Portada del relato El Grimorio de Fearnley Hall
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Fragmento:


Cuando el joven señor Vesper me preguntó si sería posible realizar una investigación en la capilla privada de Fearnley Hall, nunca imaginé que, en ese húmedo septiembre de 1912, la rutina de mi cargo como bibliotecario del Minster se vería tan desquiciadamente trastocada. La carta llegó durante mi desayuno –siempre arroz con leche y té Lapsang, si importa el detalle– y la nota, escrita con una caligrafía larguirucha, mencionaba “ciertos papeles” de “sospechosa procedencia” hallados en una pequeña gaveta junto al altar, y concluyó con una súplica nada disimulada: “Siento confusión en mi espíritu que solo la experiencia de usted, señor Hatch, puede aliviar”.

Duración: 10:01

El Grimorio de Fearnley Hall
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Texto de ajuste de pausa.

El Testimonio de Willoughby Hatch

Cuando el joven señor Vesper me preguntó si sería posible realizar una investigación en la capilla privada de Fearnley Hall, nunca imaginé que, en ese húmedo septiembre de 1912, la rutina de mi cargo como bibliotecario del Minster se vería tan desquiciadamente trastocada. La carta llegó durante mi desayuno –siempre arroz con leche y té Lapsang, si importa el detalle– y la nota, escrita con una caligrafía larguirucha, mencionaba “ciertos papeles” de “sospechosa procedencia” hallados en una pequeña gaveta junto al altar, y concluyó con una súplica nada disimulada: “Siento confusión en mi espíritu que solo la experiencia de usted, señor Hatch, puede aliviar”.

Debido a mi afición por lo antiguo y lo oscuro –los manuscritos latinos, la teología, incluso los tratados alquímicos que pululan por el archivo municipal de Brasenose–, supuse que sería cuestión de ventilar unos pergaminos y desmentir alguna superstición local. Nada más lejos de lo que, en breve, terminaría siendo mi mayor desgracia y mi mayor advertencia escrita.

La historia de Fearnley Hall ya era triste de por sí. Su linaje se extinguió tras la fiebra de 1830 y solo era habitada, de manera esporádica, por sucesivos herederos venidos de condados lejanos. Pero siempre hubo habladurías entre los campesinos de Dunswell: luces azules en los establos desiertos, voces que brotaban de la cripta durante las tormentas y, por encima de todo, el ultraje cometido por lady Margaret en la noche de la luna nueva, cuando el señor de la casa fue hallado muerto, ahogado en el bebedero de los caballos, la cara deformada por un gesto de terror.

Me dirigí hasta allí en una tarde opaca, con la bruma abrazando la ruta rural como un sudario. Vesper, un hombre nervioso, apenas en la veintena, me recibió con la cortesía autoimpuesta de quien no está acostumbrado a recibir visitas. Me condujo hasta la capilla: una sala pequeña, invadida por un olor peculiar de incienso rancio y humedad, con bancos de roble carcomido y la luz filtrándose por vitrales cubiertos de excremento de grajo. El altar estaba viento en popa a lo largo del muro occidental, justo donde las leyendas decían que se había construido sobre “tierra robada al cementerio”. Cuando pregunté qué clase de documentos había hallado, Vesper vaciló y, tras mirar varias veces sobre su hombro, extrajo una caja de hojalata cubierta con una tela negra.

La abrí con sumo cuidado. Dentro, hallé un pálido manojo de papeles; unos folios encuadernados con hilo y otros simplemente plegados. Lo más inquietante era una hoja triangular, de pergamino, en la que una mano temblorosa había trazado un círculo irregular, dentro del cual se leían fórmulas en una mezcla de latín, inglés arcaico y signos del alfabeto hebreo. “No quise leerlos”, me confesó, “pues tuve la impresión de que rezumaban algo… maligno. Noté frío en los dedos solo con sostenerlos.”

No quise asustar a mi anfitrión más de lo debido, así que tan solo hojeé, frente a él, el primer cuadernillo. Era una especie de diario cuyo autor se identificaba como “Reverendo Simon Groves, pastor anglicano, 1792”. Está demás decir que el reverendo simon Groves murió en circunstancias penosas; pero no sabía de boca de quién y en qué condiciones dejó este extraño testimonio. Aquí transcribo diversas entradas que anoté en mi libreta esa misma tarde:

17 de febrero, 1792: “Hoy, tras oficiar vísperas, percibí cantos que brotaban de la parte vieja del camposanto. Me hice con la estola y la cruz, mas al acercarme cesaron, y se oyó un ulular como de viento que huye.”

25 de febrero: “He hallado, junto a la capilla, frescos montículos de tierra removida. Ningún animal escarba así. Vi, sobre el tronco del fresno, extraños nudos trenzados con pelo y cintas de lana oscurecida.”

12 de marzo: “Lady Margaret vino a la sacristía suplicando, casi delirante. ‘No deje pasar mañana la noche, reverendo, sin sellar la puerta del altar con sal y agua bendita; se lo imploro’, gritó. Sólo conseguí calmarla con promesas.”

15 de marzo: “Mis sueños se pueblan de figuras con bocas cosidas y enormes ojos blancos, que danzan, girando en círculo sobre el altar. Mi alma tiembla. No hallo reposo ni en el salmo más piadoso.”

El resto del diario se tornaba crecientemente caótico, con líneas interrumpidas, frases en latín macarrónico y, finalmente, manchas de tinta que impedían la lectura apuntando, quizás, a algún accidente o desesperación final.

Junto al diario, hallé un pliego suelto: la descripción de un rito, si he de ser exacto, aunque no me inclino a transcribirla ni a estudiarla con detenimiento. Parecía aludir al “Despertar de la Hermana Oscura”, figura equívoca que se asociaba en la tradición local tanto con la bruja ejecutada en 1537 como con una aparición que, según ciertos relatos, se había hecho firme y visible en el ocaso de la Reforma, persiguiendo a los niños extraviados por los bosques de Fearnley.

A partir de aquel día comenzó la parte más perturbadora de mi experiencia. Me llevé los papeles a mi cuarto de huéspedes, con la intención de estudiarlos bajo la lámpara, ya que una tormenta repentina me impidió regresar aquella noche. Vesper se excusó tras la cena, diciéndome que “prefería dormir en cualquier parte menos en la casa principal”. Me dejó con la botella de brandy y el alma revuelta de preguntas sin respuesta.

Debo atreverme a relatar ciertos detalles, por muy poco convenientes que los considere. Pasada la medianoche, fui despertado por el inconfundible crujido de puertas pesadas y risas lejanas –risas agudas, como de mujeres ancianas. Y luego ese sonido incómodo de algo arrastrándose por los corredores, seguido por un súbito y absoluto silencio.

Al vestirme apresuradamente y salir a las escaleras, noté que el frío había invadido con fuerza la casa: exhalaba vaho. El reloj marcaba las dos y cuarto cuando, al llegar al pie de la escalera principal, percibí una sombra de contornos femeninos que se deslizaba junto a la puerta de la capilla. La sombra entró, por pedirlo así al lector, sin abrir la puerta; y la madera, misteriosamente, se curvó como cera bajo la presión de una mano invisible.

Mi racionalidad, soportada en años de estudios teológicos y tratados de lógica, vaciló. Seguí la sombra impulsado por una mezcla de deber profesional y una insensata fascinación. Dentro, la lámpara de aceite del altar ardía, aunque juro que la dejé apagada antes de acostarme. El círculo dibujado en el suelo, reconocible por la marca que el reverendo Groves había descrito, brillaba con blanquecina fosforescencia. Y en el centro, de rodillas, estaba ese espectro femenino. No era joven, ni vieja; ni hermosa, ni horrenda. Carecía de rasgos claros, si bien la boca cosida –como en los sueños de Groves– era, aun a la distancia, un detalle desgarrador.

La sombra me dirigió una mirada sin ojos; y con una lengua apenas perceptible, murmuró palabras que resonaron en mi cabeza en una lengua más antigua que el inglés o el latín. Todo mi cuerpo se estremeció y sentí cómo esa negrura invisible trataba, de alguna forma, de penetrar en mis pensamientos y voluntades. Sin saber cómo, pronuncié en voz alta el comienzo del Salmo 91: “El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente…” Apenas terminé la frase, la silueta se disipó como humo aplastado por el viento, y la lámpara se apagó con brusquedad.

Al revisar los papeles al amanecer, encontré el diario del reverendo Groves ligeramente cambiado: líneas que no recordaba aparecían escritas, con mi propia caligrafía, como si, durante la noche, hubiese tomado dictado de una fuerza ajena. Decían:

“Los que abren el círculo nunca verán el alba; y los que perturban el descanso de la Hermana Oscura cargarán hasta el más amargo duermevela con su retrato.”

Eso no lo había escrito yo conscientemente.

Me atreví, a pesar de mi creciente temor, a buscar en la biblioteca familiar referencias a Lady Margaret, y hallé pruebas de un escándalo en 1787, prohibiciones a “juntas de mujeres en las horas tardías” y relatos de ritos paganos celebrados en el mismo altar donde yo había visto esa sombra. Cartas de ancianos clérigos señalaban a Margaret como “portadora de una reliquia de la bruja Elinor Hawkes”, figura local que fue ejecutada, según las actas del consistorio, “por persuasión y práctica nefanda de los antiguos saberes”. Aquella reliquia era, según rumores improbables, un hueso de dedo envuelto en tela negra.

Vesper, tras mi relato, abandonó Fearnley Hall sin dar explicaciones, escribiendo una última nota al jardinero: “La capilla debe sellarse. Nadie ha de rezar, ni jurar, ni llorar dentro de ella jamás”. Yo, por mi parte, abandoné también el lugar unos días después, ya presa de fiebres nocturnas y sueños poblados de círculos con figuras sin boca, acechando las lindes de mi cama con una paciencia suplicante.

Los documentos de Groves, junto con el pergamino del círculo y los rituales, fueron encerrados en una caja sellada con lacre, confiándolos al obispo de la diócesis. Nadie de la casa osó volverlos a tocar, y el último testamento de Vesper, encontrado años después, contenía solo una frase en latín: “Taceat omnis lingua” (“Que toda lengua se calle”).

Hoy, al rememorar aquellos días, todavía siento, a veces, un frío violento en la nuca y me despierto, en la sombra, convencido de que algo suplica que repita el rito abandonado. A quienes lean estas líneas solo me cabe recomendar: si alguna vez encuentran un círculo marcado en polvo blanco, nunca pronuncien palabras en presencia de su centro, pues lo que acecha en el umbral es antiguo, hambriento y nada olvida.

Esta, pues, es la advertencia de Willoughby Hatch, y mi testimonio final de lo sucedido en la capilla de Fearnley Hall. Las tinieblas han cobrado su peaje, y algunos saberes no merecen la luz.

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