Portada del relato La mirada de la gárgola
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Al pasar la herradura del camino, el cochero detuvo su marcha. Adeline, arrebujada en su capa de lana, vislumbró la silueta de Ashby Manor a través de la bruma: enormes fauces de piedra orientadas hacia el oriente, dos torres flanqueando una arcada central, y, sobre todo, la multitud de gárgolas, esas criaturas de mirada torcida y musculosa que parecían custodiar el secreto de la mansión. La puerta se abrió, una cálida opacidad se derramó sobre la verja, y una criada, alta y delgada, condujo a Adeline hacia el interior.

Duración: 11:31

La mirada de la gárgola
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El carruaje saltó al bache con un sobresalto metálico, y los vidrios vibraron. Afuera, los largos y arrugados campos de la campiña inglesa yacían empapados en una niebla maliciosa que parecía arrastrarse por la tierra. El cochero, invisible tras la cortina de lluvia, condujo a la bestia de cuatro ruedas por sendas cada vez más estrechas y tortuosas, mientras Adeline Delacroix miraba los destellos difusos de las farolas a través del cristal empañado. Consultó de nuevo el papel arrugado en su regazo—la invitación de Lord Ashby—, y repasó la letra angulosamente elegante, la promesa de cordialidad y refugio, y la advertencia que parecía deslizarse allí por accidente: “Ven pronto, antes de que la noche eche raíces en Ashby Manor.”

No había visto a Lord Ashby en diez años, no desde aquel verano en París, cuando los cabellos plateados del joven inglés brillaban bajo los cristales del Orsay y su conversación era un baluarte contra el tedio burgués. Entonces, ¿qué necesidad tenía él de enviar tal llamada a una dama medio olvidada del continente, aun cuando abundaban parientes y allegados suyos de sangre más cercana? Pero la misiva—y la promesa, siquiera velada, de un respiro del monótono dolor que había cubierto su vida tras la muerte de Henri—la convencieron. Ahora, entre el traqueteo del carruaje y el retumbar distante de un trueno, Adeline sintió, por primera vez en semanas, que la soledad era apenas un interludio.

Al pasar la herradura del camino, el cochero detuvo su marcha. Adeline, arrebujada en su capa de lana, vislumbró la silueta de Ashby Manor a través de la bruma: enormes fauces de piedra orientadas hacia el oriente, dos torres flanqueando una arcada central, y, sobre todo, la multitud de gárgolas, esas criaturas de mirada torcida y musculosa que parecían custodiar el secreto de la mansión. La puerta se abrió, una cálida opacidad se derramó sobre la verja, y una criada, alta y delgada, condujo a Adeline hacia el interior.

Las paredes del vestíbulo estaban cubiertas de tapices que representaban escenas de caza y muerte, todos ejecutados en tonos de granada y oro viejo. El aire era denso, inusitadamente frío pese al crepitar de la chimenea central. Lord Ashby la recibió apenas traspuso el umbral del gran salón. Parecía un hombre derrotado por las estaciones, con mejillas hundidas, ojos hundidos y la voz cubierta de una capa de desuso.

—Adeline, —dijo, tomando su mano con una fuerza ignorada.— No sabes cuánto he esperado esta visita.

Ella sonrió, deseando apartar el sudario de muerte que colgaba sobre cada palabra.

—¿No deseas saber por qué he venido, Edward?

—No necesito saberlo,—respondió oscuro.—En este lugar los motivos carecen de sentido. Lo que importa es que estás aquí.

La cena fue un rito tenso, presidido por la vacilante luz de candelabros que proyectaban sombras grotescas sobre la mesa laqueada. Solo estaban ellos dos, atendidos por la silenciosa criada, y la conversación rara vez eludía un matiz confesional. Ashby le habló de la muerte súbita de padre, la lenta degradación mental de la madre encerrada en el ala oriental, de cómo las demás alas de la casa eran presa de una humedad antinatural, y de las noches arrulladas por sonidos inexplicables. Mientras él hablaba, Adeline comprobó que la sensación de desasosiego persistía, como si hubiera una tercera presencia invisible en la estancia.

Esa noche le asignaron el dormitorio de la torre norte, dándole consignas para no traspasar el ala prohibida. La habitación era amplia, pero inhóspita; la cama, coronada por un dosel de terciopelo púrpura, parecía flotar en la penumbra; y ventanas diminutas miraban sin pestañear a los jardines y bosques circundantes. El viento aullaba, y contra el cristal, la lluvia trazaba arabescos helados.

Adeline se tendió, pero no pudo dormir. El reloj de péndulo marcaba un tiempo indeciso. Alguien, lejos en los corredores, arrastró un pie, y Adeline se convenció, al principio risueña, de que era algún sirviente insomne. Pero el arrastre se intensificó, hasta que fue un susurro en la puerta, una presión física contra la madera, y el manillar tembló. Buscó el candelabro en la mesilla y, alzando temblorosa la vela, se dirigió a la entrada.

Cuando abrió, no había nadie. Solo un leve rastro de escarcha sobre el mármol, como si algo antinaturalmente frío hubiese dejado su huella. Retrocedió en silencio, y durante varios minutos no oyó sino su propia respiración. Entonces, el sonido regresó, más tenue pero más insistente, y esta vez pareció provenir del pasillo que conducía al ala oriental, la zona prohibida.

Invadida de una curiosidad innoble, Adeline siguió el rastro helado, pasando por galerías decoradas con cuadros de familiares severos y vitrales autoritarios, que en la penumbra devolvían destellos rojizos como los ojos de una fiera. La escarcha se internaba bajo una puerta cerrada con llave. Presionó su oído contra la madera y, desde dentro, emergió un sollozo apenas audible, demasiado carente de humanidad, una mezcla de risa y llanto suprimido.

Retrocedió súbitamente; su cuerpo vibró de terror, y solo se tranquilizó de nuevo en su lecho cuando el alba empezó a palpar el horizonte. Las paredes del dormitorio parecían respirar con una vida secreta, y el frío había arraigado en sus huesos.

El segundo día pasó lento, sumido en charlas interrumpidas y paseos melancólicos por los invernaderos de Ashby Manor. Lord Ashby, febrilmente inquieto, evitaba el tema de la noche y de las alas cerradas, aunque sugería, con su actitud y sus relatos truncos, que allí residía el origen de todos sus males.

Por la tarde, Adeline halló el estudio de la difunta Lady Ashby. Entre libros polvorientos y porcelanas mutiladas, descubrió un diario de cubierta negra. Lo hojeó debajo de una lámpara vetusta, acompasando el ritmo de su respiración con el de la casa misma. Las páginas, escritas con una caligrafía arañada y desesperada, relataban un descenso progresivo a la locura, sueños de una sombra que la acechaba desde la cornisa durante las horas previas al alba. “No está afuera, sino dentro,” insistía una nota con la tinta corrida por lágrimas. “La escarcha es su estela. Las gárgolas lo retienen, pero sólo durante el día.”

Esa noche, la temperatura descendió más allá de lo soportable; incluso la chimenea ardía con dificultad, y Adeline tiritaba hasta el crujir de sus dientes. El sonido regresó, constante y atronador, recorriendo el corredor exterior. Esta vez sintió claramente que alguien—o algo—miraba desde el umbral, y la presión era tal que el aire mismo parecía solidificarse. Por error, miró hacia la ventana. Allí, sobre el alféizar, recortada contra la noche y la bruma, se vislumbraba una gárgola que no había notado antes, una figura sobremanera grotesca, con ojos tallados en ónice y colmillos desproporcionados.

El pánico subsumió cualquier instinto de prudencia. Empuñando el candelabro, Adeline descendió las escaleras de la torre y corrió hacia el ala oriental, determinada a confrontar la fuente de aquel suplicio. El aire se volvió tan frío que cada exhalación se convertía en una pequeña nube. Al llegar ante la puerta clausurada, escuchó el suave llanto del niño-sombra, la misma voz de la noche anterior, y una risa grave y burlona.

El miedo la impulsó a forzar el picaporte, que se abrió con un chasquido antinatural. Dentro, el hielo colgaba como tapices de cristal, y una silueta se erguía al pie de la ventana: una mujer de cabellos grises, vestida en andrajos de encaje, sus ojos translúcidos y muertos, pero en movimiento. La boca entreabierta dejó escapar una palabra inaudible, al tiempo que el viento aullaba y la figura volvía el rostro en dirección al jardín.

Adeline sintió cómo algo la poseía, una urgencia de mirar también; y, en la ventana, vio que la gárgola había desaparecido y, en su lugar, flotaba un velo de escarcha que parecía buscar la manera de infiltrarse en la estancia. Por un instante, creyó ver, reflejada en los cristales, la figura de Lord Ashby—pero ni él ni la figura tras la ventana tenían sombra.

—¿Qué es esto?—musitó.

La aparición femenina habló, su voz como el roce de ramas heladas:

—Me encerraron aquí para que la casa viviera. Pero la casa está muriendo. Cuando la escarcha cruce el umbral, nadie quedará para impedir el paso.

Adeline retrocedió, pero sus pies resbalaron en el hielo. De repente, sintió una mano cálida que la alzó: Lord Ashby, tras ella, la sostenía con expresión sombría. Sin palabras, la guió fuera de la estancia, girando la llave tras de sí.

En la cocina, junto a la única lámpara viva del lugar, él confesó entre lágrimas:

—En esta casa, las gárgolas no son guardianes, sino carceleros. Al caer mi madre en la locura, la entidad del frío la poseyó. Ella es la carne, pero lo otro… lo otro reclama a cualquiera que ose desafiar su prisión. Nadie debe entrar ahí, ni siquiera yo. Ahora ya no queda tiempo.

—¿Qué es esa “entidad”?—preguntó Adeline, susurrando.

—Algo anterior al linaje de Ashby. Un huésped eterno que busca cambiar de rostro. Hace siglos lo mantuvimos encerrado, pero mi madre—él sollozó—quiso verlo con sus propios ojos. La escarcha es la señal: cuando cubra toda la casa, no quedará humano aquí.

El tercer y último día, Ashby Manor era ya un yermo helado. La criada había desaparecido. Lord Ashby, consumido, no salía de su alcoba. Adeline rondaba los márgenes del jardín, observando cómo las gárgolas, en su petrificada agonía, se agrietaban al sol tenue y moribundo. La noche cayó con un sonido de cristal quebrado.

Al filo de la medianoche, la escarcha fue un río recorriendo paredes y suelos; la gárgola de la ventana se fracturó, dejando tras de sí una apertura por donde el viento irrumpía como una tromba de voces humanas. Adeline corrió a la cámara de Lord Ashby, hallándolo acurrucado en la cama, con los ojos fijos y la piel macilenta.

—Hay que marcharnos—dijo ella con desesperación.

—No, —respondió él, —no queda salida. Esta casa no permite huir. Hace mucho crucé la última frontera con el frío.

La penetrante escarcha lamió la estancia. El aire acompasado de la noche se detuvo. De repente, la sombra de la madre emergió del pasillo, arrastrando tras de sí una estela de hielo y ecos. Avanzó hacia el lecho, acercando su rostro de ausencia al del hijo, y este, con voz sepulcral, murmuró:

—Perdóname, Adeline. Jamás debiste venir. Les he dado un nuevo huésped.

Antes de que Adeline comprendiera, la sombra—ahora ciclópea, de tatno engrosarse—la abrazó. Sintió el torturante frío de la escarcha entre los huesos y se debatió en la tiniebla, pero cuanto más luchaba, más se desvanecía su recuerdo de París, de Henri, de cualquier fuego de alegría humana…

Lo último que supo fue el murmullo de muchas voces, reclamando su voluntad para poblar la casa de un nuevo rumor helado.

Cuando el sol apareció, apenas unas horas después, un viajero de paso divisó Ashby Manor. De una de sus ventanas sobresalía una nueva gárgola, de piedra pálida, cuyo rostro parecía, horriblemente, pedir socorro.

En la estancia donde antes había escarcha, reinaba ahora un silencio más antiguo, el letargo de una casa a la espera de su próxima visitante.

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.