Fragmento:
Aquella tarde el aire traía un olor espeso, metálico, que no se disipó aunque la ventilación funcionaba a plena potencia. Surgía del corredor del ala biotecnológica, justo detrás de los paneles donde zumbaban los reactores. Rivera fingió no notarlo, dejando atrás la sensación viscosa que se le adhirió a la garganta como si hubiera inhalado limaduras de acero.
Duración: 11:02
Siempre había sido un hombre de rutinas, de sistemas y metodologías finamente calibradas, el tipo de persona que podía trazar una línea recta en medio de un huracán. Pero para cuando el Dr. Alonso Rivera se dio cuenta de que algo estaba podrido en el corazón del Centro Experimental de Mutagénesis Aplicada, ya era demasiado tarde. Los manuales de protocolo no preveían aquella clase de catástrofe –ni la escala, ni la naturaleza de lo que se desataría tras aquellas puertas acorazadas.
La seguridad del complejo era tan redundante que hasta el café venía con doble candado electrónico. A las 18:04, como cada tarde, el Dr. Rivera bajó al subsótano para ajustar los sistemas de restricción. “Ajustar”, así lo llamaban, aunque hacía mucho que lo esencial ya no se tocaba. Solo chequeos superficiales, autorizaciones burocráticas y guiños nerviosos al técnico de vigilancia, el pálido Gómez, que odiaba quedarse hasta tan tarde.
Aquella tarde el aire traía un olor espeso, metálico, que no se disipó aunque la ventilación funcionaba a plena potencia. Surgía del corredor del ala biotecnológica, justo detrás de los paneles donde zumbaban los reactores. Rivera fingió no notarlo, dejando atrás la sensación viscosa que se le adhirió a la garganta como si hubiera inhalado limaduras de acero.
El pasillo estaba iluminado con aquel azul antiséptico: un sendero de peceras macabras. Miró de reojo las cámaras, sabiendo que toda la periferia era registrada las veinticuatro horas, que cada parpadeo quedaba guardado para la posteridad o para los tribunales, si alguno tenía el valor de recoger los registros tras su retiro.
La sala principal, donde aguardaba el núcleo experimental, era un rectángulo de hormigón con paneles de acero, a rebosar de pantallas y tubos bajo presión. Y también, por supuesto, estaban “ellos”: los sujetos, almacenados en cápsulas, rodeados de líquidos amnióticos y redes de electrodos. El nombre oficial era ‘Núcleo de Investigación y Experimentación Biótica’. Nadie usaba el nombre completo. Todo el mundo conocía ese sitio como “la pecera”.
Ahí dentro, seis biotanques contenían lo más avanzado de la mutación dirigida. El diseño era militar; nunca lo admitieron, pero los objetivos se percibían en cada uno de los informes redactados en doble clave.
Rivera echó un vistazo a las lecturas de siempre: pH, concentraciones, signos vitales. Todo parecía en calma. Alguien con menos años en el oficio se habría conformado, pero el propio reflejo de Rivera lo miraba con desconfianza en el cristal antihuellas. El protocolo pedía recorrer visualmente cada tanque, asegurarse de que la morfología de los sujetos se mantenía dentro de los patrones aceptados.
Cuando el Dr. Rivera llegó al tanque número tres, algo hizo que se detuviera. La criatura sumergida allí era la joya de su desdicha: “Eos-3”, una amalgama de glándulas y tejidos artificiales, nervios manipulados mediante electrólisis y una arquitectura genética tomada a partes iguales del pez abisal y el murciélago. Lo que le perturbó no fue la forma –que no podía ser más grotesca, con una lentitud infecciosa de movimientos y una membrana que parecía relucir bajo el agua con un resplandor malsano– sino el hecho de que uno de los paneles laterales mostraba una serie de ondas anómalas.
El nivel de glucosa había aumentado el triple en los últimos sesenta minutos, y el ritmo cardíaco registraba picos simultáneos con las ráfagas de ultrasonido salidas —aparentemente— de la propia criatura.
Sintió un escalofrío. Llamó al supervisor técnico, como dictaba el manual. Nadie respondió.
Fue entonces cuando el intercomunicador del laboratorio saltó con un chispazo eléctrico. El rostro de Gómez, el técnico de vigilancia, apareció brevemente, interrumpido por estática y lo que parecía atrás el reflujo de un alarido captado por algún micrófono perdido en los ductos de aire. “Doctor… tiene que… abajo, la puerta no cierra… no, no…” La señal se interrumpió en seco.
En ese momento, el sistema de alarma del subsótano parpadeó, un destello rojo que realeaba sin sirena, como si el miedo quisiera disimularse. Del pasillo vino un sonido, un golpeteo húmedo, algo acompañando el incesante ronroneo de los extractores. Rivera tomó la linterna de emergencia. Tenía que averiguar qué había sucedido.
Salió al pasillo. A lo lejos, el haz de la lámpara encontró manchas oscuras en las paredes: parecía óxido, pero la humedad del aire delataba que era sangre fresca. Rivera avanzó con los zapatos resbalando en el líquido viscoso. Los suelos de linóleo ya no lucían asépticos. En la esquina antes del taller electrónico, tropezó con algo blando. El cuerpo de Gómez, sin rostro, con la garganta convertida en un tapiz deshilachado de fibras, los brazos replegados sobre la caja torácica como una marioneta rota.
El espanto llegó sin aviso, una corriente de electricidad animal rugiendo desde las entrañas. Por un instante pensó retroceder, pero el instinto de conservación quedó en suspenso por la urgencia profesional: debía sellar el laboratorio, activar el protocolo de contención. Eso decía la teoría. Pero ¿cómo sellar algo cuya naturaleza ya no obedecía las fronteras físicas?
Durante un suspiro, oyó a lo lejos, entre el zumbido de las puertas automáticas, un ruido de patas, como si muchos insectos arañaran a la vez el metal, y respiraciones arrítmicas siguiendo un pulso colectivo. Unos metros adelante, los sensores del sistema óptico chisporrotearon y se apagaron. La oscuridad resultante era casi táctil.
El Dr. Rivera volvió sobre sus pasos a la “pecera”. Buscó el panel de cierre: bloqueado desde el despacho de control superior. Maldijo en voz baja; en toda catástrofe, los sistemas de emergencia se anulaban para impedir sabotajes internos. Era brillante en el papel, un suicidio en la realidad.
En aquel paréntesis de indecisión, percibió movimiento dentro del tanque de Eos-3: la silueta colosal, ancha como tres hombres, presionaba desde dentro el polímero reforzado, haciendo que se formaran grietas finísimas. Las luces de control parpadearon. El líquido empezó a enturbiarse: una espuma rojiza se arremolinaba cerca de los costados de la criatura; sus ojos –¿eran ojos?, ¿o sensores mutados?– se abrieron simultáneamente, enfocados en la figura temblorosa del científico.
De repente, las alarmas se encendieron en una secuencia ascendente: el tanque seis, el cuatro, el dos. Uno tras otro, los sensores indicaban ruptura del confinamiento. Los paneles marcaban sobrepresión, fuga de fluidos vitales y señales irregulares de neuroelectricidad. En la consola, las formas biomutadas habían dejado de registrar pulsos ordinarios: ahora generaban patrones que, le pareció a Rivera, eran demasiado regulares, casi comunicativos.
El sonido de algo deslizándose, como el roce de huesos húmedos y tendones laxos, avanzaba por el techo, saltando entre las placas de aislamiento. Un hálito caliente brotó de las ranuras de ventilación. Entonces, el cristal laminado del tanque de Eos-3 explotó hacia fuera. El líquido amniótico lo empapó, mezclado con un olor fétido, imposible de identificar, una fragancia intermedia entre el mar profundo y la putrefacción vegetal.
La criatura avanzó, su cuerpo impreciso, palpitante, moviéndose con articulaciones sobrepuestas y membranas cuajadas de excrecencias bulbosas. Algo emergía desde la espina dorsal, una protuberancia flexible que vibraba junto al aire saturado de ozono. Rivera apenas podía respirar, y sin embargo, una parte fundamental de él—el científico implacable—observaba cada detalle, deseando anotarlo.
Justo antes de desmayarse, notó que su piel ardía, como si miles de microcortes se abrieran a la vez. Un instante después, ya no podía moverse.
***
Despertó en lo que quedaba del laboratorio. Entre la bruma y la monstruosa visión que atropellaba su mente aún aturdida, una revelación: no estaba solo. Los demás sujetos de prueba habían surgido de sus cápsulas, deslizándose por el suelo replanteado como una sala de disección grotesca. Sus miembros, retorcidos y fusionados con componentes de polímero y circuitos, se agitaban en una sinfonía antinatural. Los ojos—o sus equivalentes—seguían patrones, se llamaban entre ellos mediante sonidos sibilantes, frecuencias donde la humanidad dejaba de tener sentido.
El Dr. Rivera intentó moverse, pero notó con un terror atroz que sus extremidades ya no respondían de la forma acostumbrada. Las uniones se sentían blandas, como si le hubieran arrancado los tendones y reemplazado por cables. Las formas ondulaban alrededor suyo, tocándolo, pasando fragmentos de piel y sensores electrónicos por su torso y cuello. Quiso gritar, pero de su garganta emergió solo una vibración parásita, como el canto de una ballena moribunda.
Al pasar de los minutos—o las horas, porque el tiempo se había vuelto irrelevante dentro de aquel cubil—comprendió la verdad última. Los experimentos nunca habían sido simples muestras de ensayo. Habían sido mensajes, test de frontera, mecanismos de contagio de algo más grande que la biología o que la ciencia militar: un umbral biotecnológico capaz de devorar la mente y el cuerpo de cualquier testigo.
El dolor físico cedió y en su lugar quedó una extraña serenidad. Lenta, místicamente, notó que su visión se dividía en múltiples focos, como si sus ojos pudieran ver el espectro completo de la vida y la descomposición. Su pecho ya no latía, sino que emitía una nota grave, una señal que las criaturas captaron y devolvieron con ronroneos eléctricos.
Desde algún intersticio, una voz mecánica (¿tal vez la computadora central, sin ya ningún operador humano?) repitió, en un lazo interminable: “Protocolo Alfa: zona contaminada. Autodestrucción programada en diez minutos.”
Las criaturas, sin embargo, parecieron celebrar ese anuncio como si fuera la primera palabra de una conversación largamente esperada. Se arremolinaron en torno al Dr. Rivera, que ahora comprendía el terror esencial: el futuro de la especie no era la perfección ni la extinción, sino la mutación sin fin, la hibridación sin nombre.
Con la primera detonación, los muros de acero se fracturaron y una última corriente de luz antinatural bañó el laboratorio. Algo salió arrastrándose entre el vapor y el polvo, sus extremidades compuestas de carne, circuitos y memoria humana.
No quedaría registro, archivos ni testigos que dieran fe de lo sucedido allí. Pero, en lo profundo de las entrañas de la tierra, los ecos de la mutación comenzaron a difundirse. Porque nada contamina tanto como la esperanza de una evolución perfecta. O el terror de jamás dejar de mutar.
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