Fragmento:
Hablé. Mentí con la promesa de ayuda, más por salvarme que por salvar. Nadie respondió, tal vez porque cuando uno es presa el miedo lo deja mudo. Me acerqué y viole la primera prohibición del bosque: tocar lo que otros han escondido.
Duración: 07:57
Siempre tiemblo en esta curva de la carretera, donde el bosque se agolpa apretado y las luces del pueblo ya ni son memoria. Aquí el arcén es un trago seco y el asfalto decide por uno. Lo aprendí a fuerza de pasar tarde, de sobra, por estos últimos kilómetros hacia lo que la gente abandona a oscuras. Tomé la ruta por simple costumbre, y tal vez porque el error es animal y los animales lo repiten por necesidad. Esta vez, el sonido de la moto era lo único que me mantenía en el mundo de lo razonable, hasta que ese rugido mecánico también se transformó en un aullido, uno real, que venía de ningún sitio y de todas partes.
Apagué el motor. Así empezó. Me detuve a escuchar como quien escarba en la tierra esperando encontrar raíces. Era imposible que algo tan humanoamente desesperado pudiera retumbar aquí, donde ni siquiera llegan los camiones de la basura. Una imploración cruda y rota. El instante siguiente, el hedor: podrido, como si la tierra hubiera expulsado su estómago y nos lo hubiese dejado en herencia. Fui a mirar al bosque por ese ruido, incapaz de resistirme al horror de otro, porque a veces los demonios usan de cebo los gritos ajenos.
Bajé con la linterna en mano y la cabeza llena de frases de defensa propia, sin esperanza de que alguna pudiera ser mía llegado el caso. Avancé entre las ramas como quien falla muchas veces en lo mismo y aún así lo repite. Pronto vi la mezcla de plástico y cuerda: un coche cubierto completamente, la lona atada con precisión de vendaje. De dentro salía un sollozo animal que ya no era sino respiración costosa.
Hablé. Mentí con la promesa de ayuda, más por salvarme que por salvar. Nadie respondió, tal vez porque cuando uno es presa el miedo lo deja mudo. Me acerqué y viole la primera prohibición del bosque: tocar lo que otros han escondido.
El olor abrió su propia puerta, una pestilencia agria a carne fundida. El primer tirón de la lona me golpeó con el puño invisible del vómito. Seguí; la compasión es un demonio que acomete despacio pero no se detiene si le dejas pasar. Al tirar lo suficiente, vi el rostro de la mujer. No estaba muerta. ¿En qué punto una persona deja de ser una persona por lo que se le ha hecho?
Tenía los ojos como botellas vacías, su boca un desastre y la piel moteada de sangre y tizne, pero fue el olor lo que me obligó a mirar al suelo. La volví apenas, intentando no tocar más de lo inevitable. Distinguí entonces los patrones en su torso y brazos: quemaduras. Pero no las casuales, no las de accidente. Aquello era casi un alfabeto, una escritura torcida y reverencial que seguía líneas y curvas imposibles de aprender.
Ella jadeaba hondo, la piel de su hombro perpetuamente pegada al metal. Intenté hablar otra vez, toqué su cabello con la idea absurda de que el roce pudiera arrebatar algo de su dolor. Susurré mi nombre, le aseguré que estaba allí para ayudarla. Quizá en alguna zona interna, sus huesos agradecieron la mentira.
Algo se movió tras de mí.
El instinto, ese viejo articulista del desastre, me hizo girar apuntando con la linterna. No vi nada. El bosque rugía en esa lengua de los árboles, pero no era eso lo que me inquietaba. Fue el olor: volvió, pero distinto, ahora denso como gas amargo, y la resonancia de un nombre que no era palabra, que usurpa la boca para salir. Entonces, la mujer, esa masa viva de lamentos, apretó mi brazo con una fuerza triste y rotunda.
“No dejes que me lleven de nuevo.”
Pregunté quién eran. No hubo respuesta, pero sí un estremecimiento que vibró con el viento. Intenté sacarla, casi la arrastré, pero no era fácil: los cables habían sido sujetos con saña. En la última vuelta de la cuerda, una quemadura reciente: letra tras letra, círculo tras círculo grabado a fuego lento. En otra parte, temblando como si el infierno nunca fuera a terminar, susurraba palabras en una lengua que ni el miedo podía traducir.
Las copas sobre nosotros crujieron con violencia. Era el preludio de algo, un susurro, una advertencia. Corrí. Ella se arrastraba, gemía; la radio de mi moto se encendió sin motivo. El dial giraba solo buscando una frecuencia. Caímos en la zanja, ella primero, yo después. Los dos cubiertos de barro y saliva. Ya no importaba la sangre ni el miedo; algo se estaba acercando.
El aire se partió de golpe. El bosque se iluminó como con mil fogatas. Podían olerse a la vez la grasa derretida, los eucaliptos arrasados, el azufre y la porcelana rota. Lo vi llegar, y lo vi como se ve el trueno: primero el resplandor y luego el horror.
Cuatro figuras emergieron del entorno, difusas y alargadas, hechas de cuencos de cera y tintes negros. Portaban antorchas, pero no las comunes, sino fosas con fuego dentro donde ardía algo más que leña. Cantaban, un rezo torcido que jugaba con sílabas inmemoriales. No se acercaban a mí, sino a ella, a mi carga involuntaria.
“Debo volver”, musitó ella, y me miró con el vértigo de quien suplica piedad a una deidad extranjera. Me resistí, la cubrí, la sujeté, pero sus ojos solo pedían el fin. Uno de los encapuchados la tomó por los tobillos. Yo seguí forcejeando, pero su tacto —menos que humano, más que pesadilla— me obligó a retroceder, a apartarme incluso contra mi propia voluntad.
Me quedé solo en la zanja, el barro pegándoseme como un sudario. Las siluetas me ignoraron y la arrastraron unos metros. En un claro diminuto, colocaron su cuerpo sobre una base de sal y ramas, apoyaron la cabeza con una piedra de río y susurraron palabras que el frío tradujo a gritos. El bosque miraba; hasta los animales entendían que al dolor se le guarda distancia.
Una de las figuras se arrodilló. Portaba un hierro candente, la punta una letra retorcida como los sueños arruinados. Lo apoyó en su pecho con parsimonia. El olor a carne quemada se alzó, dulzón, mientras el grito de la mujer desgarraba las ramas. No supe si era dolor o alivio lo que sonaba. Terminaron la marca y el coro estalló en un cántico más fuerte, ahora pidiendo que la carne dé vida al fuego.
“Ella quiere quedarse”, dijo el encapuchado más pequeño, y en seguida sucedió lo impensable: prendieron el cuerpo, no como a una hoguera cualquiera, sino desde adentro. La mujer ardió con una luz impía y en su llanto hubo algo de gratitud. El bosque suspiró junto a ella.
Quise correr, escapar del miasma, pero un brazo —invisible, algo que era más un juramento que materia— me sujetó. “Hasta aquí”, sentenció una voz sorda cerca de mi oído. No supe si estaban dejándome vivir o condenándome a vagar como testigo. Vi cómo los cuerpos se deslizaban hacia la profundidad del bosque, bañados en una llama que no se apagaba con la distancia.
La noche volvió a cerrarse sobre los acongojados restos, y yo, tambaleante, escuché algo dentro de mí romperse. No era solo el cráneo zumbando por el miedo; era la comprensión de que la maldad tiene lengua, fuego propio, y que no toda tortura pide auxilio. A veces, la salvación de una víctima es lo peor que puede ocurrirle.
Nunca volví a transitar por esa carretera. Nunca olvidé el rostro desollado de la mujer ni el alfabeto incendiado en su pecho. Y a veces, cuando duermo, huelo ceniza y sal, y me despierto con la boca llena de tierra, con la certeza de que en algún lugar del bosque alguien sigue rezando para que la quemen otra vez.
Porque el horror verdadero, lo he aprendido, no termina en la agonía: es en la última llama donde el dolor se hace infinito y nadie puede salvarte, ni siquiera tú mismo.
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