Portada del relato Canto de la Niebla Negra
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Fragmento:


Los hombres gritaron. Pero Gardelia les mostró la palma de la mano y el aire se espesó. De los rincones surgían sombras de rata y corneja, y los cirios se apagaron en los bolsillos y las mantas. Empezaron a verla desde entonces vestida de túnicas radiales y collares de bayas que goteaban savia negra. Tosía un cántico breve cada vez que alguien de la villa perdía un hijo al nacer, y los perros aullaban bajo su ventana.

Duración: 08:53

Canto de la Niebla Negra
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Texto de ajuste de pausa.

Eran los días oscuros del equinoccio cuando la niebla se arraigó en las tierras de Sarralonga, un pueblo hundido en la humedad de la montaña y el olvido. Los granjeros tapaban el pozo con maderos podridos y los niños se encerraban al caer la tarde, espantados por historias de aquelarres y seres tras la bruma, contados en susurros por las ancianas. En las capillas destartaladas, vela tras vela se consumía como migas dejadas para una criatura ciega y hambrienta. Nadie osaba mencionar a la vieja Gardelia, sino como un espectro en la punta de la lengua: la bruja de la Niebla Negra, la que ladeaba el umbral del mundo y el otro.

La casa de Gardelia, una acumulación de piedras musgosas enterrada entre sabinas y jaras, parecía crecer cada otoño con la niebla. Por las noches, luces desvaídas se deslizaban tras los cristales, figuras encorvadas pasaban rozando las cortinas, y un aroma a cardo y sangre quemada dormía sobre el aire. Decían que quien miraba demasiado tiempo los parches de musgo en su cancela maldita, enfermaba de insomnio, o se le llenaban los ojos de manchas negras, que ni el médico, ni las rezadoras, podían limpiar.

Durante años, la villa murmuró, y evitó aquel recodo donde los sapos crecían y las zarzas nunca morían. Pero llegó un verano en que la cosecha se pudrió sobre el tallo, y el agua del arroyo supo amarga, cubriéndose de burbujas. Los niños enfermaban. Las vacas abortaban lechones monstruosos. María Lloveras, mujer de temple, madre de tres, se presentó en casa de Gardelia portando una botija de aguardiente como tributo y un ramillete de dientes de león. Dicen que la vieja la recibió con una sonrisa sin dientes, zapatos grises como huesos y una lengua tan seca como un trozo de corteza. Nadie supo nunca lo que se dijeron, pero al salir, María era otra: andaba a saltos, reía por lo bajo, y no la molestaron ni las pulgas ni el frío durante el invierno.

Fue en la siguiente luna nueva que la tragedia se instaló de verdad. La niña del carnicero, Rita, escapó por la ventana la madrugada de la quinta noche. La hallaron a dos leguas, inmóvil y temblorosa, el cabello cubierto de escarcha pese al calor, la boca tan reseca que se agrietó la piel. Habló en sueños durante días, palabras que los hombres de iglesia llamaron blasfemias, aunque ninguno se atrevió a repetirlas.

La culpa reptó por las sombras polvorientas, y los hombres, tímidos primero, luego encendidos, pensaron en la hoguera. Veintidós hombres con antorchas, cruz, y algún que otro garrote bajaron en busca de Gardelia. La hallaron sentada, tejiendo con hilos de ortiga y luz marchita. Solo al concejal y a dos mujeres permitió sentarse, mientras el resto rodeaba la casa, repitiendo salmos a la Virgen y entrechocando los dientes.

—No hay mal —susurró Gardelia—. No hay bien. Solo un flujo, como agua que engorda las raíces escondidas. Vosotros no veis, os creéis dueños de las estaciones y los nacimientos. Sembráis y cosecháis y aún así os extraña la podredumbre.

Los hombres gritaron. Pero Gardelia les mostró la palma de la mano y el aire se espesó. De los rincones surgían sombras de rata y corneja, y los cirios se apagaron en los bolsillos y las mantas. Empezaron a verla desde entonces vestida de túnicas radiales y collares de bayas que goteaban savia negra. Tosía un cántico breve cada vez que alguien de la villa perdía un hijo al nacer, y los perros aullaban bajo su ventana.

Y así llegó el otoño siguiente. Claudia, la joven maestra recién llegada de la ciudad, no entendía el miedo ni la estrategia de dejar podrir la costra sin hurgar en la herida. Su madre había caído presa de una fiebre extraña. Su hermano se había colgado, la lengua morada por la picadura de un insecto que nadie supo nombrar. Decidió entonces que no era suficiente rezar ni esconderse.

Durante una tarde plateada, cruzó el sendero desplazando a los gorriones con pisadas seguras, y golpeó la puerta de Gardelia con la vara de maestra que tanto había blandido en la escuela. La vieja, al verla, sonrió. Una sonrisa de boca seca, ojos lodosos.

—¿Vienes a implorar, o a interrogar? —musitó la anciana.

—Vengo a aprender —respondió la joven, tragando su orgullo—. Dicen que custodia secretos antiguos, que puede sanar… o destruir.

Gardelia asintió, y la invitó a pasar. Desde el umbral, Claudia vio estantes repletos de frascos enturbiados, una mesa poblada de puñados de ramas retorcidas, morteros, plumas, y una cámara de humo que se alzaba hasta un tragaluz que nunca había visto el sol. Gardelia caminó hasta el fondo, cojeando, y retiró una losa suelta:

—Quien no ve el moho, alimenta Sarralonga. Quien conoce el moho, lo corta antes de la lluvia. Cada bruja es solo un pedazo de sombra tenaz.

Aquella noche, Claudia regresó con una bolsa de cebada y un corazón de ave muerta. La luna era un trazo fino. Gardelia la esperó en la entrada y le pintó en la frente tres círculos de barro y sal. Juntas, descendieron al sótano húmedo donde el olor era mezcla de almizcle y selva sumergida. Allí había una raíz antigua, entrelazada con fragmentos de cráneo y diminutas muñecas de trapo atadas con pelo humano.

Gardelia entonó un himno de otra lengua, las palabras ardían en la lengua de Claudia como cardos. Mezclaron la cebada, el corazón y tres gotas de sangre en un cuenco, y lo depositaron entre las raíces. Gardelia tarareó:

—Debes darle de comer al germen. Si alimentas lo que duerme, te dará fuerza para retorcer el mal, o te tratará como raíz muerta.

Esa noche, el sueño de Claudia fue un túnel profundo, húmedo, resbaladizo. Flores blancas de seis pétalos le crecían en la boca. Manos morenas la envolvían, sin tacto pero llenas de propósito. Una voz grave murmuró en su oído: “La tierra olvida menos que el agua. Dile a tu pueblo que recuerde.”

Con la niebla cubriéndolo todo, Claudia despertó curada, aunque con una nueva sequedad en los labios y la urgencia de escupir gusanos. El sudor olía salado, a raíces recién rotas.

Se extendió el rumor, y la gente acudió al borde del bosque, buscando la intervención de Claudia, la nueva bruja. Mariana, a la que el marido daba palizas, huyó allí. Pau, el molinero, pidió ayuda para dejar de beber. Los niños enfermos eran arrastrados por madres exhaustas con la esperanza de una cura. Cada petición exigía un pago: uñas, leche, el último pez de un estanque.

Pero todo poder devora. Pronto, Claudia empezó a notar su carne tensa, endurecida, los dedos crispados al romper la cáscara de un huevo, y una sed que no se saciaba ni con el agua más vieja, ni el vino más dulce. Sueños difusos la acosaban: serpientes despellejadas, árboles que se reían con bocas llenas de cáscaras.

Una tarde ventosa, la niebla tiró fuerte sobre la falda del pueblo. Los campos se ennegrecieron. Se escucharon gritos lejanos, aullidos que hacían vibrar la piedra más vieja. Claudia supo que algo se deslizaba entre las raíces. Corrió al sótano, donde la raíz palpitaba y de la corteza rezumaba un líquido negro espeso.

—¡Me mostraste la grieta, pero no el pozo! —le reprochó a Gardelia, que apareció al pie de la escalera, envuelta en un chal de ortiga, la boca un agujero de sombra.

—Las brujas no enseñan a cerrar puertas, niña. Solo te damos la llave. Lo demás es hambre y tiempo.

Los habitantes de Sarralonga, hartos del miedo y la podredumbre, afilaron cuchillos y antorchas. Bajaron por la ladera y acorralaron la choza. Claudia los vio llegar, los ojos fijos, las bocas abiertas de sed y rabia. Su carne vibraba con la savia negra. Se la llevaron sobre una camilla, mientras la raíz, desgajada, se doblaba fuera de la tierra, desovando miles de pequeñas lenguas verdes que arrastraron la sangre allí vertida.

Gardelia desapareció esa misma noche. Algunos dicen que se transformó en sombra y se disolvió en la niebla. Otros juraron haberla visto entre los sauces del cementerio, arrancando dientes frescos de las tumbas de niños.

Claudia se marchitó en prisión, la voz hecha polvo y la piel agrietada, aunque nunca perdió la mirada de quien ve más raíces que nubes en el mundo. Nadie volvió a plantar cebada en Sarralonga. La niebla, sin embargo, permanece, como un paño aceitoso tendido sobre la memoria. De noche, aún huele a cardo quemado y sangre húmeda.

Y quienes caminan cerca de la vieja tapia, juran escuchar un cántico seco y monótono, un eco de voces sin lengua. Las raíces, apenas visibles, siempre buscan grietas nuevas donde colar susurros antiguos; y el pueblo, al recordar, se apaga —un poco más— cada vez.

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