Fragmento:
Empujé la puerta. El chirrido no despertó a las ratas ni disipó el frío, que era ya interior, de los huesos. Un pasillo tan largo como estrecho, con papel pintado descolorido y manchas negras de humedad, conducía a la escalera. Sólo una lámpara de gas, decrépita, pendía de la pared como una amenaza.
Duración: 09:13
La noche en Colonia comienza temprano en noviembre, con una penumbra que no se disuelve ni siquiera con las farolas naranja encendidas a intervalos miedosos. Cuando llegué aquel anochecer a los límites de la Südstadt, me pareció que la ciudad entera respiraba más hondo, como si temiera algo y se dispusiera a silenciar su existencia. Había aceptado el encargo movido más por la promesa de dinero que por la curiosidad de conocer uno de esos lugares que los propios habitantes evitan nombrar: el número 7 de la calle Engel.
La fachada del edificio se mantenía en pie por pura obstinación, flanqueada por otros dos inmuebles tapiados. Los adoquines brillaban con un lodo repentino, y cada ventana ciega parecía observar a los viandantes con la misma ansiedad de las estatuas de la catedral. En un tiempo, aquel bloque fue propiedad de la familia Grunwald, prósperos comerciantes y devotos que, según los archivos, desaparecieron sin motivo aparente un año antes del final de la Gran Guerra.
Mis pasos resonaban al acercarme a la puerta, oxidada y combada por la humedad. Me detuve un segundo a contemplar las placas enmohecidas—el número, el nombre medio borrado de Grunwald, y una extraña signatura grabada en el marco: un círculo con una rama y una línea horizontal, como una runa nórdica reconocible solo para el ojo erudito. Sabía que este símbolo había sido empleado por sectas ocultistas durante siglos, algunos decían que para sellar lugares donde el aire mismo se había corrompido.
Fui contratado por una antigüedad que dormía en su salón principal, un espejo veneciano cuyo marco de madera tallada había sobrevivido al expolio. El cliente, un coleccionista de lo prohibido, me avisó de las leyendas, de la maldición y del precio, pero como todos los descreídos, no creí más allá del valor sentimental y artístico.
Empujé la puerta. El chirrido no despertó a las ratas ni disipó el frío, que era ya interior, de los huesos. Un pasillo tan largo como estrecho, con papel pintado descolorido y manchas negras de humedad, conducía a la escalera. Sólo una lámpara de gas, decrépita, pendía de la pared como una amenaza.
Entré despacio. La cola de mi gabardina rozó algo pegajoso en el suelo. Pensé en la vida pasada de aquel lugar: banquetes bajo candelabros, risas en alemán antiguo, el tintinear de copas. Pero ahora la casa era muda; hasta los ecos huyeron de allí. La brisa cerró la puerta a mi espalda y la cerradura giró sola, asustada.
Subí al primer piso, notando cornamentas de polvo en los escalones, restos de cartas de amor pisoteadas hace décadas. Me detuve frente a la antesala, donde una columna rota custodiaba dos retratos ahumados, ambos con los ojos arañados. Sabía lo que buscaba: el espejo estaba en el salón, tras una cortina de terciopelo negro que alguien había dejado corrida. Sentí que al otro lado aguardaba algo, observándome desde el tiempo y el cristal.
Atravesé la cortina sin respirar. El salón olía a madera mojada y orina de animal viejo. Allí estaba: el espejo, tan hermoso como frío, cubierto de ceniza y telarañas que parecían pulsar levemente bajo la luz – como si aun respiraran. Me acerqué y descubrí algo tallado en el borde: fragmentos de nombres y fechas, y sobre todo, palabras en latín y en un dialecto del Bajo Rin imposible de identificar. Inscripciones que hablaban de puertas y custodios, de pactos antiguos entre “la señora de las hiedras” y los Grunwald.
Miré mi reflejo. Parecía normal; noté los ojos cansados, la barba de dos días, el maletín pegado a mi costado. Pero en el fondo del espejo, como un eco de otro tiempo, vislumbré a una mujer vestida de oscuro, con los cabellos recogidos y las manos retorcidas en gesto de súplica. Su rostro estaba borroso, pero su dolor, palpable. Toqué el cristal y sentí una vibración incomprensible, un zumbido que palpitaba con cada latido de mi propio corazón. La visión desapareció.
Me aparté súbitamente. Sentí que la sala se contraía alrededor, como si la casa aspirara mi propio aliento. Oí pasos arriba, muy leves, y murmullos en una lengua que el viento traía desde el patio interno cubierto de hiedra. Recordé un extracto de la crónica local: “La maldición de los Grunwald no termina en la tumba. Una promesa fue hecha y la casa guarda la deuda.”
Tragué saliva. Sabía que debía marcharme, pero mi encargo era sacar el espejo, y el cliente era de esos que no aceptan excusas. Me obligué a sacar las herramientas y, mientras quitaba el polvo del marco, una ráfaga apagó la lámpara de gas. Me vi forzado a encender mi linterna, pero la luz rebotaba raramente en la estancia, creando ángulos imposibles y figuras en los ángulos de la habitación. Por un instante, juraría que vi las sombras agitarse con voluntad propia.
Fue entonces cuando sentí la presencia, compacta y densa, como un aire que exuda resentimiento. Los espejos, dicen, capturan lo que el tiempo olvida y lo que los vivos rehúyen. Y allí, en aquel reflejo, sentí los ojos de todos los Grunwald muertos, de su servicio, de sus criados—y de alguien más, alguien que nunca fue de este mundo.
Giré el espejo y noté marcas extrañas, recortes de uña, pequeños mechones de pelo cuidadosamente enredados y atados con hilo rojo. Debajo, un papel doblado tantas veces que parecía un cuadrado de piel humana. Con manos trémulas, lo abrí: su interior mostraba símbolos que reconocí de los grimorios medievales, y el nombre de la señora de la hiedra: Helia Ervidal, conocida como “La Niebla” entre los hermetistas y cazadores de brujas.
Las historias de Helia eran leyendas susurradas en conventillos y callejones desde hacía siglos. Se decía que quienes frecuentaban su círculo nunca morían realmente, y sus pactos persistían, como la humedad en el papel y las raíces bajo las piedras. Un escalofrío me recorrió mientras veía que junto al papel yacía un anillo de cobre, grabado con el mismo signo de la puerta.
No fue necesario mirar atrás para notar cómo la hiedra del patio se adentraba poco a poco bajo la puerta cerrada. Se agitaba, reptaba con lentitud indecente, buscando grietas y hendijas. De repente, el banquillo junto al espejo se volcó solo, golpeando mi pierna. El aire se volvió ácido, como a vinagre y algo más rancio—trigo podrido.
Presa del pánico, estuve a punto de huir, pero entonces escuché un lamento muy sutil, el eco de una plegaria arrancada por la fuerza: “Wir bleiben, wir kehren nicht zurück…” Permanecemos, no regresamos. La voz se extinguió en un sollozo. Comprendí que nadie había salido voluntario de aquella casa maldita. Que los Grunwald, y tantos otros, habían quedado atrapados en un bucle de favores no saldados y ceremonias antiguas.
Rápidamente, intenté levantar el espejo; pesaba más de lo lógico, como si resistiera marcharse. Quizá la casa misma no permitía que nada saliera sin pagar su precio. Tiré con toda mi fuerza, sentí la resistencia de mil dedos invisibles, la humedad palpitando en la madera. Entonces la linterna comenzó a parpadear, y distingui un reflejo que no era el mío: una sombra alta, con el rostro tapado por un velo de hiedra. Comprendí, al instante, que era Helia. Debía cerrar el círculo, entregar el anillo. Con manos temblorosas, tomé la sortija y la coloqué en el suelo, sobre el símbolo grabado bajo el espejo.
Un aire fétido barrió el salón, agitando los tapices y arrancando polvo de siglos. Oí risas de niños, llantos, himnos religiosos deformados por la fiebre del miedo. Los retratos en la pared lloraban hilos de humedad negra. El espejo emitió un chillido imposible; la sombra se deslizó hacia la puerta, y la hiedra se detuvo.
Todo paró con un crujido. Respiré, de pronto consciente de mi propia existencia. El espejo, aún más oscuro, tembló. Marcas nuevas habían aparecido en la base, y mi rostro, grabado en miniatura y damnación. Tomé el maletín, dispuesto a cumplir el encargo y marcharme de ese lugar maldito.
Pero al cruzar el umbral, la puerta se negó a abrirse. Golpeé, grité. La casa entera parecía reírse de mí. Entonces entendí la última parte de la maldición: “Nadie que mire la noche en el ojo de Helia camina libre bajo la luz.” El eco de esa frase retumbó, y la estancia entera se oscureció mientras el espejo, muy despacio, reflejaba un salón vacío. Yo ya no estaba en él.
Hoy, si uno camina cerca del 7 de la calle Engel, en la frontera de la ciudad vieja y el olvido, puede verse, en noches claras, un leve resplandor en el interior. Un reflejo. Y dicen que, a veces, un extraño de barba cansada y gabardina oscura llama, incansable, con los nudillos contra la puerta. Pero nadie responde, ni siquiera los ecos. Y la hiedra, satisfecha, crece con cada año, apretando con ternura mortal las paredes de la casa y los corazones de quienes alguna vez osaron desatar la mirada de Helia, la señora de la hiedra.
Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.