Fragmento:
Un desconocido, un tal Argemi, me buscó en el bar del polígono H. Su acento venía de ninguna parte, pero tenía un timbre grave, de los que arrastran sentido de urgencia. Traía papeles, un plano y un cheque con más ceros de los que había visto en mi vida. Sólo tendría que evaluar la estabilidad de unos cimientos, revisar el zócalo de hormigón en el bloque principal del antiguo laboratorio y dar fe de sus condiciones para una inminente reventa. Le dije que sí, como suele hacerse cuando la vida de uno es un erial de oportunidades.
Duración: 11:45
Siempre pensé que la oscuridad aullaba sólo en la imaginación: nada más que el zumbido de la mente produciendo monstruos para ocupar el espacio de lo desconocido. Era ingeniero civil, y la razón —la geometría, los algoritmos, el sentido práctico— anclaban mi vida. Hasta que acepté aquel encargo en el viejo complejo industrial, a cuarenta kilómetros del primer pueblo, escuchando el murmullo insistente de un generador, mis botas humedeciéndose en el suelo fermentado de la nave principal.
Un desconocido, un tal Argemi, me buscó en el bar del polígono H. Su acento venía de ninguna parte, pero tenía un timbre grave, de los que arrastran sentido de urgencia. Traía papeles, un plano y un cheque con más ceros de los que había visto en mi vida. Sólo tendría que evaluar la estabilidad de unos cimientos, revisar el zócalo de hormigón en el bloque principal del antiguo laboratorio y dar fe de sus condiciones para una inminente reventa. Le dije que sí, como suele hacerse cuando la vida de uno es un erial de oportunidades.
El complejo, bautizado como Laboratorios Verité, hastiaba sólo verlo. En la entrada oxidada, los grafitis parecían sangre seca y, sobre la loma de la nave, alguien había clavado cruces. Me interné con la linterna abriendo camino, notando lo habitado de la penumbra: ruidos inconsistentes, golpes sordos, una respiración que bien podía ser el viento jugueteando entre las rendijas del aluminio.
En el bloque oeste encontré la escotilla que daba al sótano de los cimientos. Atestada de bolsas negras, olor a amoníaco y polvo, costó apartarlas. Descendí entre resoplidos, mientras los tubos negros y las ristras de cables parecían ramas de árboles podridos.
En el nivel inferior, el hormigón titilaba con las sombras que lanzaba mi lámpara. Un pasillo estrecho llevaba al corazón: la cámara estanca donde esperaban los viejos tanques de contención, enormes crisoles acristalados que la empresa había prometido destruir. Algo goteaba del techo. El aire era espeso, cálido y dulce, diez grados más que fuera, como si alguien respirara ahí abajo, abrazado a la piedra.
Tuve que arrodillarme para evaluar una grieta junto a la pared del fondo, usando la espátula para raspar y medir. Había algo en la textura del hormigón: vetas oscuras, casi como capilares anidados entre los áridos. No era la única rareza. También había unas manchas viscosa, rojas, aquí y allá, y la humedad olía no sólo a fango, sino a carne e hierro mojado.
Me tomé una foto junto a la grieta, para el informe. Revisé el tanque más próximo, un cilindro amarillento, con la ventanilla manchada. Por instinto, rocé el cristal: frío, salvo donde estaba cubierto de una especie de vaho, y bajo esa región vislumbré una forma, más densa que el resto de la oscuridad, palpitando despacio. Tal vez era mi propio reflejo deformado. Registré la imagen en la memoria y me forcé a volver arriba.
Me sentí observado hasta que cerré la escotilla.
El segundo día, regresé equipado. El colchón químico para analizar humedades no marcó nada anómalo. El escáner del grosor de los muros mostraba irregularidades, bolsas de aire, como si el bloque estuviera horadado en secreto. Apunté las incidencias, anotando cómo la temperatura bajaba de golpe a medida que me acercaba al depósito más grande.
Sentí, esa vez sí, algo arrastrándose en el pasillo. Un sonido blando, como de serpiente gorda, avanzando lejos de mi lámpara. Casi caigo para poner en marcha la luz de emergencia, y juraría que lo que vi fue una sombra retrocediendo, llevándose el calor consigo.
Tragué saliva. Me obligué a pensar que sería un animalejo, un zorro quizá, extraviado por los túneles. Mis cejas escocían del sudor helado.
En aquel tanque principal, algo había cambiado. El cristal tenía ahora un resquebrajón, una forma de telaraña, y el vaho cubría más superficie. Acerqué el oído: los tubos metálicos vibraban, como si desde dentro alguien golpeara el metal, amortiguado por centenares de litros de líquido estancado.
Vi, sobre el cemento, una huella. No una pisada de mamífero: más bien un residuo gelatinoso, con la forma de una garra trémula, cinco dedos diluidos, hilos que subían por la pared dejando un reguero. Fotos, sí, muchas fotos. Me temblaban las rodillas.
Cuando subí a la superficie, supe que al día siguiente, acabaría el encargo en cuanto pudiera: recoger muestras, añadir un comentario técnico, solicitar demolición.
Pero durante la noche me llamaron cuatro veces desde el móvil privado de Argemi. No respondí a ninguna.
La tercera mañana parecía que la nave había cambiado de tamaño. Los pasillos brillaban más húmedos, y a cada paso, mis botas hacían un ruido succionador. Alcancé la escotilla: estaba semiabierta, con marcas de óxido intenso junto a la cerradura deformada. Bajé despacio, la linterna me temblaba. Noté que en el aire había un tono nuevo, una vibración como de baja frecuencia que sólo se oía al inhalar.
El pasillo estaba sucio. Había bolsas abiertas, con lo que parecían costras médicas, gasas y vendajes, restos momificados, trozos de algo marrón oscuro, como si hubieran destapado cubos llenos de animales o carne en descomposición. Cerré la boca, sintiendo el sabor a metal en la lengua.
Un chillido emergió desde la sala de los tanques. Un chirrido de cristal raspando desde dentro, y luego el sonido apagado de algo chocar con fuerza, no una, sino varias veces. El cristal, pensé por fin, no resistirá. Avancé, pero mis pasos eran frenéticos, descompasados.
En la sala vi que el tanque central tenía ahora una brecha, una grieta abierta en la base. El suelo amanecía anegado de líquido viscoso, verde y burbujeante. Y dentro los tubos, algo turbio pasaba: primero creí que era gas, pero de repente fue materia, una sombra borrosa avanzando por el conducto y perdiéndose en los falsos techos aluminosos.
Era imposible. Cualquier material orgánico habría colapsado años antes. Aquello era otra cosa. De repente, entre el ruido se coló otro, muy humano: una respiración —breve, seca, jadeante— subiendo y bajando el pasillo, fuera de mi campo de visión.
Enloquecí. Corrí. Tropecé con las bolsas, caí, me hice sangre en la mejilla con un clavo expuesto. Sentí calor detrás, como si me siguiera el aliento de una fragua. Algo goteaba sobre mi nuca, pegajoso.
Logré salir. No recuerdo cómo llegué al coche, ni cómo volví a la ciudad. Solo sé que, en la autopista, el calor me subía por las piernas y tenía el volante pringoso de un ácido que no terminaba de secarse nunca.
Un mensaje de Argemi me llegó la tarde siguiente. “Ha visto demasiado”, decía. “Sea prudente. Silencio = transferencia íntegra. Hable, o publique, y su nombre y dirección acompañarán la filtración. ¿Entendido?”
Pensé en mi informe, en las fotos, en el cheque esperando activación. Pensé en la visión de esa sustancia, en la respiración de la oscuridad, en la huella de garra diluida por el pasillo, y también en las noticias: ningún titular. Nada de fugas, animales, accidentes. La ciudad seguía, como si lo que yo hubiese visto no existiera más allá del propio complejo y, tal vez, de mi piel, donde los picores y las ronchas crecían cada noche, ramificándose en venas oscuras.
Al cuarto día, fui a urgencias. La enfermera me preguntó por líquidos tóxicos, por alguna reacción química. Bajé la mirada: “Sótano infectado, líquido denso, no sé bien”. Me trataron con corticoides, pero los surcos seguían expandiéndose. Olían, a veces, dulzones: azúcares podridos.
La pesadilla no se esfumó. Por las noches, sueño el pasillo verde y la sensación de asfixia. Cuando camino, arrastro la pierna izquierda. El pie ha empeorado. El podólogo me dijo que era “necrosis”, pero las pruebas celulares son anómalas: células que no se comportan como músculo ni piel. El bulto bajo mi fémur, dijeron, se parece más a un saco de larvas o un órgano linfoide. Volví al hospital, sin esperanza.
A la semana, recibí en el buzón una nota: “Marque este número si desea una cura. No pregunte. No denuncie. No busque”.
No contesté. Prefería morir que volver.
Los meses siguieron mordiendo mi carne. Me mudé dos veces. Argemi reapareció siempre: cartas anónimas, mensajes, algún hombre esperando en el coche oscuro de la esquina. Me sentía observado, vigía de algo que ya habitaba dentro de mí: ruidos en la noche, calor bajo el músculo, esa voz constante que susurraba en la furia del insomnio un nombre que no era el mío.
Empecé a ver cosas fuera de la lógica. Una vez, un perro en el parque huyó cuando me acerqué. Los niños me miraban y retrocedían, nariz torcida, impacientes por ocultarme. En el espejo descubrí que detrás de mis ojos había otra capa, una irregularidad en la córnea, como si algo reptil aprendiera a mirar a través de mis pupilas.
Los médicos hablaron de metámeros aberrantes. Pidieron acceso a mi historia clínica. El hospital desapareció mis muestras. Nadie quería mencionar la causa: “agente desconocido”, “mutación exógena”, “inmunodeficiencia por contacto con material experimental”.
Una noche, me acerqué al espejo desnudo. Sobre el muslo izquierdo, la piel temblaba. Los surcos que la recorrían parecían moverse bajo la luz, y de las cicatrices brotaba un musgo verde, pringoso. Algo crujió. Un dedo que no era mío presionó debajo de la dermis; sentí que algo se deslizaba, con una lentitud horrenda.
No grité. Abrí la piel con una cuchilla, con más curiosidad que dolor, y en el interior encontré una cápsula pulposa, un tejido fibroso que expulsé. Lo miré. Tenía poros y dientes, y respiraba, como si fuera mi propio tumor, mi propia descendencia experimental: un embrión protésico, sufriente, capaz de infectar cualquier superficie.
Comprendí, entonces, que no había escapatoria.
No sé cuánto tiempo llevo aquí. No me quedan ventanas. Tiro los residuos en cubos sellados, incinero todo lo que puedo. Lo que lleve dentro sigue creciendo: glándulas, apéndices, raíces blandas que atraviesan hueso y músculo. Mis recuerdos se disuelven: la luz del laboratorio, la garra en el suelo, el aliento de la bestia, el frío entre los tanques. Ahora sé que yo mismo soy la fuga, el experimento irrepetible, el portador involuntario.
Mis noches son hileras de pesadillas densas. A veces, la lengua se me hincha y caigo de rodillas, la carne vomitando más materia vegetal que humana. He oído gruñidos en el piso de arriba, pasos que no reconozco. Sé que me buscan, que el complejo sigue activo en el margen del mapa, buscando nuevos huéspedes, nuevos esquejes.
No puedo escribir más. La parte de mi que aún es hombre se va adelgazando, como una hebra de agua en la piedra. Sé que, cuando termine, sólo quedará lo otro.
Si alguna vez recibe este correo, si alguna vez ve los planos de Laboratorios Verité, no acepte el encargo. Quémelos. Corrija el mapa y, por amor propio, no entre en el sótano. La bestia y el hombre son incompatibles. Y esa incompatibilidad nunca muere del todo. Ni cuando uno deja de ser humano. Ni cuando la carne muta bajo el forjado, donde la oscuridad no necesita imaginación. Porque la oscuridad, al final, sólo espera paciente a que alguien vuelva a abrir la escotilla.
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