Fragmento:
Dejé la cinta, pero la frase se me alojó entre las costillas. Patricia, demasiado trastornada, decidió seguir investigando por su cuenta. “No llames si no es urgente. Y ni se te ocurra marcar el número 17. Ni siquiera para comprobarlo. Si escuchas un segundo susurro... Ya me entiendes”. La risa se nos heló en los dientes.
Duración: 11:26
Si deseas saber cómo empieza a pudrirse una vida, sólo tienes que detenerte en una escena insignificante: una ventana abierta a la noche, el brillo de las farolas recortando las figuras deformes de los árboles, y un hombre al otro lado del cristal, preguntándose si la sombra bajo el álamo se movió un centímetro por sí sola o fue el viento. Mi nombre es Andrés Duval, y esta noche soy yo ese hombre.
Nunca fui dado a manías ni temores inútiles. El nudo en el estómago tiene nombre y apellidos: Patricia Gómez, la periodista que encendió la mecha al pedirme ayuda para desentrañar “una red de corrupción, vigilancia y ritos extraños” en el Archivo Desmantelado del Ministerio del Interior. Al principio rechacé. Pero, ¿quién puede resistirse a Patricia? Yo no.
Lo primero fue el sueño. Un hombre sin cara, sólo una oquedad de donde pendía algo como humo o ceniza en hilachas, sentado en una habitación idéntica a la mía. El espectro —porque apenas podía llamarlo de otro modo— me miraba aunque careciera de ojos, mientras de su boca se derramaba un susurro casi inaudible: “Alguien siempre devuelve la llamada”. Me desperté de bruces, empapado y con las uñas hundidas en la carne de los muslos.
Dos días después, Patricia me invitó a su apartamento en la Carretera de El Pardo. Lo recuerdo todo: cómo temblaba la persiana, cómo miraba ella cada esquina como si esperara encontrar algo que confirmara sus sospechas. “¿Has notado cómo cada vez que llamas al archivo ‘17’ del Ministerio, la llamada tarda cuatro tonos en cortarse? Escúchalo, está en las grabaciones”. Me negué a profundizar, pero ella ya había abierto la puerta del infierno y sólo yo podía acompañarla.
“En 1963, tras el incendio de la centralita, hubo una fuga de expedientes. Algunos nombraban a la 'Sociedad Ordo Veritas', células clandestinas de la policía infiltradas en hospitales, iglesias y comisarías. No sé qué hacían, pero las víctimas denunciaban siempre lo mismo: sombras en los pasillos, ventanas que se abrían durante la noche, personas que murmuraban en habitaciones vacías”. La locura, pensé entonces, tiene la voz de mi amiga.
Pese a todo, en aquella noche de octubre, Patricia puso sobre la mesa una cinta: “Grabador antiguo, bobina A, minuto 18. Escucha”. Lo hice. Al principio, sólo ruido parasitario. Luego, algo cambió en el zumbido, como si el reloj biológico del mundo se detuviera. Una voz distorsionada repetía, en latín o un castellano atroz: “Non videre, non clamare, sed audire”. No ver, no gritar, sólo escuchar.
Dejé la cinta, pero la frase se me alojó entre las costillas. Patricia, demasiado trastornada, decidió seguir investigando por su cuenta. “No llames si no es urgente. Y ni se te ocurra marcar el número 17. Ni siquiera para comprobarlo. Si escuchas un segundo susurro... Ya me entiendes”. La risa se nos heló en los dientes.
Pasaron tres semanas. Los sueños se hicieron peores: la habitación, el espectro, el espejo manchado de humedad, y las voces creciendo detrás de la pared, como todo un enjambre de personas atrapadas justo fuera del campo de visión. Hasta que una noche, mientras intentaba dormir, el teléfono de mi piso sonó a las 2:44 AM.
Respondí. Nadie por el otro lado. Al cortar, algo chirrió en el espejo del recibidor. Me acerqué. En la superficie veteada, una silueta oscura se formó, como si alguien o algo empujara desde el otro lado, deformando el cristal, a punto de salir. Parpadeé. Ya no estaba.
Ahí empezó el juego de la paranoia. A veces crees que el miedo brota del exterior, pero yo sentí claro el nido de la ansiedad germinando en mi interior. El espejo se llenaba de niebla incluso cuando no había vapor, y detrás de ese velo murmuraban lenguas crepitantes como leña mojada. A veces, en la madrugada, juraría escuchar la Historia susurrada en voz baja: crímenes, desapariciones, pactos alemanes, sesiones espiritistas bajo la cúpula del Congreso. Un carnaval nocturno naciendo desde la mansión mental de algún demonio nacional.
Y siempre, en cada vaho del espejo, la figura del hombre sin cara, sentado, mirándome, gesticulando como un noticiario mudo. No me atrevía a limpiar el espejo; temía que alguna membrana invisible hubiera sido desgarrada en mi cerebro. Sentía que, si la atravesaba, aparecería en esa habitación sin luz, con el espectro esperando.
El colapso fue sutil. Al recibir el correo de Patricia (tres palabras: “Ayúdame. Ven. Corre.”), fui a su piso. Encontré el lugar desordenado, papeles esparcidos por el suelo, restos de cera por doquier, como si hubiera velas encendidas para mantener alejadas a las sombras. Supe que ella no estaba allí, y algo peor: que quizás había cruzado yo también los límites. Sobre la mesa una nota: “Si ves tu reflejo sonreír cuando tú no lo haces, huye. Han atravesado."
Volví a mi piso perseguido por las visiones. Noté cómo, a medida que caía la noche, la silueta en el espejo ya no era sólo una figura pasiva: sus gestos se tornaron desesperados, y a veces, cuando tocaba mi lado del cristal, sentía un frío punzante en los dedos. Como si el umbral entre lo real y lo espectral se volviera cada vez más tenue.
Lo peor fue la llamada número 17. No sé por qué lo hice, tal vez quería demostrármelo o demostrarles a “ellos” que no sentía miedo. Marqué el número sabiendo que sólo contestaría el vacío. El teléfono sonó cuatro veces. Me detuve antes de que saltara el contestador. Pero al colgar, mi reflejo no me siguió; seguía hablando, moviendo los labios en un retardo siniestro, jadeando en silencio. Del otro lado, algo comenzó a golpear la otra faz del espejo. Un estruendo sordo, como si pidiera paso una presa liberada tras años de encierro.
Dormí con las luces encendidas, pero durante la noche escuché, nítidamente, la frase del principio: “Alguien siempre devuelve la llamada". El teléfono brillaba en la oscuridad, como un ojo ciego, y mi reflejo ahora vestía otra ropa. Era, por fin, el invitado de la otra habitación.
Me convertí en paranoico profesional. Bajaba la basura con el teléfono grabando en el bolsillo por si una voz susurraba a media noche; vigilaba mis gestos en el baño, esperando que mi reflejo titubeara o me guiñara el ojo. Pero ellos ya habían encontrado el agujero, y lo usaron.
El primer asalto físico llegó en el metro, entre Sol y Tribunal. Sentí una presión helada en la base del cráneo y una mano invisible me giró la cara hacia la ventana del vagón. No fue mi reflejo el que me devolvió la mirada, sino el de Patricia, terriblemente pálida, con una sonrisa de dientes demasiado blancos. Parpadeé y desapareció, pero ya no me quedaba duda: algo usaba a los espectros de los desaparecidos para cazar a los vivos.
Comencé a hurgar en los expedientes del Archivo 17; localicé fragmentos, listas de nombres. Y todos, absolutamente todos, tenían notas escritas a mano con las siglas “O.V.” y marcas en la columna “Asunto espejo/ventana/voz”.
En esa época dormía apenas dos horas por noche. Todo tenía la textura del delirio, y la realidad parecía hecha de una gelatina translúcida que temblaba con cada golpe de teléfono, pasos en el pasillo, ecos en el portal, o chirridos de la caldera. De día, pensaba encontrar consuelo, pero la luz era su propio género de espectro: todo vibraba y orlaba de oro blanco las esquinas, donde juraría ver formar, por un momento interminable, la silueta del hombre sin cara.
El siguiente ataque fue más directo. Una noche de diciembre, el teléfono volvió a sonar exactamente a las 2:44. Respondí jurando que sería mi última confrontación. Una voz gutural, mezclada con el crepitar de llamas, repitió, en la cadencia de un rezo: “Non videre, non clamare, sed audire.” La línea no se cortó aunque apreté el botón varias veces; la corriente, la luz, la voluntad: todo congelado. El espejo del recibidor empezó a respirar, inflándose y desinflándose, como si contuviera un pulmón funerario. Mi reflejo avanzó dos pasos hacia mí, sus labios se estiraron en una sonrisa cavernosa, y del otro lado del cristal surgió una garra negra, enrollándose en mis muñecas. Sentí la quemadura y escuché a Patricia, detrás del espectro, susurrando, “Andrés, vuelve… vuelve…”
Entonces, algo en mi mente cedió. Sentí el peso de no estar solo. No sólo era espionaje ni milagros tecnológicos: lo que intentaban arrancar de nuestro mundo era el velo mismo que separa lo real de lo infernal. Los miembros de “Ordo Veritas” nunca buscaron vigilancia o control: intentaban mantener a raya a lo que, agazapado detrás del reflejo, espera siempre una llamada. Un pacto sellado por generaciones: usar el miedo y la paranoia como valvas de protección frente al verdadero horror.
El espejo, ahora, era una puerta abierta. Del otro lado, el hombre sin cara se puso de pie. Ya podía verle mejor: sus dedos terminaban en cuchillas espectrales, y su voz brotaba de un agujero donde debería haber mandíbula. La habitación detrás de él parecía infinita, poblada de figuras que murmuraban nombres y fechas: Pérez, Zuñiga, Alicia… Andrés… “Uno entra, uno sale.”
Corrí, no sé hacia dónde. La puerta del piso estaba bloqueada y cada vez que trataba de mirar cualquier otra superficie pulida (televisor, vitrocerámica, pantalla del móvil), la misma silueta brotaba, lenta, arrancando con fiereza el derecho a mi memoria y mi historia.
Al caer de bruces ante el espejo, comprendí: el único modo de cerrar la grieta era sellar el pacto con otro. El teléfono volvió a brillar. Las luces palmearon. Entre los estertores del miedo, marqué el número 17 y, esta vez, cuando la voz contestó, fui yo mismo quien repitió: “Non videre, non clamare, sed audire”. Sentí que mi reflejo se soldaba a mí. En el vaho helado, las siluetas retrocedieron. Por esta noche, estaba a salvo.
Patricia nunca volvió. Nadie preguntó. Los expedientes del Archivo 17 fueron triturados tras una inundación inexplicable. Yo sólo sobrevivo porque, cada noche, repito el mantra: nunca mires a los ojos de tu reflejo. Nunca hables a las sombras. Si tu móvil suena a las 2:44, no respondas.
Y si alguna vez, por error, llamas a un lugar y oyes más de una voz al otro lado—es posible que ya estés dentro. Porque hay pactos que, una vez sellados, no pueden romperse sin pagar el precio. Alguien siempre devuelve la llamada. Alguien siempre está escuchando. Y no eres tú.
Al caer la noche, compruebo que no haya superficies pulidas. Ahora los espejos me temen a mí tanto como yo a ellos. Pero sigo escuchando, tras el cristal oscuro, la respiración y el susurro que todo lo devora. Es la sombra que vigila. Y esta vez, ya he aprendido la lección: sólo escuchar. No ver. No gritar.
Sólo escuchar.
Porque el juego siempre empieza de nuevo, y el silencio nunca es absoluto.
Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.