Fragmento:
No sé decir cuándo empecé a sentir que no estaba solo. Un crujido a mi derecha. La brisa, gruesa, que parecía empujarme hacia un claro sin nombre. En mitad de ese claro encontré un hueco, como la entrada de una madriguera entre raíces. Negros pelos salían de ella, pelo largo como de animal muerto. Y ahí fue cuando escuché a Pablo.
Duración: 08:38
¿Dónde empieza una pesadilla? ¿En el silencio, en la soledad, o acaso en el mismo lugar donde acaba la esperanza? Me llamo Javier, y hace muchos años, cuando el mundo aún era pequeño y solía terminar al filo del pueblo, aprendí que hay monstruos que no fingen ser adultos y que hay adultos que nunca dejan de ser niños asustados.
Casi nadie habla del cerro detrás de la estación vieja. Está tupido de encina y rumor, y los chavales de ahora creen que solo es un rincón para hacer botellón o perder la virginidad entre promesas huecas. Pero cuando yo tenía nueve años, corría una leyenda. Había quienes juraban que una niña había desaparecido allí, chupada por los juncos justo antes de la guerra. Otros decían que en las noches de luna, la oías llorar, porque ni los muertos descansan si se pierden tan pequeños.
No me llevaban al cerro nunca, aunque a veces mi hermano Pablo y sus amigos merodeaban por ahí para buscar nidos o esconderse de las broncas de su padre. Yo me quedaba viéndolos marchar desde el último peldaño de la escalera, masticando el polvo y el miedo como si fuera pan duro. Todo hasta aquella tarde de San Juan, cuando una ráfaga caliente bajó del monte, la luz del pueblo se hizo roja y los grillos callaron, justo antes de la tormenta.
Mis padres se habían peleado. Las ventanas del comedor temblaban como si adentro acechara la guerra. Grité desde la cocina que quería ir a jugar con Pablo, pero nadie escuchó. Harto, me escabullí por la puerta del patio, usando la vieja excusa: “saldré solo un ratito”. La estación quedaba cerca, pero para un crío bajito y flacucho como yo, separarme del zaguán y adentrarme bajo los pinos era lo más parecido a saltar al mar sin saber nadar.
A los pies del cerro, las sombras estaban más frías de lo normal. Necesité mirar bien varias veces para asegurarme de que no había nadie esperándome entre los matorrales. Caminaba a saltos, la mochila colgando de un solo hombro, y cada rama rota sonaba como el chasquido de una columna al romperse. Grité el nombre de Pablo. No contestó. El viento arrastró mi voz hasta perderla en esas zarzas llenas de telarañas y bolsas de chicles de otros veranos.
Caminé, y los árboles se espesaron. Los gatos no maullaban, los pájaros mudos. El aire olía a barro y a algo muerto. Supuse que mi hermano habría ido a buscar salamandras o simples piedras bonitas para ganar a canicas. Lo llamé de nuevo, pero ni siquiera el eco respondió esta vez.
Los adultos decían que los niños de mi edad debían temer a los perros vagabundos, a los yonquis que rondaban bajo el puente o, incluso, a algún vecino aburrido. Pero ahí, esa tarde, lo supe: lo que da miedo de verdad no tiene nombre ni rostro; te escoge a ti, cuando sabe que nadie te echará de menos.
Me adentré más, chocando contra hojas. Mis zapatos, llenos de tierra, se hundían en la arcilla blanda recién regada por las últimas lluvias. Las nubes oscurecieron y, entre los huecos de las copas, el cielo se volvió un lago de plomo.
Avancé hasta encontrar la verja herrumbrosa que separaba el terreno del monte. De chico, algún mayor me había dicho que nunca —bajo ningún concepto— atravesara esa verja, porque el lado de allá estaba “maldito”. A mí me daba la risa, esas palabras de misa y rosario. Pero al tocar el hierro frío con la palma sudorosa me encogí. Aun así, salté.
Al otro lado era todo más denso. El aroma a podrido se multiplicaba, como si alguien hubiera enterrado algo que aún respiraba.
No sé decir cuándo empecé a sentir que no estaba solo. Un crujido a mi derecha. La brisa, gruesa, que parecía empujarme hacia un claro sin nombre. En mitad de ese claro encontré un hueco, como la entrada de una madriguera entre raíces. Negros pelos salían de ella, pelo largo como de animal muerto. Y ahí fue cuando escuché a Pablo.
“Javi…”, susurró.
Algo en ese susurro no era de Pablo. Demasiado sordo, como si me hablara desde detrás de un cristal, o debajo del agua. Igual le respondí, avanzando con todo el valor que puede reunir un niño chiquillo. Dentro, la penumbra era tan densa que tragaba los sonidos.
Entonces vi al monstruo.
¿Puedes imaginar un cuerpo imposible? Un remolino de huesos, ramas y tierra, con manos de fango y uñas hechas de piedras cortadas. Ojos, o más bien unos agujeros abiertos dentro de un cráneo de raíz. Eso era aquello. Me olió nada más verlo, y yo supe que había venido a buscarme, igual que había buscado a la niña de la leyenda.
No corrí porque algo dentro de mí, algo muy viejo, supo que la carrera solo serviría para que me cazara antes. Me quedé quieto, tragándome el deseo de gritar por mamá cien veces. El monstruo, o lo que fuera, habló. No con palabras: fue como si las ramas de su boca arañaran mis pensamientos.
“Tienes frío. El mundo es duro. Adentro nunca duele.”
De su pecho salía el mismo susurro que me había engañado antes. Y de algún modo sentí a la niña, y sentí hambre, y soledad, el vacío que deja en el estómago el saber que nadie va a venir a buscarte de verdad. Quise moverme, pero las piernas me pesaban una tonelada. El barro me cubría las zapatillas, subiendo por los pantalones.
—Pablo… ayúdame… —lloriqueé.
El monstruo se estiró y su brazo se alargó como la raíz de un árbol retorciéndose. Su olor era el de la tierra removida. Cerca, tan cerca que podía distinguir el brillo húmedo de sus huesos hechos de guijarros de río.
Y entonces, un segundo antes de rozarme, un trueno partió el cielo en dos y el haz de luz de un farol cayó, por la magia de algún descuido, justo sobre nosotros.
No recuerdo correr. Solo que estaba afuera, jadeando, el pantalón hecho jirones y el barro cubriéndome los muslos. Detrás de mí, todo el bosque gritaba y se agitaba; lo sé porque es un chillido que todavía oigo al cerrar los ojos por las noches.
Huí hasta la estación. Lloré tanto que las lágrimas me abrieron grietas en las mejillas. Una pareja de viejos me recogió y preguntó mil veces que qué había pasado. No les conté nada. Solo quería agua y una manta.
Esa noche dormí en el salón, con las persianas bajadas, cerca del calor eléctrico y de mi madre que, aunque me abrazó fuerte, nunca dejó de mirarme como si sospechara que yo ya no era del todo su hijo.
Durante semanas, Pablo fingió que no sabía nada. Yo tampoco hablé. No podía dormir sabiendo lo fácil que era desaparecer, lo sencillo que era confundir una voz querida con una trampa. Había algo allá fuera que te llamaba por tu nombre, que sabía cómo dolía el abandono y la promesa incumplida del hogar.
De vez en cuando, cuando el cierzo bajaba del cerro y las luces del pueblo titilaban, yo juraría escuchar el llanto de la niña. Y a veces, en los cristales empañados, veía reflejado el contorno de ese monstruo de barro, hueso y raíz, acechando, esperando.
Uno crece, se olvida, se convierte en adulto y se cuenta a sí mismo que esas cosas no existen, que si desaparecen niños es porque se pierden: se los traga la pobreza, el descuido o la desgracia. Pero cada vez que paso cerca de la verja, cuando el sol se escurre y las farolas recién encendidas apenas arañan la oscuridad, sé que el cerro está esperando a otro niño que se atreva a escuchar.
Hay monstruos en el mundo. Y lo peor que pueden hacerte no es matarte. Es convencerte en la voz de alguien a quien amas, y susurrarte, con toda la ternura de un padre perdido:
“Adentro nunca duele.”
Y tú, niño inocente, le crees. Porque del otro lado de la verja, en las entrañas del cerro, la única verdad es que nunca nadie vuelve. Solo queda barro y olvido, y la promesa de que, mientras haya niños perdidos, el monstruo nunca tendrá hambre.
Nunca más me acerqué al monte tras la estación. Pero por las noches, en sueños, sigo allí: pequeño y solo, con el rumor de la tormenta a la espalda y el eco de la voz de mi hermano llamándome, aunque sé, muy dentro, que no era él. Que nunca fue él. Que era otra cosa, esperando la próxima tormenta, y el próximo niño olvidado, que vendrá cuando los adultos estén demasiado ocupados para escuchar el miedo.
Y ni siquiera hará falta que grite. Solo que cruce la verja.
Hasta entonces, el cerro sigue ahí. Y yo, a veces, aún me despierto temblando, preguntándome si de verdad logré escapar, o si el monstruo supo, desde aquella noche, cómo meterse bajo mi piel.
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