Portada del relato Relámpagos en la Casa Llameante
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Fragmento:


Ella se inclinó, recogió una jarra repleta de algún líquido opaco, y le llenó una copa. El vapor olía a tierra removida, a hongo y menta muerta.

Duración: 09:47

Relámpagos en la Casa Llameante
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Texto de ajuste de pausa.

***

En el corazón de un bosque marchito, donde las ramas parecían agitarse aun sin viento, había una colina escarpada y una casa tan antigua que su madera crujía con el horror de las eras. Relámpagos le revolvían el tejado a menudo, como si el cielo quisiera partirla en dos, y nunca un hombre cuerdo habría habitado allí. Pero la señora Trevoux no era mujer de razonamientos comunes ni le temía a la electricidad, que más bien parecía buscarla.

Esa noche, cuando la tormenta amenazaba con partir el mundo y cada rayo iluminaba cadáveres de árboles, un viajero herido llegó tambaleante a la verja oxidada que delimitaba la propiedad. El viajero, un tal Erik Menes, arrastraba la pierna izquierda y dejaba un rastro viscoso en la tierra enlodada. Nadie en su sano juicio habría entrado a ese paraje, pero él no era hombre de supersticiones; la comodidad de la ignorancia había sido reemplazada en su vida por el terror de la experiencia, y algo —algo rapaz— lo perseguía, más oscuro que la noche y más rápido que el propio rayo.

La puerta chirrió como un animal moribundo al abrirse, y una figura envuelta en harapos moteados de cera y hollín le contempló desde el umbral. Sus ojos, pequeños y negros como los de una corneja, no emitieron ningún atisbo de bienvenida, pero tampoco pronunció palabras de rechazo.

—¿Busca refugio o perdón?— murmuró la señora Trevoux.

Erik, congelado de frío y miedo, sólo pudo balbucear:

—Algo... —pausa. El trueno partió el cielo y las palabras le costaron sangre— Algo me sigue.

La anciana ladeó la cabeza, el cabello, tan blanco como la ceniza, erizándose por la electricidad del aire.

—Entonces pase. Aquí dentro sólo es peor.

Una vez en el interior, la casa ofrecía el consuelo de los objetos viejos: tapices podridos colgaban como lenguas, y las habitaciones apestaban a hierbas, grasa humana y miedo antiguo. Sin embargo, algo sepultado en los cimientos de esa morada parecía aguardar el momento oportuno para despertar. Erik sentía los ojos de la casa sobre él.

La señora Trevoux le ofreció una silla junto a la chimenea, donde una llama sobrevivía a pesar de la humedad. Sobre la repisa, un puñal extraño brillaba. Su hoja era negra como el alquitrán, pero se teñía con destellos azulados cada vez que el relámpago acariciaba las ventanas.

—Necesito... agua —gimió Erik, sin dejar de mirar el arma.

Ella se inclinó, recogió una jarra repleta de algún líquido opaco, y le llenó una copa. El vapor olía a tierra removida, a hongo y menta muerta.

—Beba— ordenó.

Erik bebió... y sintió el frío colándose dentro de sus entrañas. El cuchillo parecía vibrar con cada sorbo que daba.

—¿Por qué ese puñal? —preguntó, con una voz que apenas reconocía como suya.

La mujer no apartó la vista de sus manos retorcidas.

—Es mi promesa. Mi pacto. Cuando los relámpagos cortan el cielo, el puñal corta en la tierra. —Alzó los ojos, brillando de inteligencia diabólica—. Son hermanos. Y el relámpago nunca cae al azar. Tampoco lo hace el acero.

Erik pensó en el horror que le seguía allí fuera, un horror que tenía forma de mujer encapuchada y manos tan largas que podrían estrangular al propio viento. Él la había conocido hacía meses, en un pueblo olvidado, mientras buscaba pan y paz. Un encuentro con los hijos del ocultismo: brujas disfrazadas de abuelas, y niños corrompidos jugando al ahorcado con tripas de cuervo.

El hombre no pudo evitar estremecerse, no sólo de frío sino de memoria. Sus recuerdos volvieron al instante en que se aventuró, borracho y desafiante, hasta la choza de una anciana: asistió a un rito prohibido, y en su arrogancia hurtó algo de su altar: un puñal, o más bien su mellizo. Erik, en su ignorancia, nunca supo para qué servía aquel objeto. Lo vendió a un trapero, cuyos hijos morían uno tras otro; la noche que intentó recuperarlo, vio aquello que ahora lo perseguía: Una sombra tomada de la tormenta, una bruja sin edad y sin rostro, vestida de los relámpagos.

Al recordar esto, Erik sintió el peso de la culpa apretando su garganta. En la casa, la tormenta pareció agudizarse, y la llama de la chimenea titilaba con osadía.

—¿Qué esconden esas paredes, señora Trevoux?— preguntó, tembloroso.

La bruja se sonrió, mostrando encías negras y huecos donde deberían estar sus dientes.

—La pregunta es qué trajo usted hasta aquí. Nadie llega a mi umbral por azar. Quizás busca redención. O quizás sólo es otro ladrón.

Erik sudaba. Se arrastró hasta el fuego, buscando un calor que no hallaría.

—Ella me sigue...— susurró—. Dame protección. Sabes cómo hacerlo.

La anciana alzó el puñal, que vibró en su mano con la promesa de un relámpago próximo.

—No se le roba nada a las hijas del trueno— declaró—. Pero si deseas protección, hay un precio: Debes usar el puñal. Debes hendirlo en la tierra cuando el relámpago la marque. Debes darles sangre, Erik Menes.

El hombre palideció. Pero tras él, un viento entenebrecido batía la puerta. A través de la mirilla vio la figura: la bruja sin emociones, sin rostro, esperando, su vientre hinchado de insomnio y rencor.

—Te lo suplico— gimoteó—, ayúdame.

Trevoux le estampó el puñal en la mano. Su tacto era como veneno helado; sentía el zumbido de la electricidad en los huesos.

—Debes jurar por carne y tormenta— murmuró la mortaja encarnada de hechicera—. Y debes cortar lo que debes.

Otra explosión hendió la noche; el bosque detrás de la casa ardía momentáneamente en azul. Erik, aferrado al arma, sintió que el terror se transformaba en desesperación.

Lo llevaron al sótano. La tierra olía a raíces podridas, sambenitos, grasa de cadáver, cosas sacrificadas sin amor ni esperanza. Allí, Trevoux señaló un espacio de tierra removida bajo una tabla podrida.

—Cava, y espera al relámpago. Cuando la tierra tiemble, corta.

Él, manipulado por el miedo, escarbó hasta que sus uñas sangraron. Allí, en la profundidad, palpó algo duro y frío: huesos, quizá de animal, quizá de hombre. El puñal, cada vez que lo acercaba, chisporroteaba como si los huesos fuesen metálicos.

Arriba, la bruja entonaba palabras en una lengua hecha más de viento que de sonidos. El relámpago retumbó de nuevo y, tras un silbido horroroso, un haz de luz se precipitó de la ventana al hoyo que Erik había hecho. Instintivamente, clavó el puñal en la costra de la tierra.

Sintió la descarga subirle por los brazos, cortando su carne, fusionando sus huesos con el metal infernal. Un grito salió de su garganta, un grito que era mitad dolor, mitad extravío, y la luz del relámpago pareció quedar atrapada en el acero.

El sótano tembló; más arriba, el crujir de puertas y mampostería indicaba la llegada de la bruja, la de la tormenta. Se deslizó por la casa, olisqueando el miedo de Erik, que giró el puñal y miró a la señora Trevoux buscando una orientación.

Ésta, sin caridad, le dijo:

—Tu alma está presa ahora entre filo y relámpago. Ellos ya no te perseguirán, pero tampoco te dejarán huir.

La otra bruja entró en el sótano, sus pies no tocaban el suelo pero el aire se ahogaba en su sola presencia. El rostro era un pozo de tinieblas, y de sus túnicas caían gotas de tormenta, que chisporroteaban al caer sobre la tierra.

Erik, enloquecido, blandió el puñal contra ella, pero la hoja resplandeció con un relámpago y una sombra de la tormenta se escapó del puñal para fusionarse con la hechicera. Un impacto sordo, olor a carne quemada, y después la nada.

Cuando Erik volvió en sí, estaba de pie en el bosque, bajo la lluvia, a cientos de pasos de la casa. El puñal seguía clavado en su mano, la sangre ya coagulada, y un polvillo azul cubría la herida. Frente a él, tendida de forma antinatural, yacía el cuerpo de la bruja tormentosa, ahora sin rostro, con costras relucientes de rayos.

Un sonido a su espalda: la señora Trevoux.

—Los pactos son círculos. Hiciste lo que debías— le dijo.

Él quería dejar el puñal en el suelo, pero no podía. La mano no le obedecía. Gritó, rascó el filo contra la piedra; el acero no se melló.

—¿Qué has hecho?— sollozó.

—Has sellado el círculo de caza— explicó—. Cada vez que el relámpago rasgue la noche, saldrás a cortar la caza, a recolectar los fragmentos de tormenta y libertad. Así sobrevivimos las que traficamos con los rayos. Ahora eres uno de los nuestros.

El terror de Erik cambió de forma: de presa a cazador, de hombre a espectro. Entendió que no habría descanso, alma ni tumba. Vagó por el bosque, ignorante del tiempo; a cada estallido eléctrico, sentía el tirón del puñal, la maldición de tener que buscar, cortar, y alimentar la tierra con la furia de la tormenta.

El último destello de humanidad que recordaba estaba envuelto en relámpagos, y su reflejo en el acero negro era ya el de otro monstro, una creación de la brujería y el odio antiguo.

En lo alto de la colina, la casa llameaba con el reflejo de otro relámpago, y la señora Trevoux guardaba sus cuchillos, preparando el círculo para el próximo incauto.

Con cada tormenta, las sombras se multiplican y un hombre arrastra su filo por el mundo, sin salvación, sólo obediencia a los dioses del puñal y el trueno.

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