Portada del relato La vie en noir
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Fragmento:


Cassie no quiso preguntar qué cosas. Ahora lamentaba no haberlo hecho.

Duración: 11:02

La vie en noir
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Texto de ajuste de pausa.

El edificio Barker era más hueso que piedra bajo la luz gris; no importaba si era junio, octubre o enero, el sol siempre parecía enfermo aquí. Cassie jamás lo había notado durante sus visitas, porque nadie ve la piel muerta de sus parientes cuando aún respiran. Pero ahora, después de la muerte de su abuela, el Barker no parecía dispuesto a fingir otra cosa que su podredumbre.

El portón de hierro requería una fuerza poco común para abrirse, pero cedió, tembloroso, como si lamentara dejar pasar a Cassie. El olor fue lo primero: un algo agrio y dulzón, pero con una nota turbia, casi húmeda, que trepaba por sus fosas nasales y se aposentaba en la lengua. Habían pasado dos semanas desde que Dorothea Gray murió sentada en su sillón y fue hallada, días después, por la cuidadora.

“Ay, Cassie, esos edificios viejos no sueltan a sus muertos tan fácil”, había dicho la cuidadora. “Hay cosas que se quedan pegadas.”

Cassie no quiso preguntar qué cosas. Ahora lamentaba no haberlo hecho.

El ascensor, forrado por dentro con paneles de espejo neblinosos, chirrió como una boca sin dientes al cerrarse. El cuarto piso. Su infancia le devolvió el zumbido de ascensor como un eco de viajes a casa de la abuela, cuando los pasillos le parecían túneles sin fin y los felpudos estaban siempre mojados, incluso en sequía.

El departamento estaba esperando. La cerradura era blanda, poco firme. Al empujar la puerta, el hedor la golpeó de lleno, el doble de fuerte que en el pasillo. Cassie retrocedió, pero el portón del edificio ya había vuelto a cerrarse en su memoria, y el único camino era adelante.

El departamento estaba vacío de abuela, pero lleno de manchas. No solo en los lugares evidentes: las ventanas, el suelo alrededor del sillón donde la achacosa anciana solía dejar migajas y un periódico doblado, sino también en los encuentros de las paredes, bajo los zócalos y en los rincones donde los muebles antes ocultaban su espalda. Estas manchas no eran suciedad. Cassie sintió—más que vio—que tenían un grosor y un color imposible: entre verde jade y carbón mojado, con filamentos blanquecinos que asomaban del centro.

Había leído, en algún sitio, que el moho podía instalarse en las casas viejas, sobre todo si había daño de agua. Fugas, humedad en las paredes, cosas que la abuela habría notado, ¿no? El pensamiento era reconfortante: el moho era biología, no magia. Pero a Cassie la reconfortaban mejor las explicaciones científicas que las historias antiguas de su familia.

Ella era adulta. Y los adultos limpiaban y vendían departamentos antiguos, aun los que olían a madreselvas podridas y musgo, como este.

La primera noche la pasó en el departamento porque la ciudad motelera estaba completa. Se instaló en el cuarto de la abuela, entre ropa vieja y cortinas gruesas cuya trama parecía haber absorbido el polvo de siglos. Limpiar sería cuestión de días, pensó. Con buen producto y aire fresco, la peste se iría.

Pero despertó en la madrugada: una sensación en la piel, una presión. Abrió los ojos y supo de inmediato que la mancha de moho bajo la cómoda había crecido. Antes era del tamaño de una naranja; ahora ocupaba como una mano abierta, con filamentos largos y brillantes. Cassie se alejó, parpadeando, consciente de cómo le picaba la garganta.

Al día siguiente, fue a la cafetería de la esquina por productos de limpieza y preguntó por la historia del edificio, solo por pasar el tiempo. El joven tras el mostrador, al saber que estaba en el Barker, le dijo: “¿Usted es familia de la señora Gray? Siempre tenía las ventanas cerradas. Decía que abrían hacia el mal aire, no hacia la calle."

Cassie sonrió, incómoda, y volvió al departamento dispuesta a pasar el día luchando contra las manchas y el olor. Usó guantes y mascarilla, restregó con lejía y amoníaco, pero apenas parecía mermar el moho. Al contrario: las manchas parecían expandirse cuando no miraba, apareciendo en bordes nuevos, como si la abuela misma las hubiese criado allí.

Esa noche, tuvo un sueño vívido. Caminaba descalza por el pasillo del departamento; la alfombra bajo sus pies era esponjosa, blanda como carne podrida, y de cada huella brotaba moho, nuestros colores y texturas fluctuando extrañas. En el sueño, el aire estaba tan húmedo que la piel le sudaba, y no podía respirar; de las paredes surgían dedos de hongos, girando hacia ella como buscando la boca.

Despertó empapada de sudor. Vio, aún temblando, cómo una pequeña rama mohosa había subido del zócalo hasta casi rozar su frente, apenas a un giro de almohada de su nariz. Bajó al salón y encendió todas las luces.

En la penumbra amarilla, notó que también las paredes del salón, frente al sillón favorito de la abuela, estaban cubiertas ahora de manchones, humedeciendo la pintura como si exhalaran vapor. Trató de convencerse de que las imaginaba más grandes de lo que eran, pero había una simetría en los crecimientos que era casi deliberada. Largas líneas ascendían hacia el techo y, del techo, colgaban cortas esporas blancas.

“Moho tóxico”, murmuró Cassie a la nada. Comenzó a buscar en su teléfono síntomas: dolor de cabeza, alucinaciones, letargo. Síntomas que compartía con la ansiedad y el duelo.

Bien, entonces era eso. Loss y psique. Lo lógico.

Salió a buscar aire. El amanecer en la calle era pálido. Miró hacia la ventana del departamento desde afuera y se le antojó que estaba empañada, como si algo respirara por dentro. Un vecino mayor le saludó; al enterarse de que era nieta de la fallecida, el hombre murmuró, casi para sí: “Esa mancha, nunca se va del Barker. Ni aunque raspe hasta el yeso.”

Cassie no le preguntó cuál mancha. No quería darle poder al miedo.

Durante el día, realizó llamadas a empresas de limpieza. Solo una accedió a venir, pero al entrar, el joven técnico frunció el ceño. Revisó todo el departamento. “No le voy a mentir”, dijo, “esto—” y señaló las manchas, “no lo había visto nunca. Es como... orgánico, pero también parece... ¿síntesis de otros microbios? ¿Tuvo alguna fuga importante aquí?”

Cassie negó. Se sintió observada por el departamento, como si cada filamento estuviera pendiente de la conversación.

“Si puedo sugerirle—,” continuó el técnico con voz baja, “yo no dormiría aquí esta noche. Esto es para demolición, no para limpieza.” Metió sus cosas y se fue. La puerta pareció hacerse más pesada, más hermética tras su salida.

Ese atardecer, mientras hacía una lista para mudarse cuanto antes, Cassie recibió un correo inesperado, enviado por error a su cuenta antigua. Era de un pariente lejano, alguien del lado paterno: “Recibí la noticia. El Barker nunca deja ir a los suyos tan fácilmente. Tu abuela nunca quiso mudarse, ni siquiera cuando dijimos que la humedad era mala.”

Arrojó el teléfono sobre la mesa y fue a ducharse. Bajo la ducha, sintió que el agua nunca le quitaba del todo la película grasienta que le cubría la piel. Al secarse, notó en el espejo un pequeño brote verdoso en su hombro, apenas el tamaño de una cabeza de alfiler. Se lo rascó, sangró un poco, pero a la mañana siguiente había otro, y otro, en la base del cuello.

El departamento había dejado de oler a muerte y ahora olía a bosque. Pero un bosque demasiado cerca al agua estancada, con raíces podridas y hojarasca en descomposición. Los ventanales sudaban gotas opacas, y al abrir la puerta del dormitorio, el moho en el suelo había formado, sin lugar a dudas, la silueta de un cuerpo encorvado en el lugar favorito de la abuela.

Las noches siguientes, los sueños empeoraron. No solo caminaba por pasillos de hongo: veía figuras surgir de los mohos, indistintas al principio, pero luego más nítidas, como si los rostros de sus difuntos se moldearan en la pulsante masa verde y gris. Cassie despertaba con un deje de esporas en la garganta, como si las hubiera inhalado soñando.

Despertó, una madrugada, escuchando susurros.

El departamento estaba en silencio, pero bajo el crujido de las tuberías se oía un rosario ininteligible, ronco y bajo. Al principio pensó que provenía del pasillo, de otros vecinos. Pero al acercar la oreja a la alfombra infestada de moho, lo escuchó: palabras, nombres, gemidos de aire arrastrado. Entre los sonidos reconoció la voz de su abuela, ronca, repitiendo su nombre:

“Cassie, Cassie...”

Respiró hondo y esa vez sí notó la humedad mojarle los pulmones. Al erguirse sobre la alfombra, sintió que algo blando le rozaba la planta del pie. Miró abajo: un filamento, largo como un dedo, que intentaba subir por su tobillo.

Cassie retrocedió, pero la sensación era la de estar siendo sujetada por décimas de segundo. El moho retorció la silueta sobre la alfombra y, como si tuviera propia vida, formó un brazo que recordaba vagamente el de su abuela, siempre tendido para recibirla.

Salió corriendo del departamento. Al llegar al vestíbulo, jadeando, miró atrás: en la puerta, vio por un instante un rostro tras el cristal, del color del musgo, hecho enteramente de manchas y hilos.

En el dormitorio, la mancha sobre la alfombra seguía creciendo, sus límites se estiraban, buscándola.

Cassie durmió en el coche esa noche, soñando con raíces que le salían de la boca y los ojos.

Al día siguiente, volvió solo para recoger lo imprescindible. El departamento parecía encogido, como si el moho, en venganza por su abandono, pegara las paredes de unos a otros. Se apresuró, pero al pasar por la puerta, no pudo evitar mirar de nuevo la silueta en la alfombra. Esta vez, le pareció que la cabeza mohosa giraba milimétricamente hacia ella. Y los susurros se alzaron, mezclados entre voz humana y el rumor de cosas húmedas:

“No te vayas. Aquí es seguro. Aquí, estamos todos...”

Cassie no recordaba haber cerrado la puerta de golpe ni cómo llegó abajo. Solo supo que, al alejarse, notaba punzadas de picazón en toda la piel, como si el moho, aún dentro de ella, supiera a dónde volver.

No regresó. El Barker fue cerrado a los meses, tras quejas de otros inquilinos por “humedad extrema” y “proliferación inusual de hongos”. El edificio fue tapiado, pero a veces, cuentan las personas mayores, por la noche se oye un murmullo bajo y constante a través de las grietas.

Y cuando los nietos preguntan de dónde viene ese olor agrio en la calle, sus abuelos no les hablan del moho.

Les dicen que hay cosas que se quedan, pegadas, esperando a los suyos.

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