Fragmento:
Solo faltaba Natalia, encargada de “la experiencia Cthulhu”: una ouija, un libro empapado de relatos traducidos del esperanto, y muchas velas. Eugenio, que se había obsesionado con el relato de Lovecraft sobre los habitantes del lago, reía nervioso, a medio camino entre la esperanza de que todo fuera teatro y el temor de que el miedo se colara por debajo de la puerta. La noche cayó rápido, apresurada como si el sol hubiera huido; la tormenta rompió el último resplandor y el grupo cenó a la luz temblorosa.
Duración: 10:08
Había lluvias de verano que eran suaves, arrulladoras, como un manta húmeda que te cubre mientras duermes. Pero la lluvia que aquella tarde cubría el lago Helmsley era una criatura distinta: fría, densa, una caída de agua salada, infatigable, que a veces parecía arrastrar consigo ecos de palabras. Era perfecta para un viaje de camping, porque te mantenía alerta, y aquel grupo de cuatro adultos enfermeros presentía que la alerta a veces podía salvar vidas.
Gregorio, cuyo humor negro y reír fuerte marcaban el ritmo del grupo, fue el primero en convertir el miedo en broma. “Al mal tiempo, cara de Cthulhu”, masculló, revolviendo la sopa sobre el fuego débil. Las ramas húmedas chisporroteaban mientras Ana, con el pelo ya pegado a la frente, revisaba las jeringas de emergencia. Siempre traía un botiquín más completo de lo necesario. Decía que los virus parecían preferir bosques y lagos, lugares húmedos, igual que las leyendas más viejas.
Esta vez, el lago estaba de un color acaramelado, corrupto, y la cabaña alquilada —cuya madera olía a algas muertas— parecía hostil aun antes de entrar. Las ventanas tenían postigos torcidos, y cuando el viento soplaba, jurarías que crujían como si alguien rascara desde dentro. Nadie habló del hombre que, semanas atrás, fue hallado muerto entre las cañas de la orilla, con la cara inflamada y la piel azulada. Pero todos lo sabían; de hecho, el agrio rumor había hecho el sitio más barato.
Solo faltaba Natalia, encargada de “la experiencia Cthulhu”: una ouija, un libro empapado de relatos traducidos del esperanto, y muchas velas. Eugenio, que se había obsesionado con el relato de Lovecraft sobre los habitantes del lago, reía nervioso, a medio camino entre la esperanza de que todo fuera teatro y el temor de que el miedo se colara por debajo de la puerta. La noche cayó rápido, apresurada como si el sol hubiera huido; la tormenta rompió el último resplandor y el grupo cenó a la luz temblorosa.
"Esta vez, la regla será: quien pierda al tic-tac encuentra la jeringa", dijo Natalia, iniciando su versión enfermiza de la ruleta rusa con la caja del botiquín. Pero en lugar de droga o agua destilada, algunas jeringas contenían efedrina —útil si alguien sufría una reacción alérgica—, otras solo aire, y una, según prometió, con un “extracto especial”.
Ana protestó; en broma, pero con un deje real de incomodidad. Nadie más quiso arriesgarse. “Las agujas me dan más miedo que los profundos”, farfulló Eugenio, recordando los cuentos de seres inmensos devorando a seres humanos en las profundidades.
El juego fue interrumpido por un golpe seco en la ventana. Mas allá, nada: solo la masa negra del lago, la lluvia dibujando columnas en la superficie. Fue Gregorio quien, sin que nadie lo viera, perdió la primera ronda y se pinchó el brazo. Al principio, nada: el zumbido de la aguja era tan familiar que ni lo sintió. Pero poco después, cuando la conversación se tornó irregular, Gregorio emitió un siseo casi felino y se levantó. “¿Está alguien sintiendo hormigueo? ¿O soy solo yo?”
Natalia sonrió, creyendo que bromeaba. “Tendrás alergia a la luz de las velas.” Ana, atenta, observó su brazo. La piel alrededor del pinchazo se había tornado glacial, tirando a verde oscuro, como si algo bajo la carne se moviera dibujando símbolos imposibles. El pulso de Gregorio latía acelerado y, por un instante, Ana juraría que una sombra de tentáculo tembló bajo las venas.
“Voy al baño”, murmuró Gregorio, tambaleándose con torpeza, los ojos nublados, la cara contraída en una mueca extraña. La cabaña estaba tan silenciosa que el grupo escuchó la puerta del baño abrirse y cerrarse apenas dos habitaciones más allá. Eugenio encendió una linterna; la lluvia había estrechado su cerco, martilleando la madera.
Natalia intentó bromear de nuevo, pero sus palabras morían en la garganta. El aire se volvió denso, cada vez más difícil de respirar, y los sonidos del lago fueron sustituidos por un arrastrar de algo suave, como piel mojada sobre piedra. Pasaron minutos, quizá media hora. Nadie quería ir al baño. Ana masculló que el juego había llegado demasiado lejos y tomó dos jeringas, dispuesta a vaciarlas en el fregadero.
Fue entonces cuando la puerta del baño se abrió y Gregorio salió. Pero el hombre que apareció ante ellos no era Gregorio. Había algo en sus pupilas, ahora infinitamente dilatadas, y en la forma reptiliana de sus labios, que no encajaba en la carne de antes. Caminaba de un modo nuevo, inhumano, y la piel del brazo, bajo los restos de sangre, palpitaba como si cientos de larvas verdes buscaran escape.
“La aguja estaba sucia”, murmuró. “Pero no de óxido. De... otra cosa.”
Intentó hablar, pero una arcada temblorosa lo interrumpió y, de golpe, se inclinó sobre la mesa. Ana tomó a Natalia de la mano y ambas retrocedieron. Gregorio, o la cosa que usaba su cuerpo, se arrancó la manga y mostró los símbolos oscilando bajo la piel; parecían runas, pero ninguna tenía forma constante. Eugenio cayó de rodillas, la linterna enfocando el abdomen de Gregorio, donde un bulto pulsaba, arañando la carne desde dentro.
“La inyección... lo trajo”, balbuceó Gregorio. “Me siento lleno, no de sangre. Lleno de agua negra.”
Hubo un rugido ensordecedor afuera: el lago, azotado por la tormenta, ahora formaba remolinos que brillaban con un fulgor verdoso. Algo en su superficie emergía, tentáculos negros y cuerpos sin forma. Las criaturas se arrastraban hacia la orilla, indiferentes a la lógica terrestre.
Natalia volvió a mirar la caja de jeringas. La “especial”, confesó entre sollozos, era solo cloruro sódico. Nadie le creyó. Ana tomó una jeringa e intentó insertar una dosis de adrenalina en Gregorio, pero la aguja rebotó contra la piel como si hubiera chocado contra piedra.
El cuarto se volvió gélido. Los postigos batieron; una presencia invisible entró, golpeando el aire, impregnándolo de olor a cieno y amoníaco. Gregorio comenzó a reír, una risa burbujeante, y en su garganta apareció un apéndice blanquecino, retorciéndose. El grupo retrocedió hacia la puerta, pero el pestillo, hinchado por la humedad, no se movía.
De repente, Gregorio se derrumbó. De su boca surgió líquido oscuro, y un tentáculo fino lo siguió, reptando por la madera astillada hasta colgar de su barbilla. Ana gritó al ver que los símbolos en la carne migraban, buscando las venas más cercanas, intentando llegar al corazón.
“Está usando su sangre como portal”, murmuró Eugenio, en un susurro que se ahogó rápido y desesperanzado.
En la puerta trasera, la madera cedió y un olor aún más fétido inundó la sala. Una criatura, semihumana, sedienta de húmeda visión, se deslizó, sus miembros abiertos como cuchillas de cefalópodo. Su voz era un aire ronco y retorcido, palabras que ninguna lengua humana había pronunciado antes. Natalia, de rodillas, intentó usar la ouija como talismán, pero la criatura la derribó con un solo roce.
“Sacrificio”, musitó la cosa, señalando a Gregorio con una extremidad viscosa. No necesitaba boca; hablaba directamente al nervio, al hueso.
La lluvia golpeó más fuerte, pero nadie huyó. Eugenio, histérico, inyectó todo lo que pudo en su brazo, esperando sentir cualquier otra cosa que no fuera terror. Pero su sangre ardió y su piel tembló: la inyección no calmaba; solo aceleraba la transformación, las visiones, las voces en la estructura del lago.
Ana cruzó la sala cojeando. El tentáculo de Gregorio la rozó y, por un momento, Ana sintió en su interior el vasto océano cósmico. Miles de ojos la miraron desde el fondo del lago, donde una ciudad ruinosa construida por dioses y locura deseaba alimentarse de milagros y enfermedades humanas. En el silencio, Ana comprendió: la inyección, el pinchazo, era la invitación. Hiciera lo que hiciera, la puerta ya estaba abierta.
Gregorio ya ni gritaba. Lo que ocupó lo que alguna vez fue su cuerpo se deslizó hacia la criatura aquática, fusionándose con ella en un matrimonio viscoso. Eugenio, asfixiado de miedo, se arrodilló ante el umbral, y Natalia, agarrando la ouija, intentó canalizar un nombre, algún exorcismo. Pero el tablero se agrietó bajo sus dedos y cortó su piel: la sangre corrió y los runas migraron a su cuerpo, igual que antes en Gregorio.
Fuera, el lago era un hervidero de apéndices, burbujas, formas grotescas. Otra criatura se acercó tocando la ventana, sus ojos diminutos y brillantes pegados al glas. El grupo ya no tenía escape.
Ana, por un segundo, creyó poder resistir. Tomó la última jeringa, la que creía vacía, y la dejó caer sobre la mesa, junto a la carne negra y muerta de Gregorio. El contenido chisporroteó en contacto con la madera. La sala entera se inundó de un zumbido, un acorde disonante.
La criatura acuática extendió los brazos sobre Ana, rozándole la frente con las ventosas. El olor a yodo y humedad la cubrió por completo y sintió su mente deslizarse: miles de voces, todas gritando nombres prohibidos, la arrastraron hacia la oscuridad.
Cuando la tormenta amainó, nadie salió de la cabaña. Al amanecer, la niebla cubría el lago, y donde habían estado las huellas del grupo solo quedaban profundos surcos, como marcas de tentáculos arrastrados por la tierra húmeda. Algunas jeringas vacías flotaban en la orilla, entre las cañas, junto a trozos de papel con runas imposibles.
Quien cruzara de nuevo la puerta de aquel refugio abandonado juraría escuchar en la lluvia el eco de una risa burbujeante, y si mirabas muy fijamente el reflejo en el lago Helmsley, podrías ver, bajo la superficie, cientos de ojos observando, esperando la próxima aguja, el próximo sacrificio. Porque el lago, igual que la carne inyectada, ahora había abierto una herida al otro lado. Una herida que jamás terminaría de cerrar.
Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.