Hay casas cuyas puertas nunca deberían abrirse; otras lo fueron hace tanto tiempo que su verdadero dueño se diluyó, convirtiéndose en una obsesión apenas perceptible, colgada en los huesos húmedos de los muros. Estuve al tanto de esto mucho antes de heredar la residencia Duncombe, una estructura larga y gris apoyada en el costado de una colina que olía a luz corrompida y tierra ácida. Mi tía Lavinia lo había habitado durante años, y su muerte –sofocada y solitaria en una habitación cerrada con llave– fue menos sorprendente que la llamada del abogado, quien, con voz neutra, me informó: “Toda la propiedad le corresponde. Si así lo desea.”
No descansé bien las noches previas a mi llegada. Recordaba la última vez que visité la casa con mi madre; era una niña entonces, diez años, y no recuerdo más que la sensación de estar siendo observada por encima de cada cornisa y desde detrás de cada enredadera. Tía Lavinia caminaba a mi lado, como si cuidara no acercarse demasiado ni apartarse por completo. Ahora, al regresar como adulta, sentí el mismo peso en la nuca, una vigilancia discreta, menos urgente, como si la casa hubiese estado aguardando.
Las llaves crujieron, oxidadas y frías, en mis manos. El aire dentro era estancado y dulzón: Matices de perfume rancio, cera de vela, madera podrida, y, muy al fondo, esa nota aguda, como de hierro polvo. Era octubre, y afuera la lluvia empapaba los arbustos; algunos se pegaban contra los cristales, barnizados con la sombra de la hiedra. Por cortesía a mi tía, tomé el corredor principal hacia su antiguo estudio. La casa no se molestó en ocultar su desdén ante mi presencia: gruñidos en la tarima, suspiros en las tablas del entablado, y el irritante, persistente chillido de algo arañando detrás de una pared.
El estudio estaba exactamente como lo recordaba: alfombra violeta, cortinas pesadas, una lámpara con pantalla de papel hongueado. Para comprobar que estaba despierta, rocé los lomos de los libros, y retiré el polvo con los dedos. Entre los libros hallé una hoja doblada en cuatro, sobre la que tía Lavinia había escrito con su pluma preferida:
“No abras el espejo del corredor a menos que puedas devolverle lo que pide.”
Eso era todo. Lo que pide. Giré el papel entre las manos mientras un trueno sonaba distante. No era la primera excentricidad de la familia, así que únicamente suspiré y coloqué la nota en el bolsillo de mi abrigo, convencida de que, en breve, olvidaría el asunto.
El corredor —ese corredor— estaba al otro lado de la casa, una galería angosta flanqueada por retratos de ancestros. Todos con los mismos ojos pálidos, baqueteados, zafiros al agua. Lo recorrí, siguiendo el dibujo de las uñas —mías— en la baranda del pasamanos, cuando el frío se arqueó en la nuca. Allí, empotrado en la pared enfrentada, el famoso espejo: grande, ovalado, con marco de roble ennegrecido. Al acercarme, noté la capa de polvo, copos delgados que reducían mi silueta a un contorno gris opaco.
Dudo que pueda explicar el impulso que me llevó a limpiar el espejo esa noche. Tal vez fue la curiosidad; tal vez la idea extraña de que debía afirmarme, dejar evidencia de mi presencia donde Lavinia y tantos otros solo habían dejado ausencias. Pasé la manga de mi abrigo sobre el cristal, revelando, bajo la luz temblorosa del candil, mi rostro duplicado, borroso por la humedad interna y una pequeña sombra en el centro del vidrio, como una nube detenida.
La lluvia incrementó su tamborileo y, detrás de mí, algo —¿el viento?— empujó las cortinas. No recuerdo haber sentido miedo, exactamente, sino una especie de vértigo: una sensación de estar, extrañamente, incompleta en esa imagen. Era mi reflejo, claro, pero noté pequeñas diferencias. Mis cejas, mi peinado y hasta la comisura de los labios, mínimamente incorrectos, como si el espejo hubiera rehecho el retrato con base en rumores. En un instante pensé en la advertencia, pero la deseché, pensando en supersticiones y viejas locuras familiares.
Decidí dormir en una de las habitaciones menores. La de Lavinia, aún sellada, tenía la puerta herrumbrada y la cerradura sin forzar. Difícilmente recordé conciliar el sueño, por culpa del rasguido intermitente —como si uñas largas curraran el reverso del muro, o pequeñas criaturas buscaran escapar—. La tormenta rugía, los ventanales gemían, y al cerrar los ojos la ventana mental volvía a mostrar el espejo, pero ahora sin mí. En el sueño no era yo quien se reflejaba, sino alguien que, tan similar, sólo podía permitir una sola certeza: que hubiera deseado que se quedara adentro.
A la mañana siguiente, encontré en la cocina una taza de té, usada, cuando recordaba con claridad no haber preparado nada. El tiempo parecía expandirse o comprimirse a voluntad de la casa. Sabía bien que el personal doméstico no había vuelto desde la muerte de mi tía; la reconocí por una factura, aún abierta sobre el aparador, que indicaba la cancelación de los sueldos. Sin embargo, desde el segundo día, comencé a notar que las cosas se movían apenas las dejaba. Un libro se desplazaba unos centímetros hacia la derecha, la cortina de terciopelo en el estudio se ataba sola en un nudo endeble, el espejo —ese espejo— parecía estar menos polvoriento cada vez que pasaba al lado.
Esa noche, cuando la tormenta golpeó más cerca, decidí afrontar la fuente de inquietud. Tomé la linterna y volví al corredor. El reflejo me esperaba, a oscuras, dentro del vidrio. Y supe, sin palabras, que no estaba sola.
A mis espaldas, el frío del pasillo se acentuó. Apoyé la palma sobre el marco. El cristal estaba caliente, contra toda lógica, y al tocar una mancha oscura en la base, sentí un tirón en la barriga. Imaginé una mano del otro lado, esperando envolver la mía, pero no retiré los dedos. El reflejo —yo, pero no yo— me sonrió con una mueca despareja, la mitad exacta que nunca mostré. Apreté los dientes y busqué en el bolsillo la nota de Lavinia.
“No abras el espejo del corredor a menos que puedas devolverle lo que pide.”
¿Y si nunca lo supimos? ¿Y si, esa noche, el espejo se había abierto para tía Lavinia, como se abría para mí ahora?
Dormí poco y mal. Por la mañana, cuando fui a lavarme la cara, noté que tenía una especie de suciedad oscura en la palma derecha, como hollín o sangre seca. Rasqué, y debajo, la piel se levantó de inmediato: un pequeño cardenal, en forma de media luna. Tuve la súbita convicción de que alguien, algo, había intentado tirar de mí a través del cristal.
El tercer día, decidí explorar la habitación de Lavinia. La puerta cedió tras unos empujones, y el olor rancio se apoderó del aire. Dentro, hallé pocas cosas: una cama sin sábanas, un armario cerrado con llave (la que, astutamente, encontré bajo la almohada), y un cuaderno de tapas azules al costado de la ventana, con el lomo combado de humedades. Me senté y leí.
“Mi único consuelo es que, mientras el espejo esté cerrado, nada puede salir”, fue la frase inicial. Luego, pasajes de insomnio y paranoia: Lavinia creyendo ver su reflejo moverse cuando ella permanecía inmóvil, escuchando su propia voz llamar a través de la casa, mientras nadie más la escuchaba. Hay una página difícil de descifrar, en la que escribió rápidamente, bajo el influjo del miedo:
“He probado a dejarle pequeñas cosas. Un guante, una perla. A veces las toma, pero sus ojos aumentan. No puedo darle lo que pide. Si lo hago, ¿seguiré siendo yo?”
Dejé el cuarto con náusea. El rostro de mi tía chisporroteaba en mi mente: su sonrisa forzada, sus manos siempre tan pálidas, siempre ocultas tras los faldones del vestido. Caminé de regreso al corredor y tomé nota de que el espejo parecía más limpio, como si manos laboriosas hubieran pulido el vidrio durante la noche. El reflejo me estudió mientras yo lo observaba.
Resistí la tentación el resto del día. Pero en la oscuridad, lo oí: el arañazo suave, el crujir casi musical detrás del espejo. Y junto al sonido, una voz —baja, rota— que murmura: “Devuélvelo.” No sabría decir de qué hablaba. ¿La casa? ¿El espejo? ¿Lavinia? Las noches siguientes fueron un crescendo de pequeñas anomalías. Un grifo goteando sangre, que luego volvía a ser agua cuando volvía la luz. Pasos descalzos en la alfombra, perfectamente audibles pese a estar sola.
Al quinto día, me sentí agotada, incapaz de pensar en términos racionales, atrapada en una residencia que me absorbía centímetro a centímetro. Empecé a hablarle al espejo. Pedí que se detuviera. Prometí quedarme, prometí escuchar. El reflejo asentía, cortés, y tras mi espalda —en el reflejo— emergían zonas oscuras, como bocas de carbón abiertas en los muros, aunque al girarme desaparecían.
Recurrí entonces a la memoria de mi niñez. Recordé un rincón de la residencia donde mi madre me prohibió jugar; una puerta tapada por un biombo, en la planta baja. Encontré la puerta, y detrás, las escaleras conducían a un sótano estrecho y húmedo. Allí, bajo una alfombra, hallé lo que parecía una antigua urna de metal, sellada por cera derretida. Recordando la nota, y una intuición nerviosa, la levanté y la llevé frente al espejo del corredor.
El reflejo me sonreía, ansioso, con dientes demasiado afilados para ser humanos. Apoyé la urna en la repisa debajo del vidrio. Entonces, el cristal se onduló, y vi, del otro lado, a Lavinia. Su piel grisácea era delgada, traslúcida, y sus ojos, grandes y sumisos, intercalaban súplica y acusación.
“Dámelo”, suplicó el reflejo, “devuélvelo.” Oí la voz dentro del espejo, y sentí que aquello no era ni Lavinia, ni yo, sino el compendio de todas las mujeres que habían habitado Duncombe, rezumando de la oscuridad, hambrientas de algo perdido cuando la casa fue levantada.
Tenía la urna entre mis manos y, en un impulso de horror, la arrojé contra el cristal. No se rompió —ni la urna ni el espejo—, pero el reflejo se apagó, literalmente, como una lámpara que pierde el gas. En la penumbra, oí un chillido, largo y lastimero, y toda la casa vibró, estremeciéndose desde sus cimientos hasta los retratos de los antepasados, ninguno de los cuales —noté con alivio salvaje— ostentaba ya el peculiar tono pálido en los ojos.
Me marché de Duncombe esa mañana, dejando la urna sobre la repisa, y el espejo cubierto con una tela negra. No regresé jamás.
A veces, en noches lluviosas, me despierto con la certeza de que alguien, en algún espejo, me observa; que un trozo de lo que pide sigue esperando, tras el cristal —no Lavinia, ni yo, ni ninguna, sino la casa misma—, pidiendo ser devuelto, pidiendo otra vida. Y entonces, los espejos de mi dormitorio, los de mi baño, todos, tiemblan apenas bajo la lluvia. Pero me resisto a mirarlos de frente, y apago la luz sin despedirme. Porque uno no debe abrir el espejo del corredor, a menos que esté dispuesto a devolverle lo que pide. Siempre queda algo que piden.
Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.