Portada del relato Sombras en la tierra húmeda
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Fragmento:


Cuando cruzó la reja de hierro oxidado, sintió el primer temblor. No fue miedo, pero sí la voz rota de una advertencia, esa que uno guarda en la espalda y murmura atenciones cuando nadie puede oírla. Sus botas —elegidas con sensatez para el camino— se hundieron casi hasta la pantorrilla en la amalgama de arcilla, agua y resbaladizo musgo. Con cada paso, sentía cómo el barro trataba de abrazarla, de mantenerla adhiriendo hasta la voluntad con su peso sucio y pegajoso.

Duración: 09:47

Sombras en la tierra húmeda
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

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Después de la tormenta más larga del año, el lodo se volvió la nueva raíz de todo. Lo envolvía, lo tapaba, se metía por las ventanas rotas, naciendo, engordando sus límites oscuros en las vetas de la madera podrida y en las porciones irregulares del jardín delantero. El agua no se acomodaba en charcos sino que gemía, resbalaba, se penetraba, devorando los rastros de lo que había habido antes. A ese lugar, Elvira volvió, como si una mano invisible la sujetara por la nuca y la obligara a contemplar el cementerio de sueños que fue, apenas tres años atrás, su hogar.

Cuando cruzó la reja de hierro oxidado, sintió el primer temblor. No fue miedo, pero sí la voz rota de una advertencia, esa que uno guarda en la espalda y murmura atenciones cuando nadie puede oírla. Sus botas —elegidas con sensatez para el camino— se hundieron casi hasta la pantorrilla en la amalgama de arcilla, agua y resbaladizo musgo. Con cada paso, sentía cómo el barro trataba de abrazarla, de mantenerla adhiriendo hasta la voluntad con su peso sucio y pegajoso.

La casa parecía más baja que antes. No porque hubiese cambiado realmente, sino porque estaba hundida, rodeada de un foso de agua turbia y lodo que la asediaba desde los cimientos. Los cristales rotos de las ventanas se inclinaban hacia afuera, como si el propio edificio intentara exhalar su último aliento en dirección de Elvira. Recordó cómo había imaginado aquel porche lleno de luces, con risas y música, la promesa de una familia que construir y un jardín que cuidar. Todo lo que quedó fueron esquirlas y barro.

Nunca creyó en fantasmas. Aprendió a no hacerlo cuando Claudia, su madre, arrastró su maleta por la escalera y la abrazó bajo aquella tormenta inicial, prometiéndole que el futuro sería mejor que el pasado. Promesas. Palabras hechas de humo. Sueños rotos que se convertían en lodo, pensó Elvira, mientras se preguntaba por qué, contra todo sentido común, había querido regresar esa noche en particular.

El motivo era un rumor. Una llamada en plena madrugada. Una voz apenas reconocible, que desde el teléfono parecía imitar la voz de su madre, aunque la suya estuviera ahora desdibujada por la distancia y los años: "Ven. Tenés que ver lo que quedó." Apenas esas palabras y el crepitar de un llanto ahogado, como si el tiempo se hubiera doblado, trayendo de vuelta una desesperación de la infancia.

Las ventanas de la casa, resplandeciendo en negro pura, la sumieron en el convencimiento de que sí, algo quedaba. Algo o alguien aguardaba entre la humedad y la madera podrida, donde el lodo había escrito otra historia, donde los sueños de otras épocas permanecían, aplastados pero no borrados. La llave rota en su bolsillo —la misma que su madre le había entregado para la primera noche— se sintió pesada al tocarla. Empujó la puerta y esta crujió con un aliento de cien años.

Dentro, la atmósfera se sentía asfixiante. Todo olería a moho si no fuera por otra fragancia, indefinible y fea, como restos de una vela vieja mezclados con tierra removida. En la sala, la luz de la linterna se asentó sobre los muebles cubiertos por sábanas plagadas de manchas. Se esperaba, casi, ver una figura levantarse, llevarse la sábana y saludar. Pero nada se movía. El único sonido era el goteo insistente que venía desde alguna parte invisible, y el roce, remoto, de algo o alguien desplazándose en el piso de arriba.

—¿Hola? —la voz de Elvira era apenas un rezo, un conjuro contra la posibilidad de escuchar respuesta.

Esperó. La linterna titiló y, por un momento, la oscuridad pareció volverse más densa, pesando como lodo, vibrando con la exacta frecuencia de sus peores recuerdos. “Vení. Tenés que ver lo que quedó.” Eso había dicho la voz. ¿Quedó qué? ¿Su madre? ¿Un objeto? ¿Un dolor? Elvira nunca fue de las que enfrentan de frente el espanto, pero los años la habían vuelto valiente a la fuerza.

Arrastró las botas por el pasillo, rumbo a la escalera. En cada paso, los ecos de sus propias pisadas se duplicaban en el piso de arriba, como si fuera acompañada, como si, en realidad, los fantasmas sí existieran y tuvieran pies hechos del mismo lodo que la sujetaba. Empezó a subir. La baranda tembló, y los peldaños chasquearon, pero no se rompieron. Eso era un milagro. O una trampa.

Al llegar arriba, se detuvo en el rellano. Un círculo de humedad enturbiaba el techo. Justo debajo, el tragaluz partido dejaba caer gotas gruesas, una tras otra, haciendo crecer un charco negro. Allí estaban: las huellas pequeñas y marcadas, como si un niño muy pequeño hubiese caminado, aún mojado, desde la esquina hacia la habitación principal.

Incapaz de respirar del todo, Elvira empujó la puerta de lo que fue su dormitorio de adolescente. Dentro, la temperatura descendió en picada. El aire era tan pesado que sólo pudo aspirar un hilo de aliento, tembloroso y azucarado. La linterna resbaló en su palma: de pie, bajo la ventana rota, estaba la figura, grisácea, apenas más sólida que una ráfaga. Su madre. O el reflejo pálido, podrido, de quien fue su madre.

—Tenés que ver. —pronunció la aparición, y algo en la voz era indudablemente de Claudia, aunque parecía arrastrarse por el lodo y el sueño, mezclada con el chirrido del agua entrando despacio por la ventana

Elvira sintió el lodo ya no sólo entre las suelas sino subiéndole por las piernas, como si la casa respirara, succionando. Un remolino negro bajo el suelo, palpitando entre las tablas, parecía mover todo el mundo físico hacia abajo, hacia sí mismo. Lodo y sueños, caídos ambos desde antaño.

El fantasma, la madre, se llevó una mano temblorosa al pómulo, como si intentara recordar el propio rostro.

—No te fuiste nunca, Elvira —susurró la voz arrastrada—. Aquí quedaste. ¿Ves?

La linterna murió. Todo fue una tumba húmeda, densa, de tierra negra y suspiros. No se oía más que el gancho de la lluvia y el barro colándose por las grietas. Elvira trató de retroceder, pero el suelo la sostenía. Miró a los pies del espectro. Allí, entre las tablas aflojadas y el lodo elevándose, asomaba una segunda mano, pálida, diminuta. Un anillo que reconocía, el de su propia infancia, una baratija que su madre le había comprado para el cumpleaños número diez. Apretó los labios para no gritar.

El fantasma señalaba, llorando tierra negra por los ojos.

—Nunca te vas —insistía, mientras a su alrededor se iluminaban, por una luz misteriosa e interior, cientos de objetos antiguos atrapados en el barro—. Así quedamos, pegadas, sin poder soñar de nuevo. Mirá cómo nos hundimos.

Una sucesión de escenas comenzaron a aparecer en la pared: recuerdos, pensamientos, cosas que Elvira creía haber olvidado. Su madre en la cocina, llorando porque la estaban desalojando. Su propio llanto, enredado con la primera carta de amor recibida y nunca respondida. El rincón en el que escondió un perrito muerto, tratando de salvarlo inútilmente en la tormenta. Sueños. Todos los sueños, rotos y vueltos barro que se pegaba, tras cada sueño, a sus talones y la arrastraba un poco menos lejos.

Intentó gritar, pero la boca se le llenó de tierra. Las palabras se convirtieron en grumos. El fantasma de su madre se le acercó, y el olor, esa mezcla de esperanzas antiguas, penas y tierra mojada, la golpeó hasta abrirle lágrimas.

—¿Por qué viniste? —susurró la madre barro—. Basta de mirar.

Sintió, súbitamente, el anhelo feroz de escapar. De no volver. Pero bajo sus pies, el lodo ya la arrastraba de veras, mecánicamente, como si miles de manos diminutas la tomaran por los tobillos. Aún en la penumbra, Elvira vio su propio reflejo en el vidrio sucio y roto de la ventana: no era ella misma, sino una figura borrosa, el mismo contorno de su madre, idénticas ojeras, los mismos ojos derrotados y brillantes por el reflejo de los sueños estropeados.

Con un último esfuerzo, forzó el cuerpo hacia atrás. Cayó fuera del cuarto, rodó por la escalera causando una lluvia de astillas y lodo. Chilló —esta vez con un hilo de voz—, y la casa pareció temblar, como si quisiera soltarla pero no pudiera. Al salir cojeando por la puerta, la lluvia cayó aún más fuerte, mezclando su llanto con el barrial que la tragaba a cada paso.

Al girarse, antes de cruzar la reja, vio entre las cortinas la silueta: su madre, o lo que de ella quedaba, mirándola en silencio, con una mano alzada en despedida. O tal vez llamándola para volver en cualquier momenton —una promesa hecha ahora de lodo, de raíces, de sueños que no se atreven a morir ni a renacer, sólo a quedarse, pegados para siempre a una casa que no olvida nada, ni siquiera a las que se atreven a escapar.

La lluvia limpió el barro de sus botas, pero la sensación de peso se quedaría, sospechó Elvira, para siempre.

Cada vez que cerrara los ojos, volvería esa humedad en el pecho y bajo las uñas: tierra empapada de lo que nunca fue.

Afuera, la casa respiró hondo, tragó el último trozo de sol y volvió a quedarse muda; pero adentro, en un rincón detrás de la ventana astillada, el eco de las palabras y de las pérdidas seguiría, lento, hasta que otra tormenta trajera de vuelta otra hija, y otro relato de sueños perdidos entre el lodo y los fantasmas.

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