Portada del relato La Casa del Corredor Nocturno
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Fragmento:


Nadie recorre las largas avenidas de Westhollow Manor una vez que la noche cuelga sus pesados cortinajes en las ventanas y un velo de ceniza cubre el parque. Sin embargo, fue precisamente entre esas horas melancólicas, cuando los relojes callan y la luna apenas consiente su reflejo en los charcos del camino, que Lord Ephraim Cardell se vio forzado a regresar a la propiedad familiar. El caballo, inquieto incluso en la bruma tibia del verano, pateaba la grava como si percibiera algo escondido entre los árboles, y el cochero –Robert, un hombre mudo desde su servicio en la India– rehusaba mirar de frente las altísimas torres que sobresalían entre la maleza.

Duración: 11:15

La Casa del Corredor Nocturno
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Texto de ajuste de pausa.

Nadie recorre las largas avenidas de Westhollow Manor una vez que la noche cuelga sus pesados cortinajes en las ventanas y un velo de ceniza cubre el parque. Sin embargo, fue precisamente entre esas horas melancólicas, cuando los relojes callan y la luna apenas consiente su reflejo en los charcos del camino, que Lord Ephraim Cardell se vio forzado a regresar a la propiedad familiar. El caballo, inquieto incluso en la bruma tibia del verano, pateaba la grava como si percibiera algo escondido entre los árboles, y el cochero –Robert, un hombre mudo desde su servicio en la India– rehusaba mirar de frente las altísimas torres que sobresalían entre la maleza.

Lord Cardell, envuelto en su abrigo negro, repasaba la carta que le había traído de regreso tras años de abandono. El sello dorado de la Marquesa de Villiers aún brillaba, aunque la tinta, casi desvanecida, temblaba como una amenaza sobre el pergamino. “Ella está aquí”, aseguraba la mujer en su trazo nervioso, “y exige que usted cumpla el juramento sellado con noche y sangre”. La frase resultaba absurda en tiempos de telegramas y ferrocarril, pero la intransigente hostilidad del aire que envolvía Westhollow le otorgaba un peso particular.

El carruaje se detuvo ante la escalera de granito; el sonido de la piedra bajo su bota fue lo último familiar que Cardell reconoció antes de que la oscuridad, líquida y palpable, le rodeara como una bata de funeral. Un criado encorvado, que llevaba el sello de la familia en la solapa, surgió del umbral y le guió por corredores tapizados de polvo y silencio. El aire olía a madera húmeda, a flores marchitas y a un curioso hedor metálico que Lord Cardell atribuyó, con escepticismo, a algún daño en las cañerías.

La Marquesa esperaba en el salón azul, rodeada de tapices antiguos y bustos de mármol. Era una figura enjuta, vestida con satén cuyos pliegues, aunque exhaustos, sugerían alguna antigua elegancia. No se levantó al verle ingresar; se limitó a señalar con el dedo delicado una silla junto al fuego.

–La casa la encuentra inquieta, mi señor –dijo–. Las paredes han vuelto a murmurar en latín, y anoche la loba negra me visitó.

Cardell arqueó una ceja, casi con desprecio.

–¿La loba? ¿El mismo espectro que atemorizó a mi bisabuelo?

La Marquesa asintió, clavando la vista en la danza roja de las brasas.

–La misma. La criatura tiene ojos humanos y lengua de hielo. No volverá a marcharse mientras usted conserve el retrato.

Cardell sintió un escalofrío inesperado. No era el tipo de hombre supersticioso, pero la mención del retrato de Madame Gaultier –la trágica antecesora de la marquesa, cuya muerte había sellado la fortuna y la ruina de ambas familias– le inquietaba. El cuadro había estado en el desván durante décadas, cubierto por telas y clavos de plata.

Apenas rozó la medianoche, una ráfaga de viento abrió de golpe las altas ventanas y una lluvia muy tenue salpicó el alféizar, como manos de niños arañando el vidrio. La llama de las velas osciló. Desde algún punto del corredor, un aullido grave y sostenido hizo temblar los candelabros. Cardell entrecerró los ojos.

–¿Qué espera que haga? –preguntó; ni la ironía pudo disfrazar su inquietud.

–Debe ver el retrato. Solo entonces sabrá si aún está completo el horror –respondió la Marquesa, con voz vacía–. Si han desfigurado la tela, la loba cruzará la frontera, y todos moriremos al alba.

Fuera del salón, el silencio tenía textura. Cardell penetró los corredores, guiado por las ondulaciones del tapiz y el tenue resplandor azulado emitido por la luna tras la tormenta. Cada escalón chirriaba como una advertencia. Al llegar a la puerta del desván, encontró el pomo frío y pegajoso, y súbitamente recordó la historia que Nicolai, el fiel pero supersticioso jardinero, solía contar cuando ambos eran muchachos: una noche de noviembre, una mujer de ojos amarillos había sido encerrada entre esas maderas, condenada a vigilar su propio retrato cuyos rasgos, lentamente, cambiaban cada vez que la familia cometía un crimen...

El desván era un océano de sombras. Cardell alzó la linterna, y una multitud de objetos –candelabros sin velas, baúles hendidos y espejos rotos– proyectaron sobre el techo figuras monstruosas. Al fondo, envuelta en un sudario color marfil, se adivinaba la silueta del retrato. El hombre se acercó, comprobando los clavos de plata aún intactos, y apartó la tela con un ademán seguro.

Bajo la luz incierta, el rostro de Madame Gaultier emergía como un espectro de otro siglo: piel de porcelana, labios marmóreos, mirada tan viva que parecía parpadear. Pero lo que hizo zozobrar el ánimo de Lord Cardell fue notar, en la comisura de la boca, una mancha oscura que no recordaba. Alargando la mano, rozó la pintura; la mancha estaba fresca, era sangre, y palpitaba como si algo vivo latiera tras la tela.

Un golpe en el tapiz del fondo rompió el zumbido ensordecedor de la soledad. Cardell giró la linterna; le pareció ver, fugaz, una figura agazapada entre cajas, unos ojos amarillos como monedas viejas y una boca hinchada de colmillos. El golpe se repitió, y tras ese eco subió un gemido débil, casi humano.

–¿Quién está ahí? –gruñó Cardell, la voz rota, más cercana al niño que había sido que al hombre endurecido.

Nadie contestó, pero la mancha carmesí en la pintura se extendió, formando una línea tortuosa desde la boca retratada hasta el borde del lienzo, donde se abrió una rendija diminuta. Algo chorreó desde la parte trasera del cuadro y cayó al suelo con un ruido sordo. Cardell retrocedió, pero la linterna titiló, consumiéndose, lanzando destellos azules y sombras alargadas.

De esa grieta emergió, lenta pero inexorablemente, una lengua de carne hendida y húmeda, que lamió el marco, impregnándolo todo de un chillido infrasónico. El frío se espesó, como si el tiempo mismo se congelara. Cardell, paralizado por el asombro, vio cómo la lengua reptaba hacia él, dejando tras de sí rastros de líquenes rojos. Trató de correr, de gritar, pero de sus labios solo escapó un jadeo.

—Se ha despertado. Ahora quiere alimentarse —la voz de la Marquesa retumbó en su cabeza, aunque a su lado nadie apareció.

Libertad fue imposible. Unas piernas invisibles atraparon sus tobillos, y el hedor metálico se hizo atmósfera, repleto de susurros guturales. De entre los objetos olvidados, la figura espectral de la loba negra avanzó en cuatro patas; su pelaje, semejante a los restos de algún vestido quemado, titilaba con cada rugido sordo. Sus ojos relampagueaban como charcos de orina en una madrugada de peste. Cardell palideció; la loba se irguió, adoptando forma humana–demasiado delgada, demasiada piel sobre hueso–, y la boca, descompuesta en una mueca de goce, se abrió hasta el esternón. De ese abismo surgió el grito mil veces repetido de Madame Gaultier, lastimero y profundo.

Luchó. No sabe cuánto tiempo. Cuando recobró el juicio, yacía frente al cuadro, la ropa pegada de sangre e inmovilidad, y el retrato mostraba ahora un rostro masculino pintado sobre el original femenino. Tenía una herida idéntica a la que él sentía en el pecho, y los ojos, absurdamente vivos, lo miraban con una súplica imposible de vocalizar.

Llamó a gritos a la Marquesa, mas esta no respondió.

Despertó en su propia habitación, cubierto de sudor, con una herida punzante bajo la clavícula. Junto a él, sobre la almohada, reposaba la carta con un último mensaje, escrito con la tinta vieja de la otra dimensión: “Te queda una noche para devolver lo que me arrebataste. O el desván será tu tumba, como lo fue antaño para mí.”

Allí empezó su insomnio, y con él una sucesión de noches emponzoñadas por visiones. Cada vez que cerraba los ojos, la loba negra bordeaba su cama, olisqueándolo, y sus colmillos brillaban bajo la luna menguante. Cada amanecer, la herida en el pecho latía más fuerte, y el cuadro, ahora colgado frente a su lecho, intercambiaba su rostro con el de Madame Gaultier un poco más, con cada respiración.

El tercer día –pues el horror reconoce el número y la fatalidad– intentó destruir la pintura. Buscó fuego, cuchillos afilados, fragmentos de plata. Cuando la hoja rozó el marco, las paredes temblaron y una lengua de viento azufroso azotó la estancia. El retrato gritó con voz de mujer ahogada y las flamas se apagaron de cuajo; una mancha negra subió por sus brazos, quemando la carne con símbolos antiguos. Cayeron lágrimas involuntarias y un ciego pavor lo dejó postrado en tierra.

Esa noche, el corredor se reveló infinito: los pasos de la loba resonaban en todas las alfombras, y el hedor metálico había alcanzado la cocina, los establos y los sótanos. Cardell vagó entre espejos torcidos, viendo tras ellos reflejos de su propia silueta enredada con la de la mujer-loba y el rostro de la difunta que, por las grietas, respiraba un escandaloso odio. Al pasar ante la cámara antigua de la Marquesa, vio sobre su cama el cuerpo marchito de la anciana, víctima de la lengua hendida: una mueca silenciosa le advertía que sólo el cumplimiento del juramento llenaría de nuevo el desván de paz.

Entendió, finalmente, qué debía devolver. No era el cuadro, ni el nombre ni el linaje, sino la memoria misma del crimen ancestral: la verdad de la traición, cuya sangre marcó a todas las generaciones. Cardell, vencido y casi demente, descendió al sótano, donde el eco de la loba guiaba su marcha. Allí, entre barriles de vino podrido, halló los huesos de una criatura que no era animal ni humana: un esqueleto amorfo, cubierto de largas hebras de pelo negro y una cadena de plata trenzada entre los dientes.

Cayó de rodillas. Murmuró las palabras en latín que una vez le enseñó el sacerdote de su infancia, y con las manos temblorosas tomó la cadena, la sangre manando otra vez en los símbolos de su piel. El desván se abrió de par en par, la tela se rasgó y, entre rugidos y plegarias, el espectro de Madame Gaultier –ahora ni bello ni monstruoso, sino simplemente atroz– avanzó sobre él.

Un único testigo hubo de esa última noche. Robert, el cochero mudo, vio al día siguiente el retrato colgado al revés en la entrada del salón azul, y junto a él, una figura peluda y de cuatro patas recostada como si velara al muerto. De Lord Cardell solo hallaron ríos de sangre y una sombra adherida para siempre a las paredes del desván.

Desde entonces, nadie osa cruzar Westhollow después del ocaso; la loba negra ronda aún, y los retratos de la casa cambian de rostro cada invierno. Los ancianos dicen que, cuando la lluvia golpea los cristales, puede verse la lengua roja de la maldición lamiendo los marcos: buscando, tal vez, otro Cardell al cual devorar. Porque hay casas donde la noche nunca termina, y juramentos donde el horror retorna, una y otra vez, a cobrarse su precio.

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