Portada del relato El memo de la serpiente
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Fragmento:


Fue esa misma noche cuando oí el primer jadeo. Venía del fondo de la casa, desde el closet. Allí, donde encontré la muñeca de trapo, que no recordaba haber dejado en el suelo, yacía un círculo de sal sucia. Alrededor de la muñeca, en la madera, sobre la marca de un círculo burdo, había garabatos con una tiza blanquecina. La sal tenía algo gris y viscoso: una mezcla de polvo, cabello y tal vez excremento de rata. No toqué nada esa vez.

Duración: 10:02

El memo de la serpiente
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Texto de ajuste de pausa.

Me llamo Emilia, y la casa que heredé de mi tía abuela Gloria está en la calle Juan Escutia, en el barrio más viejo de la ciudad. Es una casa de piedra, techos de tejas rotas, húmeda y torcida como si, de tanto aguantarse los secretos, hubiese ido pudriéndose por dentro. Mi madre nunca quiso venir aquí, y sus puñados de excusas —que la humedad enferma, que las paredes lloran en invierno, que los gatos pelean con los perros, que la vecina le tira mala vibra— nunca me molestaron hasta ahora. Porque desde que la habito, percibo en cada rincón la persistencia de la tía Gloria: en los limones podridos en la alacena, el polvo negruzco bajo los tapetes, los espejos cubiertos con sábanas por toda la casa, y una muñeca de trapo casi disuelta de tanto manosearla, cosida con hilos distintos, que encontré en el armario de la alcoba.

En la primera noche, nada me pareció fuera de lo común, salvo que dormí mal y desperté empapada en sudor, con la nariz tapada y las paredes retumbando suaves, como si escuchara un tambor azotando la casa desde el subsuelo. Era un ritmo sordo y persistente, lo suficientemente discreto como para dudar si existía o si era mi pulso. El verano se preñaba de tormenta: las lámparas chisporroteaban, y desde la ventana pude ver a lo lejos la ceiba que daba nombre a la colonia: un monstruo de ramas nudosas, cubierta de papelitos de colores atados desde hace años por manos devotas o desesperadas. Frente al árbol, a las tres de la madrugada, seis viejas —o siluetas de seis viejas— parecían arracimarse en círculo.

No era raro para mí intuir cosas extrañas. Lo raro fue sentir que la tía Gloria —muerta hacía apenas dos meses— se sentaba a un lado de la cama y me miraba dormir, insistente como la humedad que nunca se va.

La segunda noche, las cosas comenzaron a descomponerse. El tanque de gas, según el medidor, debería estar casi lleno. Sin embargo, apenas bastó para hervor de media cafetera. El agua se puso turbia, saliendo oscura incluso para lavar la vajilla. Y a cada momento —al abrir una puerta, al pisar el baño, al girar la cabeza hacia un reflejo esquivo en el vidrio empañado— tenía la sensación de un haz de ojos detrás de mí, más vivos que nunca.

Fue esa misma noche cuando oí el primer jadeo. Venía del fondo de la casa, desde el closet. Allí, donde encontré la muñeca de trapo, que no recordaba haber dejado en el suelo, yacía un círculo de sal sucia. Alrededor de la muñeca, en la madera, sobre la marca de un círculo burdo, había garabatos con una tiza blanquecina. La sal tenía algo gris y viscoso: una mezcla de polvo, cabello y tal vez excremento de rata. No toqué nada esa vez.

Antes de irme de la habitación, comprobé tres veces que la muñeca estaba dentro del círculo. En algún sitio de mi infancia —no sé si por un cuento o un pesadilla— entendí que nunca hay que romper los círculos hechos con sal.

La tercera noche, me visitó un sueño. Caminaba bajo la ceiba. A mi lado, seis brujas muy viejas, cuyos rostros sólo eran piel y pliegues, giraban lentamente. Cada una tenía una muñeca de trapo en sus manos, idénticas a la que reposaba en mi armario. Me llamaban con voces de aire mojado y humo. Me decían que Gloria me había dejado un encargo y yo trataba de entender qué era.

Al despertar, la muñeca ya no estaba en el círculo. Tampoco la sal. La puerta de la casa estaba abierta de par en par, aunque yo recordaba haber echado seguro. Salí al patio y, en medio del lodo a medio secar, encontré la muñeca enterrada hasta la mitad, sólo la cara y los brazos de trapo fuera, los hilos nuevos brillando como si la hubieran mojado en sangre muy fresca.

Recordé que la tía Gloria siempre decía: “Las promesas hechas ante las ceibas se cumplen, si no, una pone el cuerpo y otra paga el alma.” Nunca supe bien a qué se refería, salvo que cerca de esa ceiba, desde mi infancia, el pasto nunca crecía. Según las vecinas, ahí se apareció el “Memo de la Serpiente”: un bulto humanoide, arrastrando cola, que tocaba puertas pidiendo dejar entrar y a quien debía negarse a toda costa, pues te dejaría ciego si le abrieras.

Esa tarde todo el barrio olía distinto: a cerrado y a moho. En la tortillería, la señora Emma no me saludó. Caminando de vuelta a la casa, un perro negro me siguió. Tenía la boca entreabierta, y los ojos tan rojos que parecía llorar sangre. Cuando llegué a la entrada, el animal desapareció tras el árbol, en dirección a la ceiba.

Intenté diseccionar el miedo buscando explicaciones. Releí los papeles de mi tía. Entre cartas, encuentras, recetas de remedios y oraciones brujas, hallé una hoja de bloc escolar. Ahí reconocí la letra de Gloria. Decía, con la caligrafía apretada y casi súplica: “Hija de mi hermana: Si recibes esta casa, respeta el círculo de la sal. No preguntes, no escribas, NO LLEVES LA MUÑECA AL ÁRBOL. Hice un trato y tú eres la undécima. El Memo se aburre y sólo la carne joven lo entretiene.”

Desgarré la nota y la tiré al fuego de la estufa. Pesaba demasiado en mis manos. Tarde esa noche, dormitando en el sillón, el jadeo volvió. Esta vez eran dos. Las persianas golpeaban como al compás de garfios. Corrí a la alcoba y la muñeca no estaba. El círculo, tampoco. Ni la sal, ni las marcas. Lo siguiente fue una ráfaga de viento y la puerta de la casa, que se cerró sola a mis espaldas.

Supe, antes de comprenderlo del todo, que había fallado en guardar el círculo por tres noches. Y en la tercera noche, la casa decide a quién devorar.

Desperté a las tres y media de la madrugada, temblando, convencida de estar sola. Vi por la ventana: un cordón de viejas, atadas entre sí, rodeaban la ceiba. En el centro, una llamarada celeste iluminaba la muñeca de trapo, flotando a la altura de mis ojos. El aire se volvió frío como tumba. Todo el barrio estaba en sombras, y hasta los perros guardaban silencio. Era como si el mundo entero contenía el aliento, esperando la sentencia de algo primitivo.

Me puse los zapatos a tientas, agarré el abrigo y, sin pensarlo mucho, bajé corriendo hacia el árbol. Cada paso parecía retumbar en mi cabeza como tambor de funeral. Las viejas, al verme acercar, abrieron los brazos y comenzaron a cantar en una lengua que sólo conocía de oídas, la lengua de mi tía, en susurros, cada vez que curaba o maldecía o defendía a alguien en el barrio.

—Llegaste tarde pero llegaste, hija de Gloria—dijo la más bajita, de piel como tronco retorcido.

—¿Qué quieren?—supliqué.

—Que pagues lo de tu tía—dijo otra.

—Gloria prometió que serías la undécima—añadió, masticando la palabra como si su boca rebosara sal.

Detrás de ellas, el Memo de la Serpiente tomó forma, saliendo del tronco de la ceiba. Visto de frente, no era persona ni animal: más bien algo que se oculta y sólo muestra retazos al miedo. Sus ojos, huecos y húmedos, le rezaban al abismo propio.

Yo quise correr y no pude. La muñeca flotó hasta mis manos, sus hilos se enroscaron en mis dedos, apretando como raíces vivas. Las viejas se balanceaban alrededor, marcando el suelo con sus palos.

—Tú decides: o dejas tu piel o la dejas seguir—dijo una, arrojando sal y lodo a mis pies.

Quise gritar. En lugar de eso, la muñeca me mordió la palma, hiriéndome con aliento a humedad y tierra vieja. Sentí que la sangre me bajaba lenta, pero no caía al suelo: las raíces la absorbían. El Memo se acercó, el hocico a la altura de mi rostro, y susurró: “La undécima paga el paso, niña. Lleva el círculo adonde nunca crezca el pasto.” Su voz era como el sonido de insectos corriendo bajo la piel. Traté de resistir. Pero no funcionó.

No sé cuánto duró el ritual. Recuerdo la sal, el lodo frío cubriéndome hasta las rodillas. Recuerdo los rostros de las viejas torciéndose, volviéndose cada vez más jóvenes, como si mi sangre les devolviera los años perdidos. La ceiba temblaba y la luna chorreaba líquido rojo sobre el tronco.

Cuando amaneció, desperté bajo el árbol. Mis manos, limpias de sangre y con las uñas rotas, aún sujetaban la muñeca, que ahora parecía nueva, reluciente y atada con mi cabello. Las viejas no estaban. El Memo había regresado a su grieta en el tronco, dejando una marca en mi brazo: una espiral de sal pegada a la piel, imposible de desprender.

Quise huir, pero algo me detuvo. Supe, en un destello, que la tía Gloria sólo había retrasado lo inevitable. El círculo retorna, año tras año, generación tras generación. La muñeca es el pago, la sal es la barrera, y la ceiba es la puerta. No hay huida.

He escrito esto para quien venga después de mí. Si lee esto en la casa, no saque la muñeca del armario. No la deje cerca de la ceiba. No acepte trato ni convite de las vecinas, por muy dulces que parezcan sus palabras. Y si escucha un jadeo bajo la cama o en el closet, ruede sal alrededor de su cuerpo y recite la letanía de Gloria. Porque la ceiba está viva, el Memo siempre tiene hambre, y la undécima lumbre nunca se apaga.

No pienses que es broma. Las promesas son deuda, y la carne joven es la única moneda que acepta la brujería. La próxima vez que escuches a las viejas rezando en lengua extraña bajo el árbol, corre en dirección opuesta. No mires atrás, por nada del mundo, ni aunque escuches tu nombre por entre el rumor de las hojas. No es tu tía llamándote. No son tus muertos. Es el Memo, buscando a quien heredarle el hambre.

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