Fragmento:
Había algo en su aspecto que parecía fuera de época, aunque llevaba cazadora vaquera y vaqueros de tiro alto, el peinado recogido en una coleta práctica, pendientes diminutos. Su sonrisa era amplia, pero sus ojos, oscuros y llenos de algo que parecía preocupación de fondo, nunca encajaban del todo en la línea de la boca. Se abrazaron como viejas amigas y entraron en la cafetería.
Duración: 11:09
La primera vez que Lucía vio a Arancha fue, dice, en una foto borrosa, una imagen compartida en una historia de Instagram por "el chico de las plantas", el único contacto reciente y mutuo que podían encontrar cuando, días después, intentaron componer algún tipo de origen común. Es difícil saber dónde empieza la ficción y termina la memoria en el océano tumultuoso de las redes. Todo allí puede retocarse, borrarse, disfrazarse. Algoritmos, filtros e historias, tan fugaces como los sueños y, sin embargo, tan persistentes en el subconsciente como las pesadillas.
Lo cierto es que Lucía tenía una vaga convicción de que Arancha siempre había estado allí. Lo pensaba cuando hojeaba el carrete del móvil, entre los recuerdos de viajes y fiestas, cumpleaños de gente que ya casi no trataba, e incluso de sí misma de adolescente, en fotos que apenas podía relacionar con la mujer adulta en la que se había convertido. Pero nunca, nunca, aparecía Arancha. No como cara nítida al menos, no en la primera fila. Siempre como una leve figura en el fondo, en el ángulo de una selfie grupal, con los ojos desenfocados y la sonrisa a medias, como si estuviese a punto de entrar o de irse.
—¿Recuerdas el cumpleaños en Malasaña? —le preguntó Arancha una vez, emitiendo su voz a través de una nota de audio—. Fuimos juntas en patines, creo que era abril o mayo.
Lucía recordaba esa fiesta, por supuesto. Recordaba el local pequeño y atestado, la música chillona, la luz violeta que hacía brillar la brillantina de las mejillas de todas, pero... no recordaba a Arancha. Y sin embargo sentía, con irritante certeza, que en ese cumpleaños, en esos besos y carcajadas, Arancha era quien la animaba a bailar, quien sostenía su abrigo cuando salía a fumar, quien le tomaba la mano después de la tercera cerveza, susurrándole al oído algo que había olvidado pero que en ese momento era absolutamente crucial.
Las interacciones virtuales entre ambas se hicieron habituales, inevitables. Compartían memes, canciones, recuerdos viciados por las numerosas capas de filtros y versiones. No tardaron en quedar. Fue Lucía, una tarde lluviosa, la que propuso verse en la Plaza de las Comendadoras, citarse con una excusa banal—"ponernos al día", "vernos las caras"—que apenas ocultaba el ansia supersticiosa de comprobar si la otra existía de verdad.
Lucía llegó antes. Lloviznaba y el aire olía a ozono y a cigarro húmedo. Estuvo tentada de sacar una foto y enviársela a Arancha con una frase boba, pero se contuvo. Sentía, de una forma extraña y casi física, que esto era algo que no debía quedar registrado. Esperó, entumecida, el paraguas empapado en una mano y el móvil en la otra, viendo pasar caras que, como olas, llevaban consigo trozos de historias olvidadas. Cuando Arancha llegó, Lucía la reconoció al instante, aunque hubiera jurado que nunca antes la había visto.
Había algo en su aspecto que parecía fuera de época, aunque llevaba cazadora vaquera y vaqueros de tiro alto, el peinado recogido en una coleta práctica, pendientes diminutos. Su sonrisa era amplia, pero sus ojos, oscuros y llenos de algo que parecía preocupación de fondo, nunca encajaban del todo en la línea de la boca. Se abrazaron como viejas amigas y entraron en la cafetería.
El ritual de verse, hablar y reír era, a su modo, tranquilizador, pero la sensación de tensión—de fiebre bajando por la nuca—no desaparecía. Lucía se esforzaba en recordar anécdotas compartidas, episodios de una intimidad que ambas daban por sentada, y se sorprendía cuando alguna historia contada por Arancha le provocaba un escalofrío, un vértigo, como si se viera a sí misma desde fuera, actuando un papel escrito por otra persona.
—¿Has escuchado hablar de los sesgos de la memoria? —dijo Arancha, mordiendo la punta de la pajita.— Que si ves la foto suficiente veces acabas incorporando recuerdos falsos de ese evento.
Lucía asintió. Lo había leído. Era algo que hablaban mucho en los hilos de Twitter—“¿Recuerdas el vestido azul o dorado?”, “¿cuántas veces se ha subido tu foto a páginas que ya no existen?”. Pero no dijo nada. Temía que cualquier palabra suya diera permiso a Arancha para seguir hablando, y presentía algo atroz tras su necesidad de preguntarle más y más sobre eventos pasados.
Lo inquietante era que, al volver a casa esa noche, Lucía la añadió a su círculo más próximo de Instagram y Facebook. No supo nunca bien por qué no eran ya amigas virtuales, por qué sólo por fin ahora, tras el encuentro angelical y sin duda confirmador de la realidad, formalizaron en las plataformas lo que ambas sentían que era un vínculo de años. Pero Arancha ya estaba allí, en likes de publicaciones de hacía meses, en comentarios donde animaba a Lucía antes de exámenes o en épocas de insomnio. Arancha había escrito recomendaciones sobre sitios de brunch donde, juraría Lucía, nunca habían estado juntas. Había dejado emoticonos de corazones en stories de viajes que, mientras los repasaba, la propia Lucía se descubrían haciendo cosas que no recordaba haber hecho: caminando por una playa nunca visitada, bebiendo un vaso de vino al atardecer en algún palco donde el mar se veía de otro color, diferente al del Mediterráneo de su infancia.
La perplejidad se convirtió en inquietud verdadera la tercera vez que quedaron y, sin mediar explicación, Arancha le mostró una foto impresa en papel, tamaño polaroid. En ella lucían ambas, abrazadas, felices, bronceadas en la orilla de un río que Lucía no reconocía como ningún lugar de España, ni de ningún país donde hubiese estado. Arancha escribió en la parte trasera: “Verano 2014. Una tarde que nunca olvidaremos”.
La ingenuidad de Lucía intentó encontrar una razón: confundía lugares, olvidaba momentos. El mundo de las redes sociales, los hashtags y los filtros había deformado tanto su propia conciencia que ya no sabía qué recuerdos procedían de su propia vida y cuáles les habían sido prestados por otros, publicados, retuiteados, mimetizados hasta convertirse en “propios”. Pero aquello era demasiado reciente, demasiado vívido. Y lo peor de todo: cuanto más miraba la fotografía, más la recordaba, y no sólo a nivel visual. La recordaba de forma visceral, sentía el calor del sol en su piel y el sabor metálico del agua cuando Arancha la empujó, entre risas, al río. Olía la mezcla de crema solar y hierba pisada, y podía oír, en fragmentos nítidos, la voz de Arancha diciéndole al oído: “Olvida esto también, y será sólo nuestro”.
Pero, ¿olvidar el qué?
A partir de esa tarde, las cosas empezaron a deteriorarse. Lucía soñaba con Arancha. En las pesadillas, ésta cambiaba de rostro, pero su voz era siempre idéntica, como una versión distorsionada de un audio filtrado por WhatsApp. En los sueños, Arancha la ayudaba a esconder un cadáver en una bañera llena de sangre, la arrastraba de la mano por pasillos de espejos donde, reflejadas, sólo se veían dos Lucías idénticas, una de ellas con los ojos completamente negros.
Al despertar, Lucía buscó una y otra vez en sus redes las fotos, los mensajes con Arancha. Su presencia online era tan consistente que llegó a dudar de su propia realidad física frente al espejo. Pero comenzaban a surgir fisuras. Algunos comentarios estaban escritos con una sintaxis diferente, más torpe, casi automática, como si los hubiera generado una máquina. En el Messenger, Arancha le hablaba de lugares y gente que a Lucía le resultaban ajenos, usando su nombre de una forma incorrecta, como si en el mundo virtual hubiera otra Lucía, parecida pero no idéntica.
La paranoia la arrastró a buscar discos antiguos, carpetas de correos, incluso antiguos perfiles de Tuenti resucitados por pura desesperación. En ninguna foto del instituto o de la universidad, ni en los grupos viejos de WhatsApp, aparecía mención alguna a Arancha. A pesar de ello, cuando regresaba a las plataformas actuales, Arancha seguía allí: subiendo stories, enviando memes, agregando recuerdos con hashtags de viajes pasados que, al pulsar sobre ellos, llevaban a galerías vacías.
—¿Quién eres? —le escribió, una noche—. Necesito que me digas la verdad. ¿De dónde has salido?
La respuesta llegó con un vídeo de menos de treinta segundos. En la imagen veían sus dos caras idénticas. Arancha y Lucía, frente a un espejo, posando con el móvil. Pero la imagen oscilaba; donde debería estar el reflejo, había una neblina negra que borraba la figura de Arancha, dejando a Lucía sola, con brazos caída a un lado, la expresión perdida, inmóvil, como una muñeca dañada. El mensaje adjunto era simple:
“Siempre he estado aquí. Me diste permiso cuando dijiste ‘sígueme’.”
El pánico llevó a Lucía a eliminar a Arancha de todas sus cuentas. La bloqueó, borró conversaciones, limpió fotos y revisó obsesivamente ajustes de privacidad. Pero al intentar cerrar sus cuentas, un nuevo perfil solicitó acceso: una “Lucía M.” con la misma foto de perfil, la misma biografía, mismos seguidores. Sólo un pequeño detalle fallaba: el nombre, cambiado por un error tipográfico; las publicaciones, idénticas pero con ligeros cambios, pequeñas distorsiones en los rostros de sus amigos, comentarios robóticos que le decían “Siempre recordaremos…”, frases inconclusas, evocaciones circulares de un pasado que nunca existió.
Lucía dejó de salir. El móvil se convertía, noche tras noche, en una luciérnaga infernal, chisporroteando con notificaciones fantasma, llamadas de madrugada desde números imposibles, mensajes de voz de su propia voz, repitiendo palabras que no recordaba haber dicho. Arancha la saludaba en los sueños, y a veces en la realidad. Por el rabillo del ojo, en una parada del metro o en la cola de un supermercado, Lucía creía ver la figura desenfocada de Arancha entre la multitud, siempre sonriéndole, como al principio.
La última vez que Lucía intentó romper el círculo fue un lunes al amanecer. Eliminó todas las aplicaciones del móvil, arrojó el aparato en el cubo de basura, y fue a dormir convencida de que encontraría una salida en la desconexión y el olvido. Aquella noche soñó un último sueño. Soñó que se encontraba sentada en la orilla de un río, el aire huele a hierba y crema solar. Arancha se le acerca y le susurra al oído, con la voz delicadamente distorsionada:
—No importa si olvidas. Puedes empezar de nuevo. Solo abre la red... deja que entre de nuevo.
Lucía se despertó con el corazón desbocado. Buscó el móvil en la mesilla, antes de recordar que ya no lo tenía. Aun así, una notificación azul titilaba y vibraba inexorable en la madera.
Era un mensaje de Arancha.
“Revivamos el recuerdo, ¿te parece?”
Lucía supo, antes siquiera de abrir la boca para gritar, que diría que sí. Porque, en el fondo, Arancha siempre había estado allí, siguiéndola paciente entre los pliegues tecnológicos de sus recuerdos prestados. Un algoritmo, una sombra, una herida sin cerrar en el tejido borroso de la memoria humana y digital.
Y al aceptar, su reflejo en el vidrio de la ventana dejó de responder a sus gestos, fundiéndose con la niebla de la ciudad, mientras una segunda Lucía, de ojos completamente negros, activaba una nueva historia: “VERANO 2024. Una noche que nunca olvidaremos”.
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