. Una forma… muy parecida a Diego.

**

La noche culmen llegó con otra tormenta. Afuera, la niebla restallaba como piel húmeda sobre la corteza de los árboles. Ramiro estaba resuelto a romper el panel central, buscando poner fin de una vez el asedio de la cúpula a los habitantes de la casa. Armado con un martillo y una plegaria, subió escaleras arriba. El aire estaba electrificado, un silbido sordo llenaba los huecos.

En el rellano, encontró a Diego como un perro sarnoso, desfigurado de ansiedad.

—¿Sabes lo difícil que es no mirar? —dijo—. Todo lo que uno ha olvidado se ve reflejado allí. Creí que eran sueños, Ramiro. Pero son presagios. Vienen por nosotros.

Amalia apareció detrás, la linterna oscilaba en mano. Los tres contemplaron el óvalo central, donde ahora las figuras, nítidas, parecidas a ellos tres (los dos Valverde y un tercero, la silueta de Ramiro), flotaban a centímetros del vidrio, presionando como larvas deseosas de salir del cascarón.

—El vidrio quiere piel nueva —dijo Amalia, con voz resignada—. Siempre quiere piel nueva.

Ramiro blandió el martillo. El primer golpe retumbó en toda la estructura, como si la casa gemiera. El vitral no se rompió, sino que pareció absorber el impacto, la superficie se onduló con una viscosidad imposible. Las figuras dentro opacaron, luego se definieron. Un hilo de succión invisible envolvió la mano de Ramiro, pegándola a la superficie. Una humedad viscosa ascendió por su brazo, invadiendo piel, carne, nervios, hasta inundarle la mente de un frío abisal.

El martillo cayó al suelo. Ramiro se sintió flotar hacia el vidrio, y apenas antes de perder la conciencia, entendió: el vitral era una puerta interesada en testigos, en duplicados, en coleccionar formas. Su carne, piel y memoria serían pigmento para la próxima reconfiguración.

Despertó, o creyó hacerlo, en la misma galería. Amalia y Diego, congelados, murmuraban cosas sin sentido. El vitral central brillaba omnisciente: del otro lado, tres figuras nuevas observaban la sala, o tal vez al mismo Ramiro, ahora desmembrado en luz y materia, prisionero de ese azul funesto.

Desde el interior del vidrio, entendió, por fin, la pasión fría y hambrienta de las casas antiguas. Sabía que pronto, alguien más vendría a restaurar, a indagar, a quedar atrapado en el mismo ciclo. La mansión de los Valverde proyectaba su sombra sobre la niebla, y la cúpula, insaciable, aguardaba la próxima visita, sedienta de piel nueva y nuevos ojos para su eterno vitral.

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