Fragmento:
Los días siguientes, sentí un peso en el estómago, una urgencia insana de asomarme una vez más a la tumba de roca. Los párpados me pesaban y los sueños se volvieron opacos, viscosos, donde la piedra crecía y devoraba la tierra, absorbía los cuerpos y los huesos, vomitándolos después en formas imposibles.
Duración: 10:32
Hubo un tiempo en que, al pasar junto al camposanto de Vilenca, los pájaros abandonaban el aire en bandadas, y hasta el más fornido de los leñadores apretaba el paso y los dientes, murmurando oraciones aprendidas de niños. El cementerio era mitad campo a la inglesa, mitad losa resquebrajada de pueblo pobre. Se alzaba sobre la prominencia más baja de la comarca, bajo la custodia de una gran roca negra, arropada por musgo y líquenes que nunca compartió la vegetación del alrededor. En la roca, nadie había tallado nombres ni símbolos; no era un monumento, ni un mojón, ni una cruz, sino más bien un error de la tierra, una excrecencia de piedra oscura, dura como el acero y fría como la mentira.
Yo no nací en Vilenca. Llegué aquí en el otoño de 2003, buscando refugio tras una vida manchada de miedos menores —deudas, una condena suspendida, la fatiga de los bares y las madrugadas gordas—. Encontré la casa de la tía Milagros; muerta, sí, pero la nevera todavía con olor a pera vieja y el reloj del pasillo marcando todavía las siete y cuarto, la hora de su último infarto. La casa estaba doscientos metros por encima del cementerio, con la piedra negra visible desde el ventanuco de la cocina. Me instalé pensando en quedarme unas semanas, lo justo para reordenar mi vida lejos del ruido, pero nada en Vilenca invita a la marcha rápida.
En seguida me percaté de esa roca. Los críos la señalaban al pasar, pero nunca se acercaban. Los mayores la ignoraban con devoción; más de una vez vi a viudas que parecían flotar en el aire con tal de no dejar caer su sombra sobre el granito. Por costumbre, pregunté de inmediato a los pocos que me hablaban sobre esa mole húmeda y resbaladiza. Me respondieron con evasivas, con cuentos y medias palabras, pero aprendí rápido el tono con que en Vilenca se decide, por consenso y sin acuerdos, lo que ha de permanecer innombrado.
La tía Milagros había dejado un cuaderno de notas donde ponía sus recetas, las listas de la compra, y alguna que otra anotación dispersa, de su puño y letra torcida. Una noche, hojeando esas páginas, encontré, detrás una receta para natillas, apretada y con letra casi vertical: "No pasar de noche por el cementerio. Recordar: la piedra no duerme cuando hay luna nueva. Si oyes los susurros, no mires atrás."
Aquella frase me dejó inquieto. Hasta entonces, yo había creído que mis vecinos exageraban por mera tradición. Y sin embargo, esa noche, no pude sacudirme la extraña certeza de que, si bajaba al cementerio, algo me vería distinto a los demás.
Durmieron las horas lentas, insomnes, mascullando la idea de la piedra. Cuando me venció el sueño, soñé con la roca creciendo en mi salón, extendiéndose como una mancha de tinta espesa bajo el ladrido leproso de la luz del alba.
Por mero aburrimiento comencé a pasear más allá del cementerio, ante la roca prohibida. Es un vicio de los forasteros: uno se adapta fingiendo incredulidad, hasta que la incredulidad se agrieta bajo el peso de la costumbre. Cierta tarde, después de una lluvia corta y feroz, bajé por la vereda resbaladiza que daba a los muros de granito y cal. Era septiembre, el aire olía a tierra mojada y ciruelas podridas. La hierba crecía desigual en las tumbas, torcidas hacia la roca como flechas permanentemente dobladas.
Me detuve bajo el toldillo cubierto de líquenes verdes. La piedra estaba humedecida y negra como brea. No sé por qué, pero tuve la fiebre de acercarme. Me descubrí tocando la piedra, con la palma plana, como quien palpa una frente en busca de fiebre. Al tacto ardía y helaba, alternativamente, y el pulso de esa mole me descompuso el corazón por un instante. La retiré de golpe, escuchando en el viento un eco sordo, como una risa amortiguada en la tapia del cementerio.
Los días siguientes, sentí un peso en el estómago, una urgencia insana de asomarme una vez más a la tumba de roca. Los párpados me pesaban y los sueños se volvieron opacos, viscosos, donde la piedra crecía y devoraba la tierra, absorbía los cuerpos y los huesos, vomitándolos después en formas imposibles.
La tía Milagros no había terminado de escribir su cuaderno, y en la última página encontré: "Si vuelves a soñar el murmullo, pídele a la piedra que no te nombre." Pensé en el sabor terroso de mis sueños. Me negué a volver, pero era como si la propia casa se inclinara la noche para empujarme hacia el cementerio.
Un martes me levanté y supe que tenía que bajar de nuevo. Crucé la cancela vieja y roída, todo muy despacio para no hacer ruido. Creí oír el silbido de un chotacabras en lo alto, pero no vi nada al mirar: la niebla pegada a los matorrales envolvía todo en un gris húmedo.
Pasé junto a la lápida de los Randal, que tenía una cruz caída y flores secas, y oí, con la nitidez de lo irreal, una voz tan ronca que parecía no salir de una garganta humana. Era como algo que brota desde más abajo, debajo del suelo, más fondo:
-Trae carne. Trae hueso.
La voz no era una voz, sino más bien un rasgar del aire, un abollarse del silencio a fuerza de presión. Me paré en seco, helado, y volví a mirar la roca. Bajo la niebla, su perfil se deformaba despacio, engordando y adelgazando con unos pulsos invisibles.
"Si oyes el susurro, no mires atrás", recordé del cuaderno. Pero no hay instinto de supervivencia que sostenga la curiosidad impía de quien no cree del todo en lo que teme. Así que giré la cabeza, mecánicamente, y contemplé lo que no debí.
Donde antes sólo había roca, vi brechas, hendiduras, como fauces o lóbulos auditivos alargados, por donde emergían dedos de polvo, tentáculos de grava, una malla fibrosa de piedra blanda y babosa. En medio de la piedra cenagosa, brillaba un punto rojo, como encía viva o médula expuesta.
Me lancé hacia la verja, con el impulso de la desesperación, pero la puerta ya no cedía. Fingí racionalidad: trasteé el llavín, empujé con el hombro. Al otro lado, como si estuviera en el fondo de un estanque espeso, sentí el peso de una mirada sin ojos, de una expectación sin nombre.
Recité una oración infantil, inventada al paso, y experimenté un dolor glacial en la encía, como si una raíz se me despellejara. Supe que la piedra había aprendido mi forma, que la había absorbido como un perfume en la ropa.
Pasé la noche temblando, encollado en el felpudo de la tía Milagros, bebiendo caldos amargos y abriendo cada cierto rato la ventana, para comprobar si la roca se acercaba. La víspera a la mañana, volví al cuaderno, pegando las páginas ya gastadas y sólo hallé: "No te enamores de la piedra. No le beses jamás la boca".
Qué sentido tenía eso, me pregunté, cuando la roca había lamido mi huella, cuando sutilmente mi carne se adhería ya a su memoria mineral.
A partir de aquel encuentro, la vida mutó, sorda y húmeda. Los párpados me colgaban, las plantas de los pies supuraban una humedad fría, y el olor de la cal impregnaba mi ropa, mis ollas, mi saliva.
Un día, la mayor del pueblo vino a mi puerta. Traía al niño más pequeño, una criatura desmirriada con dedos demasiado largos y negros bajo las uñas. El niño no me miró, pero alzó la voz:
—Algunos de aquí somos nietos de la piedra —dijo. Palabras como costras, secas y ajenas a todo afecto—. Cuando te lame, lo es tu hijo.
Sentí el vértigo de no saber, de presentir, de comprender sólo la bruma del peligro.
—No sé de lo que me hablas —susurré, entrenando la mentira.
La anciana cruzó los brazos:
—Estamos vigilando por si la piedra tiene hambre de carne fresca. Si la calma, te dejaremos en paz. Si no, tendrás que irte… o quedarte con ella.
El niño se soltó y corrió hacia la orilla del cementerio, saltando los charcos secos y dejando tras de sí un rastro de polvo negruzco.
En las noches siguientes, soñé, no ya con la piedra, sino con el cortejo de todos aquellos que habían sido llamados por ella. Las tumbas se abrían y bajo la costra seca de la roca brotaban manos, bocas, ojos derramados sobre la cal, pidiendo una sangre que no era sangre sino polvo y ceniza.
La piedra no miente ni grita, ni ruega ni bendice. Espera, y sólo espera.
Una noche sin luna, cuando la humedad se pegaba a la garganta, salí de la casa convencido de que lo mejor era quemarla, hacer saltar la roca en pedazos con gasolina y fósforos. Cuando llegué, la piedra parecía mucho más grande, como si hubiera crecido sobre los huesos del cementerio. La luna negra alzaba una nada viscosa detrás, y en la roca se abría una boca ancha, de carne calcárea, huecos mojados palpitando como costillas de vaca vieja.
Vertí la gasolina, encendí el fósforo y arrojé el fuego. Un gemido recorrió toda la comarca, no en el aire sino en los huesos, en la parte más interna del cráneo. No hubo llama: el líquido cayó y desapareció como si no existiera. La piedra absorbió el calor, la materia, la intención. Yo mismo me sentí disolviendo, mis pies plantados y creciendo raíces, enterrando mi voluntad.
A la mañana siguiente, la piedra tenía una grieta más, una hendidura húmeda de la que fluía una baba amarga y blanquecina. Desde entonces, todos los días la niebla permanece más allá del mediodía y los pájaros ya ni siquiera huyen: se quedan inmóviles, petrificados en la rama, con las plumas prendidas al aire.
He intentado marcharme de Vilenca cuatro veces. Cada vez que lo intento, mis pies se enfrían y mi boca se llena de barro. Nadie me da ya los buenos días. Algunos vecinos pasan por mi puerta y dejan en el umbral una piedra pequeña y blanca, como de cal recién cortada, y sé que esperan a que la roca me reclame como suyo.
No queda ya nadie en el pueblo que no haya perdido a alguien a la piedra. Y la piedra sigue hambrienta, sigue callada, sigue esperando los días de luna negra para dejarse sentir en los huesos. Cuando la niebla cae y el musgo sube, los murmullos son reino de nadie, y las tumbas, sólo trampas que llevan a un abismo más profundo, donde todo es cal, polvo y la memoria de la muerte.
Quizá, cuando alguien vuelva a abrir el cuaderno de la tía Milagros, halle en el margen la única advertencia que tiene valor en Vilenca:
“No miréis nunca la roca. No la escuchéis. Porque no es tanto lo que la piedra quiere de ti, sino lo que, tras conocerla, tú puedes llegar a desear de ella.”
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