Portada del relato La Novia en las Ondas
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Fragmento:


El incidente se convirtió en anécdota. Durante el corte, Paula entró al estudio, ojerosa y riendo de puro cansancio.

Duración: 12:17

La Novia en las Ondas
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Texto de ajuste de pausa.

—¿Queridos radioescuchas, están listos para la noche más especial de sus vidas?—

La voz de Ayelén retumbó en el estudio con un tono festivo pero innecesariamente bajo, como si compartiera un secreto indecoroso a cada oyente, desde sus habitaciones con las luces apagadas hasta los conductores solitarios en las rutas del sur, cruzando la pampa silenciosa bajo el peso de la madrugada.

Era medianoche exacta, y la luna, firme por detrás del ventanal, teñía de ópalo la mesa de mezclas y el ralo cabello del técnico. Ayelén llevaba semanas anunciando la emisión especial: “Historias de bodas, pero no las que esperan escuchar. Sí, se casan los vivos, pero también los muertos y los condenados.” La audiencia había crecido día tras día. Era un culto informal, improvisado cada medianoche en el pulso de las ondas AM.

Fuera, en la ciudad, la humedad se enroscaba en las farolas y latía con el rocío. Nadie, salvo los borrachos y las brujas, andaba por las calles en esa hora de los gatos. El programa era el último refugio contra el insomnio, o el hechizo perfecto para invocarlo.

La productora, Paula, le hizo un gesto desde el vidrio. En la línea telefónica había alguien para contar su anécdota. Ayelén sintió algo morderle el estómago; era una inquietud que había crecido desde la última transmisión, donde una voz distorsionada leyó nombres que, estaba segura, no figuraban en la lista de llamadas. Pero después de tantos años en la radio, había aprendido a coquetear con los límites del miedo.

—En la línea, tenemos a Lucía, de Trenque Lauquen—dijo Paula al aire.

Ayelén apretó el botón y saludó. La voz al otro lado llegó afilada, bellamente desafinada.

—Hola… ay, perdón… ¿Ahí me escuchan?

—Perfecto, Lucía. ¿Querías contar una historia de bodas?

—Sí, pero no una mía. De mi abuela, pero...—

—Adelante, este es tu espacio—Ayelén fingió seguridad.

Lucía comenzó su relato; habló de un casamiento rural en los años cuarenta. Una novia vestida de negro, por luto, y el padrino, que era brujo. Cuadros cayéndose de las paredes, gallinas muertas junto a las mesas, y el sacerdote perdiendo la voz justo al pronunciar los votos. Hablaba y hablaba, la voz elevándose y rodando como un viento de tormenta, y Ayelén, profesional del vértigo, se permitió temblar. Pensaba en su propia boda fallida, en el vestido aún colgado como un exvoto en el armario, con manchas oscuras que nunca había logrado remover.

La llamada se cortó abruptamente. Ruido blanco, un chirrido subyacente y, por un momento, Ayelén creyó escuchar una respiración ahogada. Miró al técnico, que negaba con la cabeza:

—Eso no vino de la consola.

El incidente se convirtió en anécdota. Durante el corte, Paula entró al estudio, ojerosa y riendo de puro cansancio.

—¿Vos también lo escuchaste? Todavía no entiendo cómo las viejas del interior pueden inventar historias así de turbias—murmuró, frotándose las muñecas, pero Ayelén notó que evitaba el reflejo en el cristal.

—¿Creés en eso?—la desafió Ayelén.

—En la radio sí. Afuera, nunca me pasa nada—

—Quedate. Hay una última llamada, es de esos números viejos, con identificador privado. Cortita, lo prometo.

La línea parpadeó de nuevo. Ayelén parpadeó, y puso el micro más cerca de la boca.

—Buenas noches, ¿con quién hablamos?

Silencio. Luego algo. No una voz, sino un jadeo eléctrico, casi un canto. Ayelén sintió una presión en las sienes, una presencia que extraviaba sus palabras en la boca. Finalmente, la voz brotó, como un reguero de tierra mojada:

—Me llamo Sofía. No soy invitada… soy la novia.

Paula giró la cabeza con una mueca. Todo el aire se volvió más denso.

—¿Querés contar tu historia, Sofía?—Ayelén insistió, sin poder parar.

—Sí. Todo es por la radio. Por una voz que la radio sustrajo.

La transmisión zumbó, y la historia se abrió ante ellas como un espectro que baja escaleras de mármol en una iglesia abandonada. Sofía narraba su propia boda, acontecida años atrás en un pueblo aislado entre dos sierras, donde el viento era tan fuerte que arrancaba los carteles y llenaba de polvo los altares.

—Era un novio fogoso pero indeciso. Fiestas de pueblo, promesas de sangre, pero… siempre había alguien que interrumpía. “Una tercera voz en misa”—dijo la abuela.

En esa boda, todo transcurría con extraña solemnidad. La música del órgano sonaba desafinada, y los velos de las mujeres se movían como plumas arrastradas por una brisa invisible. Cuando llegó el “sí, quiero”, una electricidad recorrió la nave, y la radio del salón —que estaba apagada— encendió sola un murmullo. No música, no palabras comprensibles, sino murmullos de muchas voces sin acoplar. El cura palideció, y uno de los padrinos, brujo de vieja escuela, tomó la copa nupcial y la volcó en el suelo, invocando en voz baja al Ángel Caído.

—Ese fue el inicio, dijo Sofía. A partir de esa boda, todo el pueblo cambió. Nadie volvió a casarse. Las parejas envejecieron sin sacramento, esperando no sé qué. Yo me quedé allí; otros, huyeron. Y cada vez que alguien intentaba jurar amor, una interferencia irrumpía en la radio local. Lo de las bodas fue prohibido. Mucho llanto, mucha tierra removida...—la voz sonaba a cuchillada, sabiendo demasiado. Y siguió:

—Hasta que alguien volvió a invocar las ondas. Hasta que una presentadora ofreció su voz y quiso hacer un ritual al aire. Hasta vos, Ayelén.

Ayelén sintió las mejillas arder. Paula había palidecido, y el técnico, en la sombra, temblaba de pie. Había preguntas escritas que Ayelén jamás había mostrado, y sin embargo, esa presencia las conocía todas. Buscando una salida, preguntó:

—¿Querés que acabemos tu historia, Sofía? ¿Qué es lo que falta?

Unos segundos de silencio, y una respuesta:

—Falta el voto. Falta la unión. Falta tu sí del otro lado.

La línea cayó. El estudio apestó, súbito, a cera y violetas marchitas.

**

No sirvieron los comerciales ni la música. El aire nunca volvió a aclararse. Entre los descansos, Ayelén susurraba a Paula que todo era parte del show, una ficción bien lograda, pero algo vibraba bajo sus palabras: una vibración que recordaba a la modulación vieja de la FM, como una deformidad en la señal. Cuando las luces del estudio titilaron por primera vez, Paula rogó por irse a casa, alegando fiebre. El técnico le siguió poco después. Ayelén quedó sola, rodeada de ecos y de estática.

Revisó los teléfonos; el de Sofía era privado, sin origen. La grabación no se encontraba; solo un canal mudo, ausente de los archivos. La frecuencia, sin embargo, persistía: un rumor grave, delgado, que llenaba el auricular incluso cuando el equipo estaba desenchufado.

Durmió mal. Al volver la noche siguiente, encontró flores negras, húmedas, en la entrada del estudio. Nadie las había visto llegar. La luna era una mueca rota. Todo olía a primeras lluvias y velatorios. Apenas saludó con un gesto a Paula, mascullando sobre “gente de mal gusto”. En el estudio, los equipos titilaban por sí mismos.

**

Las siguientes noches, la voz de Sofía volvía, siempre escondida tras interferencias, siempre reclamando algo inconcreto. La audiencia era ya un delirio. Recibían cartas de novias frustradas, novios desaparecidos, mujeres que relataban bodas bajo luna nueva en cementerios secos, bailes de Santos Negros y pactos en los que, si uno escucha cuidadosamente, siempre interviene una “tercera voz”. La radio, el canal prohibido, el medio para unir aquello que no debe unirse jamás.

Cierta noche, poco antes del cierre del mes, una carta llegó a nombre de Ayelén, firmada por “S.F.”. Era un sobre de pergamino, con una ramita de ruda seca pegada con sangre. La carta rezaba:

“Te invito a mi celebración. Allí, entre velas y estática, pronuncié mi nombre por última vez. Te espero al sur del último altar, donde la radio se hace carne, y la voz es voto para siempre.”

Paula suplicó no abrirla. El técnico renunció la semana siguiente, alegando terrores nocturnos y voces de mujeres en el oído. Pero Ayelén, arrastrada por la lógica irracional de la fascinación y el miedo, investigó. No era la primera emisora en desaparecer tras historias así. Un informe antiguo detallaba la “Misa Negra de Junín”, donde el cura, tres invitados y una joven novia terminaron fusionados en un solo cuerpo apenas audible. “La radio local encendió voces que no existían unos minutos antes.” Las autoridades cerraron la parroquia, y la emisora cambió de nombre y de frecuencia.

**

La noche del aniversario de su propia boda malograda, Ayelén preparó la última emisión. Todo era ceremonia. Llevaba un vestido blanco antiguo, comprado para la ocasión de otro cuento —de otra vida—, el cabello peinado con jazmines reales; el estudio, por primera vez desde la llegada de Sofía, estaba inusualmente frío y sombrío. Paula asistía por puro dolor de amistad, encendiendo cirios entre las consolas.

A la medianoche, Ayelén inició la transmisión. La convocatoria era clara: “Esta noche, ni cuentos, ni entrevistas. Esta noche abrimos las frecuencias a quienes nunca tuvieron despedida.” Abrió los teléfonos. Nada. Solo el rumor de frecuencias muertas, una maraña de voces apenas superpuestas.

La voz de Sofía llegó como un relámpago, entrecortada pero clara:

—Hace un año que te espero. No hay bodas posibles para las vivas. Pero sí para quienes nombran a los novios perdidos bajo la luna y el dial.

El aire era tan denso que costaba respirar. Paula, sin quererlo, sacó el sobre ceremonial y lo puso sobre la mesa. El vestido de Ayelén se quedó pegado al asiento.

—¿Qué querés de mí?—susurró, con el micrófono casi tocando los labios.

—Quiero tu sí. La voz. La unión. Nómbralo. Así cruzamos todos.

Las luces titilaron. Afuera, se oyó una campana. Nadie había anunciado boda en la ciudad. El reloj marcó las doce y cuarto. El tiempo se crispó, y Ayelén vio, por el reflejo del cristal, un velo antiguo rozando su hombro.

—¿Quién eres realmente?

—Soy todas las novias sin voto. Los nombres que se apagan en la radio. La interferencia entre este mundo y el otro. El eco de tu deseo.

—No—susurró Ayelén. Pero la radio, embriagada y ansiosa, amplificó su voz. En las casas, en los autos, en las calles desiertas, decenas de oyentes oyeron su sí deformado por la onda media.

—Sí—pronunció la radio. Sí, repetido, eco bajo tierra.

La celebración se completó. Afuera las campanas sonaron solas, y el estudio se llenó de un aroma a novia de ultratumba: cera, ruda, tierra removida. Paula vio por última vez el rostro de Ayelén fundirse con la interferencia, mientras en los monitores la frecuencia habitual fue reemplazada por un canto antiguo, una letanía incomprensible cargada de promesas y votos no humanos.

Desde entonces, ninguna boda volvió a celebrarse en la ciudad. La señal de esa radio sigue, a veces, colándose en otras frecuencias: arrastra murmullos, voces sin cuerpo, y de tanto en tanto, la confesión apagada de una presentadora que, vestida de blanco y de miedo, aún pronuncia votos para un novio que ya no es de este mundo.

Al sur del último altar, la radio nunca se apagó del todo. La voz de las novias perdidas sigue, buscando, en las ondas, quien le susurre un sí definitivo.

Y, bajo la luna turbia, nadie duerme tranquilo de medianoche a una, cuando esa frecuencia sale a cazar una nueva boda.

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