Portada del relato Ecos en la habitación de al lado
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


No reconocía la caligrafía, ni podía entender por qué la niebla de su aliento dibujaba aquellas palabras en la superficie limpia. Tomó la toalla, limpió el espejo, dejó la luz encendida, pero el sueño no volvió.

Duración: 11:08

Ecos en la habitación de al lado
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Había algo en el departamento 7-B que no le permitía dormir, o quizás era algo en su propia cabeza, un eco persistente, una voz detrás de otra voz, una palabra tatuada en el ojo de su mente que se negaba a ser leída del todo. Diana se quedaba despierta hasta tarde, con los nudillos presionando las mejillas, mirando la televisión sin verla, oyendo nada más que el zumbido bajo de las cañerías y el tic nervioso del reloj de la cocina, mientras el corredor dormía allá afuera como la arteria seca de una ciudad moribunda.

No iba mucho que se había mudado. Quizás seis meses, pero los días parecían superponerse, y las noches, con su ambigüedad y sus murmullos, se hacían cada vez más largas. Diana se despertaba con la sensación de no haber dormido, pero revisaba el teléfono, veía la hora, y el calendario avanzaba inexorablemente. Sabía que algo estaba mal, pero el mal, ese que recorre la piel antes de clavarse en los huesos, nunca se presentaba de manera clara ni directa. Era subterráneo. Era suyo.

Era el sonido. Empezó una noche, a las 2:44 exactas. Un chasquido, algo arrastrándose en el dormitorio contiguo, el cuarto vacío donde tenía planificado poner una oficina que nunca llegó a armar. En la penumbra, Diana lo atribuyó a las tuberías, pero al siguiente día, la manecilla de la puerta estaba torcida, como si alguien hubiese forcejeado desde dentro.

No tenía vecinos en ese piso. El del 7-A había sido desalojado meses antes por deudas, y el departamento estaba vacío, con “Se Renta” pegado precariamente a la puerta. Nadie subía, nadie bajaba.

Negándolo con media sonrisa, trató de convencerse: ruidos de estructuras viejas, corrientes de aire, la madera que cede a la humedad. Sin embargo, la segunda noche, a la misma hora, escuchó pasos lentos, como si alguien caminase descalzo sobre granos de arroz. Se levantó, temblando, y fue hasta el cuarto. Abrió la puerta: nada, salvo la oscuridad y esa textura gélida en el aire. Cuando encendió la luz, la bombilla parpadeó, y por un instante le pareció ver asomar algo bajo la cama, una especie de forma escurridiza que desapareció al sobresalir el filamento naranja de la lámpara.

Las noches subsiguientes, era igual. Los ruidos no cedían, sino que aumentaban: murmullos, risas lo suficientemente bajas como para escurrirse bajo la piel y perforar los nervios. Diana empezó a buscar razones prácticas: gatos, ratas, niños traviesos, algún problema en la estructura del edificio... porque la alternativa era inaceptable.

Una de esas madrugadas, entre el sueño y la vigilia, sintió que alguien más respiraba en la habitación. No era un sueño, lo sabía, porque el frío era real y las sábanas estaban empapadas en sudor. La voz llegó primero, un murmullo de seda: “No cierres los ojos, Diana”. El sobresalto la hizo levantarse jadeando, el estómago encogido, el corazón golpeando en los dientes.

Trató de convencerse a sí misma de que lo imaginó, pero al encender la lámpara vio, sobre el espejo del ropero, algo escrito con respiración: “¿Te acuerdas de mí?”

No reconocía la caligrafía, ni podía entender por qué la niebla de su aliento dibujaba aquellas palabras en la superficie limpia. Tomó la toalla, limpió el espejo, dejó la luz encendida, pero el sueño no volvió.

Al día siguiente, la rutina la confundía. En la cocina encontraba platos sucios que no recordaba haber usado, tazas fuera de lugar, la radio encendida en canales desconocidos. Ropa doblada en el cesto de la ropa limpia, que juró no haber tocado. El gato del vecino la miraba por debajo de la puerta, con el lomo erizado.

Salió a la calle, buscó compañía en la cafetería de la esquina y se sentó junto a la ventana, esperando que el flujo del día disipara la inquietud nocturna. Pero alguien le tocó el hombro, un desconocido, y ella dio un salto. El hombre le sonrió.

—Perdona —dijo él—, creí que eras otra persona.

Diana le devolvió la sonrisa con nerviosismo. ¿Quién podría parecerle conocida a alguien más? Su vida había sido siempre monótona, sin amistades fuertes ni familia cercana. Una huella borrosa en la memoria de los demás y, a veces, hasta en la suya propia.

Esa noche, antes de dormir, dejó una grabadora en el dormitorio contiguo. Había leído en algún foro paranormal que así se pueden captar voces invisibles. Puso la grabadora sobre la mesa, encendió la luz, y cerró la puerta. Se fue a la cama, con la esperanza de obtener al menos certeza: o los ruidos eran reales, o su mente la traicionaba.

Lo que escuchó al día siguiente, sin embargo, fue mucho peor.

Rebobinó la cinta y se sentó junto a la ventana. Era un murmullo, bajo y tembloroso, como si la grabadora capturara el suspiro de alguien sollozando sobre la madera. Después, su propia voz, diáfana y lejana: “No quiero volver, no quiero recordar”. Se heló. Jamás había pronunciado esas palabras. No, no. Era su voz, pero no era ella.

Volvió a limpiar el espejo. De nuevo, palabras dibujadas con vapor: “Ya casi es hora”.

Todo en ella se fue encogiendo hasta un punto diminuto, apenas un nudo de pánico en el centro del pecho. Creyó estar volviéndose loca. Pero entonces, los días empezaron a desaparecer.

La primera vez, despertó en la sala, vestida con un sombrero que no era suyo, la televisión encendida y las ventanas abiertas. No recordaba haberse levantado, ni encendido la TV, ni, mucho menos, haber salido a comprar aquel sombrero viejo. En la segunda ocasión, las manos estaban manchadas de tierra, y había hojas en el cabello, como si hubiese ido al parque a medianoche a cavar.

Trazos y huellas de otra persona instalándose en su cuerpo, en su mente, en su piel.

Empezó a escribir un diario, con la esperanza de reconstruirse a sí misma. “Hoy me desperté con la impresión de haber llorado toda la noche. No recuerdo por qué. No tengo hambre, ni sueño. Hay algo que me evita en el espejo.”.

A la semana, el diario tenía varias entradas escritas con distinta letra, y ninguna le sonaba familiar. Algunas notas eran festivas, otras llenas de odio, alguna de ellas solo decía: “Está llegando, no hay tiempo”.

Fue el gato, una noche, quien la hizo volver a la realidad (si así puede llamarse ese estado). Lo oyó maullar desesperadamente del otro lado de la puerta, y cuando Diana abrió, lo vio mirar fijamente hacia el interior de su sala. Ella siguió la dirección de su mirada y notó la silla girar sola, despacio, como impulsada por invisible mano.

De fondo, en la cocina, alguien tarareaba “Daisy, Daisy”, esa vieja canción que su abuela le cantaba de niña. Se acercó, temblando, y en la pared estaba escrita, con salsa de tomate, la palabra “Recuerda”.

¿Qué debía recordar? Buscó en sus recuerdos, pero solo encontró lagunas y miedo. ¿Nunca había estado completa, acaso? ¿Quién era Diana? ¿Cuándo había comenzado a ser otra?

El teléfono sonó. Aturdida, contestó:

—¿Diana? —la voz era ronca, masculina—. ¿Ya lo entendiste? ¿Recordaste el accidente?

La cabeza le dio vueltas. ¿Accidente? Hubo un destello. Un automóvil, la lluvia, su madre gritando su nombre, el vidrio explotando sobre su rostro.

Colgó. El auricular pesó en su mano varios minutos.

Esa noche, los ruidos fueron más intensos. Oía pasos y respiraciones, oía llantos y gemidos. Alguien se metió en la cama con ella, podía sentir el hundimiento del colchón, el calor de una presencia indeseada. Cerró los ojos, apretó el cuerpo contra la pared. Una voz, la suya y a la vez no, exhaló en su nuca:

—Eres mía. Eres todas nosotras.

Despertó, desnuda, la puerta del cuarto contiguo abierta de par en par. En el interior, las paredes estaban rayadas con nombres, decenas, todos femeninos, todos diferentes, todos extraños y a la vez vagamente familiares. En el suelo, docenas de diarios escritos con caligrafías distintas.

A medianoche, volvió a revisar la grabadora. El mismo murmullo, pero esta vez, claro como agua: “No la dejes salir. Si sale, no volverás”.

Diana lloró. Todo le dolía como si las uñas de otra persona le escarbaran el cráneo desde adentro.

No quería dormir, pero el agotamiento ganó. En el sueño, un cuarto blanco y mujeres sentadas en círculo, cortándose la piel con fragmentos de espejo. “La última que despierte, gana”, decían. Cuando despertó del todo, la ventana estaba rota, y la sangre manchaba el parquet.

Llamó a la policía, y mientras le hablaba al 911, escuchó de fondo otra llamada, simultánea, donde alguien con su propia voz decía: “No vengas, no me lo quites, déjame aquí”.

La policía llegó, revisó el departamento. No encontraron nada fuera de lo común, salvo una pared del dormitorio con decenas de marcas de uñas, de diferentes tamaños, como si varias manos hubiesen intentado salir rascando desde adentro.

Después de ese día, los fragmentos se multiplicaron. Diana era alguien en las mañanas y otra en las noches. A veces, al mirarse al espejo, veía un rostro borroso, los ojos moviéndose levemente fuera de sus cuencas, la boca dilatándose. Se tocaba la cara: suya y ajena.

Empezó a dejarse notas entre cada despertar. “No dejes que me mate”, “No escuches a la que susurra”, “Cierra la puerta del cuarto contiguo”. A veces recibía respuestas: “No puedo más”, “La llave está bajo la almohada”, dibujos de ojos y bocas y manos cercenadas.

La última noche fue la peor.

A las 2:44, el clásico murmullo, pero esta vez acompañado de risas, carcajadas infantiles llenando la oscuridad. La puerta se abrió sola. Alguien —ella misma, y no— salió del otro costado de la habitación y se sentó sobre la cama.

—Diana, ahora entiendes —dijo la otra, la gemela salida del espejo, el rostro pálido y ojeroso, las muñecas cubiertas de cicatrices frescas—. No somos una. No estuvimos nunca solas aquí.

La habitación quedó impregnada de frío. La otra Diana la miraba, ojos negros como botones, la sonrisa torcida.

—Te toca dormir, para que yo despierte.

Diana supo que ya no habría vuelta. No supo si era un fantasma, una alucinación o ella misma desdoblada al límite de la cordura. Solo comprendió que seguiría despertando en cuerpos ajenos, en momentos robados, sin poder nunca saber quién era en realidad.

Al cerrar los ojos, escuchó cientos de voces, todas ellas propias, todas reclamando salir.

Abajo, en el corredor, el eco de un llanto, y con él, la certeza de que la fragmentación no es olvido, sino condena.

Y entonces, la oscuridad fue total.

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.