Portada del relato La niebla sobre el lago
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Fragmento:


—¿Tú también escuchaste los pasos anoche?

Duración: 08:12

La niebla sobre el lago
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Texto de ajuste de pausa.

Había algo en el aire del campamento Distant Pines, algo que a Aura le transmitía la certeza de que, incluso durante el día, la noche nunca se alejaba del todo. Ella, recién llegada supervisora de veintinueve años —tímida, reservada, arrastrando con un año de soledad y una pulsante necesidad de recomenzar—, se encontró rodeada de monitores con camisetas desteñidas, niños de sonrisa escurridiza y árboles demasiado altos que parecían espiar desde el otro lado del lago.

Era agosto y el calor caía a gotas espesas. Los niños y adolescentes poblaban las cabañas, reían y chillaban, y sin embargo unas notas extrañas rondaban mientras Aura cruzaba los senderos sombríos que separaban las instalaciones del agua. Desde su primera noche, su cabaña olía a leña podrida y papel mojado; sentía, a veces, que el colchón respiraba a su lado.

El director del campamento, el Sr. Hoshino, era un hombre breve y entusiasta, de esos a quienes nada parece perturbar. Le mostró todo el predio con ligereza, aunque solo se detuvo unos instantes en las cabañas del fondo, junto a la espesura inexplorada:

—Esa hilera solo la usamos cuando estamos al máximo —explicó, sin mirar bien los cerramientos mohosos—. Y nunca, jamás, cruzar después de las once. La neblina puede ser confusa, y aquí, los árboles tienen demasiadas ramas.

Aura sonrió y dijo “Entiendo”, aunque en su interior resentía la falta de respuestas. Fue luego, mientras ayudaba a los niños a encender una fogata, que sintió en su hombro el peso de una niña delgada y pálida —demasiado pálida para el verano— que preguntaba, sin mirarla a los ojos:

—¿Tú también escuchaste los pasos anoche?

Aura, asumiendo un juego, dijo que no, que seguramente serían los ciervos. Pero la niña no volvió a acercarse durante las actividades del día, y esa noche, entre las ramas y la lluvia, Aura creyó oír pasos en el pasillo, aunque nadie salió de las habitaciones.

La tercera noche, Aura despertó —o creyó hacerlo— envuelta en el aliento húmedo de la neblina. Desde la ventana vio refulgir pequeñas luces, como linternas sin mano. En el silencio, un chapoteo suave y constante llegaba del lago. El vapor se enroscaba en los pinos, y una sombra menuda se movía a lo lejos, en dirección a las cabañas del fondo. Aura pensó que al día siguiente debía advertir a Hoshino, pero se durmió antes de formular el temor, envuelta en la manta gruesa que le prestaron.

La mañana vino acompañada de alfileres de sol entre las nubes, pero con la inquietud de que faltaba algo: una de las niñas, Chihiro, no estaba en su cama. Hoshino ordenó rastrear los alrededores y Aura, tras una fila de arbustos bajos, halló una huella fresca en el barro, diminuta, claramente de infante, acompañada de otras marcas arrastradas que se perdían hacia las cabañas clausuradas.

Fue ahí cuando Aura hizo algo prohibido: pasó, sigilosa, la línea que los monitores insistían en evitar y cruzó hacia el edificio de madera que miraba justo al bosque. La puerta crujió apenas y el interior olía a yeso mojado, a hojas podridas, a una humedad que no solo era líquida sino también antigua. Apenas podía ver nada salvo la silueta de un cuaderno, abandonado bajo una cama roída.

Lo abrió: la primera hoja estaba empapada, pero leyó algo así como un diario, con fechas titubeantes desde hacía tres veranos. Los nombres variaban, pero una frase se repetía, salpicada, como si la misma mano temblorosa la hubiera grabado cien veces: “Noche tras noche los pasos no se alejan de la puerta”.

Un sonido leve la detuvo: pasos, pasos infantiles y secos, el roce de una frente contra madera. Aura apagó su linterna por reflejo y contuvo el aliento. Desde el fondo de la cabaña surgía algo más allá de lo humano: una silueta pequeña, imposible de distinguir claramente, aunque sus ojos brillaban como pedazos de vidrio rotos y la boca era una línea negra, curvada hacia abajo.

—¿Encontraste a Chihiro? —dijo la voz, sin moverse—. Ahí el lago la llama. Todas las noches, uno menos.

Aura retrocedió, un pánico viscoso quitándole fuerza a las piernas. Un frío irreconocible la cubrió cuando la figura dio un paso más, el sonido que hacía era un retorno, como si el pasado y el presente se unieran bajo ese techo podrido. Salió corriendo, con el cuaderno aún bajo el brazo, mientras la niebla seguía su avance, adelgazando la realidad a cada metro.

Ya en la seguridad relativa del comedor común, Aura hojeó más páginas: en cada cambio de niño, en cada verano, se registraban desapariciones, pero nunca en la lista oficial del campamento. Los nombres quedaban allí, presos de esa anotación fantasmagórica, mientras afuera, entre los árboles, el atardecer caía con una lentitud antinatural.

Aquella noche el campamento celebró el concurso de cuentos de miedo junto al lago. Hoshino encendió las antorchas y los niños se arremolinaron junto a la orilla, contando historias de monstruos y mujeres tristes en el bosque. Aura sintió de nuevo esos pasos secos, círculos por la grava. La niña pálida se le acercó fugazmente.

—A veces los cuentos tienen hambre —susurró, y se alejó sin mirar atrás.

Cuando la oscuridad fue completa y el último niño dormía, Aura se armó de valor y fue hasta el lago. Una bruma sobrenatural colgaba bajísimo y sus propios pasos sonaban lejanos sobre la pasarela húmeda. Allá, lejos, casi en el agua, creyó vislumbrar la silueta de Chihiro, pero no era ella, sino algo más, una acumulación de todas las niñas perdidas. Cuatro formas blancas, quietas, mirando el campamento, con la mirada vacía y un roce continuo en la superficie, como si sus pies estuvieran atados por debajo.

—Ven —musitó una—, uno menos cada verano. Siempre regresamos. Siempre buscamos.

La neblina se volvió más densa y, de pronto, Aura tuvo la certeza de que, si avanzaba un solo paso más, desaparecería junto a ellas, dejando solo una inscripción húmeda en el cuaderno. Retrocedió, atemporal, sin respirar, y solo cuando pisó grava se sintió de nuevo en su cuerpo.

Al amanecer, Hoshino le entregó un desayuno demasiado dulce y habló del “estrés de los nuevos”, del cansancio y la paranoia. Dijo que Chihiro había sido encontrada dormida al abrigo de un árbol, desorientada pero viva, aunque Aura no pudo evitar notar que la niña apenas recordaba sus propios ojos. Los monitores no hablaron del tema; los niños, tampoco. Las hojas del diario se secaron bajo el sol en la ventana, pero las palabras, negras y angostos, nunca se borraron del todo.

Aquel día, Aura supo que el campamento era un lugar donde las capas de tiempo se solapaban, donde los pasos nunca cesaban, y donde el miedo era un huésped, no un invasor. Aunque el verano terminara, las fogatas cesaran y la lluvia borrara las huellas, algo —o alguien— aguardaba siempre el siguiente verano, con sus pasos secos, su voz rota y la paciencia de todos los bosques.

Pasó la mañana reuniendo objetos perdidos: un lazo, una linterna, el cuaderno mojado y una piedra negra junto al lago. Por la tarde ayudó a los niños a construir una balsa, aunque el lago, a esa hora, estaba cubierto de sombra y nadie habló de zambullirse.

La última noche, Aura regresó a la cabaña maldita con el pretexto de dejar unas colchonetas. Por dentro, la madera olía aún a encierro y papel, pero en el centro, bajo el marco de la cama, encontró otra nota, mucho más reciente: “Detrás de los pasos, solo queda otro paso”.

No volvió nunca a Distant Pines, ni ella ni los monitores de ese verano. A veces, en los sueños, Aura escucha aún el roce continuo de pies pequeños y húmedos, y en su mesilla de luz el cuaderno mojado nunca terminó de secarse. En las noches húmedas, cuando el silencio pesa en la habitación, un crujido de madera se cuela en la casa, y un susurro muy bajo, casi imposible de descifrar, repite siempre lo mismo:

“Uno menos. Uno menos. Uno menos”.

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