Portada del relato La hiedra de las ruinas
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Fragmento:


Los ojos de Ramona se encendieron con una mala luz. Dijo que la niña no estaba perdida, sino regada, y que se comenzaba a reunir. Había palabras para esas cosas, y ella las sabía. Pero nadie quería oírlas, porque quien las aprende no vive contento.

Duración: 08:17

La hiedra de las ruinas
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Texto de ajuste de pausa.

Hay una manera en que la muerte se arrastra, como musgo, por los limones podridos de la comarca. No es la peste. No es el hambre de costumbre. Algo en el aire cambia cuando la luna se pone a mirar, gorda, desbordada de un rojo impensable, y el viento deja de molestar a los nidos de murciélagos.

El cementerio viejo de Rascatasas dormía detrás del olivar, sus cruces rotas yacen torcidas como el espinazo de un burro apedreado. Casi nadie se acercaba, salvo por la bruja Ramona, que iba rezongando algún exabrupto y a dar de beber a sus cabras. Pero esa noche Ramona no había salido porque, justo al caer la tarde, un rumor de zurridos y voces como de niños ahogados se coló entre los umbrales. En el aire hervía el rencor de las tardes viejas.

Los cabreros se refugiaron pronto, quedando solo un borrachín dormido cerca de la fuente, y los perros —los sabios de cuatro patas— metieron el rabo bajo la barriga y se escondieron antes de que el aire se enfriara por completo.

Lo malo empezó como un rechazo de la tierra a ser pisada. Uno de los mozos, Fermín, de esos que les parece que la mejor manera de lidiar con el miedo es reírse hasta no sentir la boca, se empecinó en recorrer la linde esa noche, supuestamente para buscar una oveja. Macario, su hermano, juró haberlo visto deslizarse hacia las ruinas con el cigarro aún encendido y no volver. Ni la colilla se encontró después.

A la mañana siguiente fue Ramona la que llegó primero a la plaza. Traía en la mano un manojo de ramas cubiertas de savia negra y manchas que parecían caras diminutas, y no había duda de que ella sabía. Nadie se le acercó más que para mirar de reojo, la turba tensa, piadosa de costumbre, herida por los siglos.

Había algo diferente en la bruja. La vejez no le temblaba, pero su sombra era más densa, más larga, como si guardara en sus pliegues el peligro mismo. Decía, con voz más áspera que papel de lija, que esa noche estaba por nacer otra racha, que el suelo había sangrado a la inversa.

Una niña del lugar desapareció poco después. Se llamaba Lidia y era culona y de trenzas, y nadie la veía ausentarse sola. Se perdió entre las ramas del cementerio. Los hombres buscaron, la lluvia empezó a supurar y al poco, del centro mismo de la maleza espesa, surgió una columna de humo nauseabundo —y a su alrededor, la hierba hervía y se secaba al instante. Los perros ladraban sin ladrar, gimiendo despacio, con un jadeo seco que ponía los pelos de punta.

Los ojos de Ramona se encendieron con una mala luz. Dijo que la niña no estaba perdida, sino regada, y que se comenzaba a reunir. Había palabras para esas cosas, y ella las sabía. Pero nadie quería oírlas, porque quien las aprende no vive contento.

Llegó la siguiente noche. Todos a sus casas, persignándose, apretando ajos contra los marcos, rezando hasta que las oraciones se les mezclaban unas con otras y salían por la boca como si fueran vómitos torcidos.

En las ruinas, alguien —o algo— cantaba. Una retahíla de voces agudas y otras más roncas, un corro invisible que daba vueltas y vueltas, pisoteando huesos y tierra húmeda. La luna bajó como si quisiera chillar lo que veía.

A la tercera noche, faltaban dos personas más en el pueblo: la tía Benita, que acaso había sepultado en vida a sus maridos, y el arriero viejo que respondía solo de palabra a su propio nombre. La bruja Ramona avisó con una suerte de alarma sorda: había que llamar a los suyos, a los sabios, los ocultos que entienden el otro idioma. La mitad del pueblo juraba y rezaba, y la otra mitad afilaba cuchillos.

Ramona recogió a los suyos —cuatro mujeres, todas ellas arrugadas, con dedos como zarpas de urraca— y juntas descendieron, sin antorchas ni luz, hacia el hueco de las ruinas. Llevaban en los bolsillos una mezcla de tierra negra y dientes de comadreja, y en los ojos, la furia de haber sido marginadas por siglos. Nadie más se atrevió a seguirlas.

El aire se volvió espeso, cuajado de polillas y motas grises. Solo quien ha sentido la marea de la magia sabrá decir lo que es ese peso: una promesa y una amenaza a la vez, un juramento entre lombrices.

En el centro de la maleza crecía, donde otrora se alzó la ermita de los peregrinos olvidados, algo terrible: un círculo de hiedra y raíces negras, del que manaba un olor a carne de animal muerto y azufre, y que latía, rezumando savia oscura. Dentro del círculo, bailaban cosas que cambiaban de forma, a veces con cara de niño y otras veces de anciana ciega, y no tenían ojos ni lengua.

Ramona y las suyas cruzaron la línea, se untaron los dientes con grasa de cabra y pronunciaron versos trenzados, nombres que no pueden escribirse sin que la tinta huya a la madera. El aire respondió: un murmullo de huesos que giran, la carcajada muda de lo enterrado.

Las cosas del círculo probaron acercarse. Pero ante las miradas encendidas de las mujeres, retrocedieron, escupiendo voces como espuma de estiércol, y su piel cambiaba de color como la babaza. No es fácil asustar a quien ha visto cómo se parte la cama en dos bajo el peso de las deudas y el hastío de existir.

La hiedra se alzaba, furiosa. Las brujas escupieron en la tierra, dejaron caer sangre menstruada, y nombraron a la madre de todos los adentros, a la abuela primigenia de la rabia. Las raíces se crisparon, la tierra se abrió y la luna le dio la espalda al pueblo.

La batalla fue un griterío de bestias invisibles, un crujido de maderas podridas que chasquean por dentro. Las brujas, jadeando, torcidas de esfuerzo y odio acumulado, impusieron su voluntad a la podredumbre que bullía de la raíz. Cada palabra un clavo, cada gesto un cuchillo. El círculo chilló su derrota con un alarido que partió los tímpanos de las cabras.

La savia retrocedió como un ejército vencido. La hiedra se marchitó en segundos, la podredumbre se deshizo, y las cosas medianas, grises, corrieron a esconderse en las grietas de la tierra. Pero el precio fue injusto, porque nada en Rascatasas olía igual al amanecer: el aire estaba frío de cementerio, las gallinas ponían huevos sin yema, y los gatos se pusieron a parir crías con tres patas.

Ramona y sus compañeras regresaron cojeando. Habían salvado al menos los huesos de la niña, y colgaban paños de sangre sobre la puerta de la iglesia como advertencia sorda. No hubo celebraciones. El pueblo durmió con el hambre fresco y con el miedo a que la tierra, otra vez, balbucease su rencor con musgo y raíces.

Lo cierto es que nada fue igual desde aquella noche. El cementerio fue condenado y la maleza creció cubriéndolo todo: los que entraban no volvían, o se los encontraba al tiempo, con la piel pegada al hueso y los labios torcidos como sonriendo de pura demencia. El agua de la fuente nunca más tuvo sabor a menta, y las cabras, a veces, gritaban nombres humanos antes de morir, como si supieran algo del otro lado.

Ramona pasó los días rumiando nuevos conjuros, afilando la lengua contra quien la miraba mal y recordando que una vez fue joven, y otra vez, abuela del espanto. Murió tiempo después, nadie sabe si de vieja o de puro coraje. Abandonó un cuaderno, envuelto en piel de liebre negra, que nadie se atrevió a abrir: decían que le bastaba con quedarse en la alacena para que, cuando la noche era espesa, todo el pueblo soñara la misma pesadilla: un círculo negro, un festín de raíces que nunca estaba del todo muerto.

En Rascatasas aprendieron a no esperar ayuda de santos o apóstoles, y a confiar solo en la fuerza sorda que brota de lo profundo, de las madres y abuelas que nunca dijeron su último conjuro en voz alta. Cuando la hiedra vuelva a trepar por las cruces rotas, todos sabrán, ya sin remedio, que la muerte reclama lo suyo en espirales de savia negra y hambre nunca saciada. Porque la brujería —como el miedo— nunca olvida, solo duerme hasta que la luna se sonroja y el pueblo entierra, bajo la maleza, sus propios secretos.

Y la tierra, fértil en rencores, masticará nombres una y otra vez, hasta dejar un pueblo de voces huecas, raíz adentro, dispuestas a germinar cuando nadie mire.

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