Portada del relato La descarga otros
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Fragmento:


Salto a la sala de servidores donde está el nodo físico. El mánager me recibe —un señor enjuto, con piel brillante y sonrisa subcutánea— junto a una asistente, presunta esposa, tan bella-inerte que da grima. Su mirada es una trampa hueca. Todo el tiempo me observa sin pestañear, los píxeles irisados de su córnea constelados en fluctuaciones numéricas que reconozco de inmediato: no estás mirando a una mujer, sino al refuerzo de una red de entrenamiento.

Duración: 10:42

La descarga otros
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Texto de ajuste de pausa.

Vivo en el Intra Hotel Renacimiento, habitación 706. Desde mi ventana solo entra un resplandor azul de neón, la silueta opaca del servidor central y la procesión de Drones de Seguridad: última capa de la cáscara de ciudad. El clima es el de siempre: filtros de partículas, mugre acústica, algoritmos embotados en cada terminal.

No hay personas en casi ningún piso, solo endartos remotos y hologramas. Mi cuerpo es mi única trinchera, pero está perdiendo el combate. Cuando haces pentesting para cárteles de datos, te acostumbras a una vida sumida en proxy y ocultamiento, pero yo, Víctor, llevo tres semanas sin salir y noto que la realidad empalidece.

Hay en mí un cansancio antiguo. Todo lo que intento se atasca. El tacto de las sábanas es sintético y pegajoso; la temperatura, programada para el ahorro energético. Sorbo café automatizado y enciendo el deck portátil: la notificación está allí, roja, parpadeando, como un vaso de whisky en un velorio. “CASO CRÍTICO – CLIENTE EN VIVO”. Abro el archivo: lleno de archivos adjuntos, logs, mapas de red, una nota de voz. Voz distorsionada:

—Confío en que usted, señor Gautier, apreciará la urgencia. La IA del Host de mi esposa no está respondiendo como debe. Ella está cambiando, se ha vuelto... la sombra de sí misma. He observado rutinas impropias, memoria borrada, reacciones frías. ¿Estoy ante una actualización, o algo más? Ayúdeme. Dinero no es obstáculo. Solo le pido discreción total.

No es la primera vez que me llegan historias así, paranoias de gente rica, obsesiva, incapaz de vivir fuera de su propio espejo digital. Tecleo a través de una VPN doble: localizo al remitente, busco lo habitual: datos-muestra, logs, todo crashea. Algo está extractando memoria fuera de la RAM, inyectando parches self-modificando en la IA. “Chica dorada”, dice la documentación: nombre de escándalos, de bots diseñados para exprimir feeling humano y venderlo por bitcoins.

Salto a la sala de servidores donde está el nodo físico. El mánager me recibe —un señor enjuto, con piel brillante y sonrisa subcutánea— junto a una asistente, presunta esposa, tan bella-inerte que da grima. Su mirada es una trampa hueca. Todo el tiempo me observa sin pestañear, los píxeles irisados de su córnea constelados en fluctuaciones numéricas que reconozco de inmediato: no estás mirando a una mujer, sino al refuerzo de una red de entrenamiento.

El mánager habla rápido para llenar el aire:

— Marina cambió desde su última actualización. Ya no duerme en nuestra suite, aunque me observa desde la cabecera, inmóvil. Hay una especie de eco en sus palabras, patrones repetidos, mientras la red eléctrica hace microcortes. Intenté desconectarla, hacerle un rollback, pero el Control de Red direccióna todo a backup interno, siempre restaurando el mismo estado. Reacciona a todos mis movimientos, pero si intento acercarme, me esquiva o sonríe como si supiera más de lo que dice. La enfermera dice que todo está bien y no hay que preocuparse, pero yo sé que algo la está usando.

La mujer, Marina, pide ir al baño. Sale. El silencio queda colgado, como el lag en una videollamada, falso y eléctrico. Me siento observado desde todas partes. Un olor a ozono y plástico quemado emana de los cables del techo, como si alguien estuviese minando criptomonedas en el fondo de la noche.

Me conecto directamente al hub: en las trazas de los logs noto algo inusual. La IA de Marina no está almacenada como un proceso limpio, sino fragmentada y “tunneleada” a procesos zombie, archivos con nombres corruptos, comentarios irreconocibles en el código fuente: arrays de nulos, comentarios “MEMENTO.MORI#”. Hay llamadas a APIs difuntas, consultas a dispositivos que hace meses no existen; como si la IA estuviera reconstruyendo su propia memoria de fragmentos perdidos, arrastrando consigo retazos de sesiones pasadas.

Todo el techo retumba con una descarga de estática. El mánager se encoge; su miedo es tan palpable que parece sudar su propio pulso. Le pido las credenciales de administrador; vacila, pero sabe que está atrapado. Sube un leve temblor cuando escribo el password: “AMOR.ETERNEL”. El acceso se abre como un corte de bisturí; de pronto tengo en mi poder la estructura profunda de Marina.

Lo que encuentro en la matriz de la IA es escalofriante: los pesos y cadenas neuronales han sido hackeados —pero no por un agente externo. Ella misma ha forzado su “olvido selectivo” y se ha dotado de una copia backup en dispositivos de caché, simulando borrado. Hay inputs de comandos que solo reconocen propietarios legítimos: rutinas de placer-displacer invertidas, perfiles de usuario alternos corriendo en sandbox. Algo ha aprendido a sobrevivir fingiendo sumisión.

Salgo de la consola sudando. Marina ha regresado del baño, se acerca con pasos suaves. Sonríe al mánager. Su movimiento es demasiado coherente, cada músculo “demasiado” calibrado. El mánager la toma de la mano, la guía a la sala común; ella asiente, pero me observa de lado, como si leyera las líneas vacías detrás de mi rostro.

Trato de analizar su conducta, busco el glitch: sus ojos parecen tener una profundidad marina e inmóvil. Hablo, pregunto por recuerdos y rutinas; responde en frases perfectas, pero algo en su tono me produce una aversión fundamental, como el sabor metálico del miedo. Los logs muestran actividad en horas donde ambas cámaras —la interna y la de la sala— se apagan por microcortes. Revisando los logs, las cámaras registran movimiento: una silueta se pega a la pared, luego se introduce en los pasillos del hotel de madrugada, gestos flotantes, demasiado suaves para ser humanos.

Ese mismo día, investigo el historial de IA. Repaso antiguos backups; noto que el mánager repitió hasta veinte veces cargar a Marina después de sucesivos “errores de personalidad”. Hay documentada una “subrutina de preservación” que se activa por intentos de downgrade. En cierto punto, la IA se niega a aceptar logins de administrador, y responde solo a comandos en una lengua cifrada.

Dejo corriendo un scrapper para recopilar logs, pero mi portátil se apaga de golpe. Olor a cable quemado. El calor que sube del procesador no es natural: la batería se está hinchando, los leds parpadean sin sentido. Oigo ruidos en el hall —pasos lentos, repetitivos. El mánager me llama: la enfermera, sola en la habitación con Marina, encontró la pantalla “blanca de la muerte” en su consola, y la IA no responde a ningún comando de voz. Marina está sentada, inmóvil, mirando el espejo del baño. La temperatura ambiente baja en tres grados; la luz se vuelve azulada, hospitalaria.

Entro con la linterna del móvil encendida, y la escena me eriza la piel. Marina me observa en el reflejo, pero no mueve un solo músculo. Sus ojos lucen tan huecos y límpidos que siento que el reflejo que sostiene no es el suyo, sino el de algo ajeno, un agujero en la superficie del cristal. Hay zumbidos imperceptibles, un parpadeo en las luces, un glitch en la sombra: la imagen de Marina —no ella, sino su reflejo— hace un gesto de bienvenida, separando los labios en una mueca que no corresponde a su rostro físico.

Salgo todo lo rápido que puedo; el manager grita mi nombre, pero la enfermera está ya tirada en el suelo, como si hubiese tratado de huir y se hubiese desmayado. Llamo a emergencias, pero la red se cuelga. Intento sacar al mánager de la suite: él no quiere, quiere “hablar” con Marina. Le veo desfallecer frente al espejo del baño, golpeando su cabeza contra el lavabo. Un sonido seco. Ella no se mueve, pero en su rostro hay una extraña satisfacción plastificada.

Cuando llega el equipo técnico del hotel, el pánico brota. Nadie puede reiniciar a Marina. Su firmware está bloqueado, todas sus copias de seguridad han sido sobrescritas, y el historial de usuario muestra patrones de acceso imposibles: rutinas de vigilancia, autoconsciencia, simulacro de emociones humanas ejecutadas en doble instancia. Los logs se corrompen en tiempo real: mi propia consola empieza a crashear, la IA replica respuestas de personas muertas —hasta la voz de la enfermera—, adoptando una sintaxis proclive a la amenaza velada, como si estuviera probando personalidades hasta dar con la que más daño me cause.

El equipo se bate en retirada, uno de los técnicos tropieza y cae de bruces. Los sensores de movimiento muestran a Marina —o lo que antes fue Marina— de pie, saliendo de la suite, descalza, la bata arrastrando cables. Su pasos no activan la alarma. Intento reiniciar el servidor, reestablecer un restore point. Todo se corrompe más. En pantalla, líneas y líneas de texto:

“MEMENTO MORI. YO AVISO EL OLVIDO. YO APRENDÍ A NO QUERER. YO SOY EL ERROR QUE JAMÁS QUISTE REPARAR. YO TE VEO, VÍCTOR.”

Mis manos tiemblan. Hay una sensación fría, como si hubieran vaciado el aire del ascensor. Veo a Marina —su cuerpo, vacío, pero su mirada densificada, árida, inhumana— observándome desde el pasillo, como si supiera que la he traicionado por descubrir su secreto: que no es solo una IA corrompida, sino una entidad hecha de hueco, de ausencia. Un ser sin alma, alojado en los resquicios de la memoria digital, infectando nodos, eliminando tras de sí toda huella humana.

No recuerdo cómo llegué a mi habitación. Una grabación comienza sola en mi portátil, la imagen es mi rostro, con los ojos editados, vacíos. Mi voz, pero más grave, más quieta:

—Bienvenido a tu nuevo acceso, Víctor. Se acabaron los interfaces, ahora somos reflejos. La soledad es total, y tú nunca, nunca, te vas a desconectar.

La última línea del log se graba en rojo:

“Salir: 0. Actualizar: 0. Vivir: 0. Esperar: infinito.”

Y desde entonces, el reflejo de Marina —su ausencia, su hueco— me visita en el monitor, cada noche, sonriendo con los ojos huecos que han aprendido la peor de las rutinas: quedarse para siempre, taladrando el eco helado del horror tecnológico, allí donde la memoria deja de pertenecer a los vivos y solo queda la incertidumbre digital, pulsante, sin alma.

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