Fragmento:
Recorrimos un largo y retorcido camino bordeado por árboles cuyos brazos, delgados y retorcidos, parecían querer asfixiar al carruaje. Finalmente, la mansión se materializó entre la niebla: Baringer Hall, tan antigua que sus muros ya eran abono del musgo y los vitrales de la capilla, rotos como sonrisas desdentadas. Cuando me ayudaron a bajar, una ráfaga helada me azotó el rostro y creí vislumbrar la sombra de una figura tras la vidriera del vestíbulo principal, pero al parpadear, ya no estaba.
Duración: 10:33
Era el año de nuestro Señor 1847, y las colinas del norte de York se vestían con el riguroso luto de la lluvia cuando arribé a la mansión Baringer. Lo hice como aguijoneado por un destino irremisible: mi carta de invitación —lacrada con el sello carmesí de Lord Alexander Baringer— traslucía menos deseo de hospitalidad que la urgencia de una salvación disfrazada de cortesía. Pero, ¿quién rechaza a la aristocracia en tiempos de penuria, y más aún si uno arrastra el equipaje de una reciente viudez y el peso de deudas familiares casi tan antiguas como las mismas piedras de la mansión?
La calesa con la que me trasladaron desde la estación de los baños termales parecía una viuda sobre ruedas, una silueta recortada contra la bruma. El cochero, un hombre de rostro incompleto, sombrero tan hondo como la fosa de la que al parecer emergía su voz, apenas murmuró algo acerca de “las horas largas de la noche”. Después, silencio. La lluvia repiqueteaba sobre el tejado como uñas sobre el ataúd.
Recorrimos un largo y retorcido camino bordeado por árboles cuyos brazos, delgados y retorcidos, parecían querer asfixiar al carruaje. Finalmente, la mansión se materializó entre la niebla: Baringer Hall, tan antigua que sus muros ya eran abono del musgo y los vitrales de la capilla, rotos como sonrisas desdentadas. Cuando me ayudaron a bajar, una ráfaga helada me azotó el rostro y creí vislumbrar la sombra de una figura tras la vidriera del vestíbulo principal, pero al parpadear, ya no estaba.
La servidumbre era escasa y silenciosa. Tomé nota, casi como un naturalista, de una doncella con la mirada obtusa y harapos más propios de una sierva medieval que de la Inglaterra victoriana. El mayordomo, el señor Hagg, era un hombre tan envejecido que, sosteniendo una vela temblorosa cuyo pábilo prendía con apenas vida, me pareció a medio camino entre espectro y estatua. Me guio por un interminable corredor revestido de cuadros que mostraban hombres y mujeres de ceños fruncidos, ojos desesperados y labios crispados en muecas de dolor, como si posaran para la posteridad en los días mismos de la ruina de su estirpe.
Mi anfitrión no apareció, ni esa noche ni a la mañana siguiente. Me sirvieron una cena frugal en el salón menor: pan duro, una sopa con más sombra que sustancia y un vino que sabía a tormenta. Intenté dormir, pero las corrientes de aire parecían arrastrar pasos y susurros bajo la puerta, y en mis sueños delataban un rumor de lamentos que subía por las paredes junto a la hiedra.
A la mañana siguiente, guiado más por la inquietud que por la curiosidad, recorrí parte de la casa. Hallé la biblioteca: anaqueles de encino y volúmenes encuadernados en piel, tan gastados que sus títulos no eran más que lutos sin nombre. En un rincón, tras unas cortinas raídas, tropecé con un pequeño espejo ovalado. Me observé: ojeroso, envejecido por el viaje y el insomnio, la piel perlada de sudor frío. Pero a mi espalda, en el reflejo, creí ver la fugaz silueta de una mujer. Me volví de inmediato: el rincón estaba vacío. Solo un leve perfume a violetas persistía en el aire.
Fue al tercer día cuando por fin conocí a Lord Baringer. Descendió, casi como caído desde el techo, por la gran escalera central. Alto, pálido hasta la transparencia, con los cabellos níveos peinados hacia atrás y unos ojos extraviados en algún espacio entre el presente y el hospital del olvido. Su voz era baja, melodiosa, casi un susurro que me hizo pensar en la letanía de un sacerdote cansado.
—Disculpad la frialdad de la casa —me dijo—. El luto nos pesa en cada habitación desde la partida de mi señora. Todavía ronda aquí… aunque no en el modo en que suelen hacerlo los viudos.
No supe qué contestar. En sus palabras había un mensaje velado, una amenaza apenas velada por la etiqueta. Intuí más en su silencio, en el temblor de sus manos enjutas, en cómo mi presencia no le traía consuelo, sino la tortura del recuerdo.
Aquella noche, la tormenta arreció y yo no logré conciliar el sueño. Me levanté, salí al corredor. Las velas parpadeaban en su lucha constante contra la oscuridad, y cada resplandor cobró vida en las paredes: sombras de manos que pugnaban por rasgar la tapicería, rostros alargados y deformes. Escuché cánticos secos, susurrados, que parecían provenir de la capilla ruinosa anexa a la casa. Me empujó una fuerza, una curiosidad malsana mezclada con el mismo terror mórbido que llevaba noches enganchado a mis huesos.
Al llegar a la capilla, la encontré iluminada por una luz mortecina que se filtraba del altar. Nadie a la vista, pero allí, sobre el púlpito, descansaba un retrato de una dama. El marco era de marfil tallado y se enroscaba alrededor de la silueta como una serpiente. La dama —hermosa, angulosa, ataviada de luto y con expresión resignada— tenía los mismos ojos abisales que Lord Baringer. Detrás, en la penumbra, sentí un hálito en mi nuca. Me giré y vi el perfil borroso de una mujer desapareciendo entre los bancos.
Decidí exorcizar mi propia incredulidad: regresé al espejo que había encontrado en la biblioteca. Cuanto más lo miraba, más se retorcía la imagen en su superficie. No mostraba tanto mi reflejo cuanto una habitación que no era la mía, y que, sin embargo, reconocí después: era el dormitorio de alguna dama, con joyeros abiertos, peines de marfil y un lecho magnífico a la manera de la Reina Ana. En el lecho yacía un cuerpo cubierto por una sábana, inmóvil salvo por la mano derecha, que se movía erráticamente, como alguien que escribiese en el aire una carta de despedida. Unos ojos abiertos hasta el paroxismo suplicaban algo más que clemencia.
Aparté la mirada. La habitación volvió a ser la biblioteca, aunque por un segundo sentí que mis propios ojos no eran del todo míos.
Esa noche, Lord Baringer anunció que quería mostrarme algo, "si mi espíritu era tan fuerte como para contemplar la raíz de la tristeza que buscaba arrancar". Fue el único atisbo de emoción verdadero que le vi en el rostro. Me guió a través de pasadizos oscuros, cubiertos de telarañas, hasta un ala de la casa aún más ruinosa, con los suelos carcomidos y el aire saturado de un aroma picante a incienso y carne podrida. Bajo la pálida luz de su lámpara, entramos en una celda cerrada con cerrojo.
Dentro, sentada en la penumbra sobre un mueble bajo cubierto de terciopelo raído, una anciana desdentada murmuraba plegarias incomprensibles. Llevaba un camisón sucio y un crucifijo oxidado en el pecho. Lord Baringer se le arrodilló delante, pero la vieja parecía no verlo. Solo yo sentí su mirada, húmeda y doliente, atravesando mi cráneo.
—Mi madre —dijo—. Última superviviente de la consunción que ha perseguido a esta familia desde hace cinco generaciones. Ella ve aquello que los demás no soportan recordar.
La anciana arqueó el cuello y balbució un nombre: Evangelina. Lord Baringer se derrumbó entonces, con lágrimas que regaban las piedras. Salimos en silencio; la puerta se cerró con un crujido que sonó a sentencia.
No cené esa noche. En mi habitación, traté de perder la conciencia, pero el sueño me trajo las peores visiones: la dama del retrato llamándome desde el espejo, sus manos esqueléticas saliendo del marco para rodear mi cuello, mientras la anciana arrodillada en el corredor rezaba, pero no para salvarme, sino para convocar algo que yacía bajo las vigas podridas de la mansión.
A la mañana siguiente, el mayordomo me esperaba junto a la cama. Temblaba más que nunca.
—Usted es el primero en ser invitado desde la muerte… —se detuvo, moviendo la cabeza—. No se quede otra noche más.
Pero la lluvia, obstinada, había anegado el camino y ningún carruaje podía cruzar el fangal. Me encontraba atrapado.
El tercer anochecer, la mansión entera se sumió en una extraña actividad. Las criadas de la cocina cargaban antorchas, y Lord Baringer convocó a todos los habitantes, pocos y desastrados, al gran comedor. Sentí que asistía a un banquete de espectros: nadie comía, pero todos miraban hacia la cabecera, donde el asiento reservado para Lady Evangelina Baringer permanecía vacío. Fue entonces cuando la luz vaciló y, en la penumbra, apareció la figura de una mujer de luto. Caminó, deslizándose, apenas tocando el suelo. Nadie la miraba salvo yo.
Se plantó ante mí. Podía ver su rostro con toda claridad: una belleza cadavérica y quieta, los labios en una media sonrisa, y unos ojos que suplicaban libertad o venganza, incapaz de decidirlo. Sus labios se movieron. Solo yo pude escuchar su voz, hecha de ecos húmedos y ruinas.
—Devuélveme, devuélveme…
¿El espejo? ¿El retrato? ¿La habitación escondida? Me levanté, tropezando con la alfombra, perseguido por la aparición que ya no podía (o quería) disimular su venganza. Corrí hacia la biblioteca, arrastrando el espejo ovalado hasta la galería central. El rostro de la dama empezó a fundirse con el mío, como una pesadilla hecha carne.
Sentí en mis hombros la presión de sus manos frías. Grité. El grito no fue solo mío; voces de generaciones ahogadas surgieron de las paredes. El mayordomo y la anciana aparecieron en el umbral, rezando plegarias con voces cascadas que no eran sino lastimeros cánticos para el descanso de una familia imposible de enterrar.
Golpeé el espejo contra el suelo. El vidrio estalló. Sentí, justo antes de perder el sentido, un hálito cálido y liberador envolviéndome.
Desperté a la mañana siguiente. Solo. El aire olía, por primera vez, a madera vieja y no a tumba. La mansión se despojaba lentamente de la neblina, como si tras siglos de encierro, los males fueran por fin derrotados.
Encontré a Lord Baringer en la capilla, dormido o muerto entre los brazos de su madre, cuyos labios susurraban todavía Evangelina, Evangelina, una letanía que era tanto una liberación como una maldición. Me marché, con la misma lluvia de luto empapándome los huesos.
Nunca volví a saber de Baringer Hall. Se dice que poco después la mansión ardió hasta los cimientos en una noche de rayos y lamentos. Yo nunca dejé de sentir, cada vez que un espejo reclama mi reflejo, el peso de una mirada ajena juzgando a través del cristal. Como si, de algún modo, Evangelina aún aguardase.
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