Portada del relato La casa de las voces rotas
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Fragmento:


Sam llevaba la linterna, de esas que prometen quinientas horas sin pilas y alumbran a metro y medio si tienes suerte. Alf y Jules compartían el botellín de bourbon hurtado. Lucy, la más menuda y callada, se mantenía a medio paso detrás de ellos, mordisqueándose las uñas, y Noah —el alto, bromista y siempre en el limbo entre cuerdas de sarcasmo— arrastraba a Jenny, la nueva, casi a la fuerza.

Duración: 10:58

La casa de las voces rotas
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Texto de ajuste de pausa.

La niebla era tan densa que embotaba el reflejo de los faroles, tan blanca y líquida que uno podía imaginar monstruos, rostros y tentáculos flotando en cada esquina. En pleno agosto, el pueblo de Wraight’s Glen se retorcía bajo un calor imposible, pero justo esa noche, justo ese viernes, el aire se volvió húmedo, y la niebla llenó las venerables aceras agrietadas.

El último verano del colegio llamaba a la rebelión, incluso a la estupidez. Por eso seis adolescentes aguardaban cruzando la verja oxidada de la calle Mulberry. Nadie en su sano juicio soportaría el sudor y la soledad de sus propios cuartos cuando el rumor insistía: la vieja casa Vraun era otra cosa en la niebla.

Sam llevaba la linterna, de esas que prometen quinientas horas sin pilas y alumbran a metro y medio si tienes suerte. Alf y Jules compartían el botellín de bourbon hurtado. Lucy, la más menuda y callada, se mantenía a medio paso detrás de ellos, mordisqueándose las uñas, y Noah —el alto, bromista y siempre en el limbo entre cuerdas de sarcasmo— arrastraba a Jenny, la nueva, casi a la fuerza.

—Dale, Jenny, ni sabrás cuándo has cruzado. No hay portero ni cámara. Solo polvo y mierda de paloma.

Pero mucha gente juraría otra cosa de la casa Vraun. Cuentan que el aire sabe a ceniza seca allí dentro, que si entras y gritas, tu voz no regresa, que algo arriba —en la habitación azul— se mueve incluso sin viento.

Lucy no quería estar ahí, pero tampoco quería quedarse afuera sola, no después de… bueno, ni sus amigos sabían aquello. El último rumor, el más persistente desde el otoño pasado, lo contaba la abuela Lefay, la mujer que todos evitaban porque olía a alcanfor y devoraba pastillas. Según ella, la casa tenía “hambre de secretos jóvenes”. Los muchachos se reían. Los muchachos siempre se reían.

Alf empujó la verja, e hizo un chillido ondulante como una maldición apenas susurrada. Cruzaron. El jardín parecía tallado en espuma: la niebla subía por los tallos de las antiguas gramíneas. Patearon latas vacías y un par de huesos de pájaro.

Nadie hablaba alto, pero todos avanzaban. Solo Sam masculló:

—Ojalá la niebla dure hasta la mañana. Así nadie verá que estuvimos aquí.

Lucy apenas oía. En su mente, el año anterior giraba como una rueda podrida: la discusión en casa, la súplica, el portazo. El miedo plantado como un clavo bajo la piel cada noche. Sus secretos forman nudos; nunca se los cuenta a nadie.

La puerta, hinchada por la humedad de años y la desidia, les permitió el paso con un bostezo sordo. El vestíbulo los tragó enseguida y, jadeando por la ansiedad, los seis miraron arriba: la escalera de caracol, la baranda de madera cuerda, el reloj detenido a las 2:21.

—Subamos. Hay que ver la habitación azul —animó Noah, sin mirar siquiera a los lados. Bordear los retratos polvorientos —niños con ojos gastados y mujeres con bocas diminutas— le daba claustrofobia a cualquiera.

Sam enfocó la linterna al primer escalón y la luz pareció titubear.

—¿Oís eso? —preguntó Jules con media sonrisa y voz de falsa seguridad.

Al principio solo era el cric cric de la madera, pero luego llegó otro sonido, más profundo y muy, muy lejano. Como una conversación a través de una puerta cerrada, aunque allí no había nadie más que ellos.

Jenny se detuvo.

—¿No sentís como una corriente… de voces?

Jules soltó una risilla nerviosa. Alf le hizo eco.

—Seguro es el viejo gas colándose… o ratas. ¡Fantásticas ratas parlantes!

Pero el rumor crecía hasta que era posible distinguir palabras: un balbuceo húmedo, sílabas tragadas y colmadas de miedo. Eran frases sueltas, promesas, pedidos, disculpas.

Lucy se llevó la mano a la boca. Noah intentó quitarle importancia:

—Es eco, solo eco. O las cañerías. Son casas viejas, están llenas de ruidos…

Pero todos sabían, en lo más íntimo, que aquello no era eco. Era otra cosa: una persistencia tenue, vigilante.

Siguieron subiendo. Cada peldaño parecía hundirse un poco más bajo su peso, como si se disolviera entre los huesos. De vez en cuando, un ksh ksh súbito los hacía girarse, pero era solo el polvo danzando en el haz mortecino de la linterna.

En la antesala de la habitación azul, Noah tensó los músculos del brazo y abrió la puerta de un golpe brusco. Nada. Solo una penumbra viscosa.

Cruzaron el umbral a la cámara legendaria. El papel de las paredes, antaño cobalto, caía en tiras como piel vieja. Los muebles cubiertos con sábanas parecían figuras encogidas, monstruos de tela que tiritaban en cada bocanada de niebla que colía por los cristales astillados.

Sam enfocó hacia la ventana. Había allí, colgando de un gancho oxidado, una campanilla de bronce, tan limpia que relucía en la oscuridad.

Lucy, sin querer, rozó la sábana de la cama y creyó sentir un tirón hacia el fondo, como si algo la invitara a hundirse, a desaparecer.

—No la toques —advirtió Jenny, aunque no sabía a qué se refería: la sábana, la campana, o quizás la propia habitación.

Jules intentó hacer una broma, pero la voz no le salió.

El grupo se apiñó junto a la ventana, titubeando, sin atreverse a asomarse demasiado. Jenny fue la primera en romper el silencio, hurgando en la bolsa de su sudadera.

—¿Nadie va a hablar de las voces? ¿Nadie oye que no es eco, ni ratas, ni cañerías? —preguntó, su voz demasiado clara en ese encierro.

Noah bufó.

—Miedo. Pura sugestión y miedo. ¿No ven que es lo que la casa busca? Si la casa se alimenta, será de cuentos y delirio, no de nosotros.

Alf, inquieto, empezó a moverse por la habitación. Tocó la campanilla y apenas la rozó, la vibración llenó el cuarto de un temblor sordo, imposible, que parecía surgir de sus propios estómagos.

En ese instante, la niebla al otro lado del vidrio se espesó más aún, y fuera, en el jardín, “algo” se arrastró por la senda de grava: una sombra, demasiado grande para ser un gato… o un humano normal. La sombra se detuvo bajo la ventana, como oliendo el rastro de los adolescentes.

—¿Lo ven? —susurró Sam, con la mano sudada temblando en la linterna—. Afuera, bajo los arbustos…

Nadie respondió. Todos miraron cómo la sombra se disolvía y reaparecía, y cómo la niebla iba tomando contornos, brazos que nada buscaban, rostros solo sugeridos, bocas abiertas y mudas.

Y entonces la voz llegó, nítida y afilada. Era la voz de una niña pequeña, igual a una risita en la almohada y un aullido desde el fondo de la garganta.

—¿Cuáles son vuestros secretos? ¿Por qué no me los dan? —susurró.

Jenny gritó, Noah se quedó congelado, Sam miró a Lucy, que se apretaba el pecho con los puños clavados.

Jules fue el primero en hablar, en un balbuceo asfixiado:

—No tengo secretos… no sé nada…

La casa respondió con un crujido, y las sábanas sobre los muebles se movieron. Distorsionadas, dilatadas, las siluetas bajo la tela parecían inflarse. Una fuerza invisible les sacaba aire, espacio y tiempo.

—Decidlos —dijo la voz—. Decidlos en alto. Sed míos.

Lucy sintió que iba a desmayarse. Su secreto le quemaba la lengua. Quiso huir, pero sus piernas eran columnas ochavadas. Noah la tomó del brazo, pero él mismo temblaba.

—Hazlo, Lucy. Hazlo ya, ¡igual solo quiere oír algo!

La niebla afuera se pegó a los cristales, palpitante como materia viva. Sam rompió el hechizo:

—Mi padre no está de viaje, lleva tres meses en el hospital mental. No lo sabe nadie. Nadie.

El crujido cesó por una fracción de segundo y la voz rió, un chillido rápido que se extinguió como si saltara de un disco gastado.

Alf los miró, desesperado:

—¡Y a mí me gustan los chicos! ¡Me gustan hace años y no lo sabe nadie!

El eco fue como la bofetada de una madre muerta. La casa pareció hincharse, las voces se intensificaron, ya no lejanas, sino encima, dentro, tras la piel.

Jenny comenzó a llorar, los ojos enormes, las lágrimas sin caer:

—Mi abuela murió mientras yo miraba la tele. No fui, no la ayudé, tenía miedo de verla morir.

Jules, a punto de vomitar, aulló:

—Robé en la tienda, joder. Robé y el viejo fue despedido. Nadie lo sabe.

Noah, pálido como cera de iglesia, murmuró:

—Yo empujé a mi primo pequeño por las escaleras. Dije que fue un accidente y nunca lo fue.

Lucy apretó los párpados. Si lo decía, si lo dejaba salir, ya no quedaría nada de ella. La voz era una caricia y un látigo en sus sienes.

—Yo… no quería a mi padre de vuelta. No quería que me encontrara. Así que recé para que no volviera. Y no volvió nunca —musitó, apenas audible.

Hubo un silencio. Todo vibró: paredes, suelos, articulaciones. La niebla se levantó, y las voces —tantas, agudas y graves, cargadas de historias incompletas— se elevaron en el aire. La campana se agitó sola y, por primera vez en décadas, sonó clara y pura.

Una multitud de rostros asomó en la superficie de los espejos polvorientos, guiñando el ojo de la noche a cada uno de los allí presentes.

Sus secretos, descontados, ya no les pertenecían. La casa se alimentaba, relucía: alimentada no por los susurros banales, sino por el dolor genuino.

Y, como si una puerta invisible se cerrara, la presión se desvaneció. La niebla retrocedió por el cristal, y la sombra en el jardín pareció escurrirse hasta convertirse en humo.

Los adolescentes lloraron, rieron histéricamente, se aferraron unos a otros. La puerta de la cámara azul se abrió por sí sola, invitándolos a marcharse.

Al bajar, Noah miró atrás y vio, en el umbral, una niña de vestido azul y muñeca rota. No le pedía ayuda ni venganza; solo sonreía, satisfecha de haberse alimentado otra vez.

Al cruzar la verja y escapar al amanecer, todos supieron que sus secretos jamás serían solo suyos, y que la casa los recordaría, los atesoraría en su vientre durante años. Nadie volvió a mencionarlos. Nadie regresó a la casa Vraun.

Pero, algunas noches, si la niebla cubre Wraight’s Glen, se escucha, vagamente, una campanilla lejana y voces pidiendo la verdad. Porque la casa de las voces rotas nunca se sacia y siempre, siempre tiene hambre.

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