Portada del relato La música en la maleza
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Fragmento:


Pero es que Patricia sabía cosas, y había hecho promesas. Así la enseñó su tía-abuela, echando raíces en la orilla de la bruma, rezando a dioses que nunca tuvieron iglesia.

Duración: 09:23

La música en la maleza
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Texto de ajuste de pausa.

Las iglesias no dormían en Murter, el pueblo encajado entre colinas y robles centenarios en algún lugar perdido del noroeste. Cada noche, los campanarios erguían el cuello de piedra mucho después de que la última vela se apagara en las ventanas y resonaban, profundos, vacíos, como recordando a los vivos que ni siquiera la fe era refugio seguro. El cementerio comunitario extendía su tapiz de tumba sobre la colina más baja, de donde nacía la niebla como un animal sin huesos, persiguiendo el filo del río hasta que la luz trituraba su carne sutil.

En Murter, los relojes seguían la marcha de las estaciones, no del tiempo. Los granjeros lo sabían muy bien. Patricia Hernán también. Patricia, la panadera, recordaba los nombres antiguos de las plantas y arrastraba consigo una reputación incómoda. Sobre todo desde que las malas cosechas y las muertes hospitalarias comenzaron a sincronizarse, una cada seis semanas, siempre el séptimo jueves nuevo. Vivir sola y cruzar el bosque después del anochecer tampoco ayudaba a su imagen. Ni el hecho de que el pan de Patricia siempre subiera, indómito, blanco, aun cuando la levadura de otros muriera en los barriles.

Pero es que Patricia sabía cosas, y había hecho promesas. Así la enseñó su tía-abuela, echando raíces en la orilla de la bruma, rezando a dioses que nunca tuvieron iglesia.

La noche que todo se quebró no trajo luna. Cuando la quietud de Murter se estrelló contra un alarido vertical, fue como si el sonido hubiera estado expectante durante generaciones. Era crudo, humano al principio, y después descarriado en algo que horadaba el pecho sin palabra. Una mujer, gritó alguien, era la niña de los Ramírez. Varios salieron con linternas, otros con sólo la voluntad y un miedo tan frío que resbalaba por la garganta. Patricia no tardó; siempre estaba la primera, siempre cruzaba antes que los demás.

La encontraron al borde del bosque, boca arriba, los ojos como cáscaras vacías hinchadas de agua. La niña no sangraba, pero su boca y su vientre susurraban deformidades. Nadie tocó el cuerpo excepto Víctor, el cura, que masculló oraciones más por sí mismo que por la difunta.

El horror se soldó al pueblo. Las siguientes tres semanas murieron otro niño, una anciana y un aprendiz de herrero, cada uno hallado en una pose de parálisis brutal, como si la muerte los hubiera arrastrado por la sombra con la promesa de un regreso y los hubiera soltado, decepcionada, justo donde menos debían estar. El cementerio empezó a inflarse como una ampolla.

Patricia no dormía desde la primera muerte. Apoyaba el oído por las noches en el frío de las baldosas, como si la tierra balbuceara tormentas que nadie oía. La gente empezó a venir a su panadería con menos frecuencia, y cuando lo hacían, recogían la hogaza y apartaban la mirada. Los niños ante ella, ahora, giraban el pulgar en la palma: antiguo signo para alejar las malas influencias.

La tarde del cuarto entierro, entre el secado de bandejas, Patricia decidió cruzar el bosque. Nadie en Murter ignoraba ya lo que susurraban los árboles: historias de círculos de piedra, de pozas que devuelven reflejos distintos a cada quien, de raíces que menean no para crecer sino para acariciar. Pero Patricia tenía un deber, una deuda invocada muchos años atrás, en una tarde de gritos y sangre cuando un ciervo le susurró su nombre. Sabía lo que costaba ignorar la llamada.

El crepúsculo se plegaba sobre el tronco de los viejos robles como un animal cansado. Patricia atravesó el musgo y el barro, escuchando cosas que sólo los que conocen los nombres antiguos pueden escuchar: el rumor acelerado de los grillos, la respiración sorda de lo invisible, el suspiro de la tierra herida. Llevaba un farol y una cesta de mimbre que pesaba lo justo; conteniendo dentro pan sin sal, un puñado de monedas y una navaja oxidada.

A medio kilómetro, encontró el claro. En el centro, las piedras negras respiraban el olor de los siglos. Algo en ellas emitía calor, un rumor de vapor bajo la corteza; nadie lo hubiera notado salvo los de sangre antigua, los dedicados. Patricia dejó la cesta y se arrodilló como la enseñaron.

- Han venido. Han vuelto.

No era pregunta, sino constatación. La bruma se arremolinó a sus pies; las luciérnagas temblaban, dibujando arcos entre los líquenes. Patricia desenvainó la navaja y con el filo se abrió la palma, dejando caer sangre fresca entre los musgos.

- Os honro, pero os suplico: partidos.

La respuesta llegó en ráfagas de viento invernal. El claro se comprime, los árboles se acercan, las piedras temblando. Aparecen sombras que no son de ramas ni de mujeres, sino de cosas antiguas y hambrientas. Escuchó sus nombres: uno era Dolor y otro era Hambre. Otro más era un balido sin lengua. Patricia tragó saliva.

- No os deseo – dijo, porque en la brujería verdadera no caben ni disculpas ni engaños – pero no puedo más que pediros. No toméis los míos.

Las sombras ulularon, y algo se desplazó, humeando entre los robles, acercándose a la garganta de la noche. Patricia ofreció el pan, arrojando la hogaza a la boca de la niebla, luego las monedas, luego su propia sangre.

- Cede el ciclo – pronunció, la voz filosa – Otra vez, otra seis semanas. Pero debe haber trato.

Las sombras fluctuaron, y la noche siseó en lenguajes sin fonema. Patricia supo lo que pedían: ya no bastaba dar parte de sí, ni alimento, ni nombre. Querían raíces y corazón. Querían cuerpo, no símbolo. Y en ella, se estremeció algo de niña, ese miedo siempre dispuesto a brotar de labios secos.

- No – murmuró, pero la palabra fue ahogada.

El farol parpadeó, la bruma encapuchó el claro de un frío lacerante. Entonces Patricia notó la presencia de un rostro junto al suyo: ni joven ni viejo, ni hombre ni bestia, sino toda posibilidad machacada en el crisol de la noche. Le susurró algo en el oído, algo que dolía por ser verdad.

Patricia vio, entonces, lo que debía. La elección era tan vieja como el vaho del pantano. Alguien debía irse. La sangre debía cerrar la grieta; el ciclo debía completarse o Murter seguiría siendo cuenco para las cosas que ululan por debajo.

-Alguien de tu casta, de tu barro – dijo la noche.

Se levantó temblando, sintiendo la sangre gotear por el pulso de la mano mutilada. Regresó al pueblo bajo un cielo que apretaba promesas de lluvia. Caminó entre las casas recostadas y observó, desde la distancia, a cada habitante: la viuda que tejía al abrigo del horno, los niños desgreñados jugando entre charcos, el herrero con las manos inflamadas en el candil. Todos la miraban pasar como si portara un abrigo de espinas.

La segunda noche después del trato, la niebla dejó de nacer del cementerio. Los pájaros volvieron a la copa de los álamos. El pan, en la panadería, subió todavía más ligero, más blanco. Pero Patricia no dormía. En sueños, veía la raíz extendiéndose, envolviendo cada uno de sus dedos.

En las siguientes semanas, Murter pareció curar. No hubo más muertes inesperadas, no hubo alaridos en la oscuridad. La gente volvió a cruzar miradas con Patricia. Los niños recogieron migajas del mostrador y las madres la saludaban en la plaza, aunque ninguno se atrevió a pedir la receta de aquellos panes redondos.

Tres meses después, la hermana pequeña de los Ramírez cayó enferma. El médico del pueblo, hombre práctico y ajeno a los miedos antiguos, dictaminó pulmonía. Pero Patricia vio la mancha azulada alrededor de su garganta, la forma en que la niebla se detenía antes de la ventana de la enferma. Por la noche, oyó chirriar un nombre en su ventana, arrastrado en la voz del viento.

Esa noche, y tal vez porque el invierno acechaba demasiado pronto, Patricia volvió al claro. Llevaba la misma cesta, la misma cicatriz en la mano, pero ya no llevaba miedo.

- Basta – anunció a la tierra –. Os dí lo que quisisteis. Ahora tomadme.

El claro tembló de deseo. La niebla se presionó contra sus muslos. Pero en el último instante, justo cuando sintió las raíces solaparse con sus tobillos, Patricia gritó el nombre de su tía-abuela, el que había guardado celosamente durante años. La bruma tembló de alegría salvaje.

A la mañana siguiente, hallaron a Patricia desvanecida junto a la puerta de la panadería. Sin pulso, sin herida, sólo aquel rostro de paz helada como la primera nieve. Pero la hermana de los Ramírez sanó de golpe y la muerte no volvió a Murter en muchos años.

Los viejos aún recuerdan la última hogaza de Patricia, amasada la noche antes de su muerte. Nadie se atrevió a probarla. La dejaron en la repisa hasta hacerse piedra. Cuando el pan se agrietó lo suficiente, una parra creció dentro: de hojas negras, retorcida, y cada racimo rezumando el perfume dulce y maligno de la noche.

Ahora, muchos al pasar junto a la vieja panadería, oyen el leve crujido de raíces bajo las baldosas, el roce de la harina en el aire y el llanto lejano de una niña que aprendió que en Murter, los pactos nunca mueren. Y entre los robles, los campanarios siguen velando, congelados en la vigilia de un miedo que nunca aprendió el lenguaje de los relojes.

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