Portada del relato La Bestia en la Cuadra
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Fragmento:


No es un chillido fuerte ni escandaloso. Es un sonido finito, como un animal pequeño al que aplastan la cola. Sol se mueve en su sueño, murmurando, Verónica le acaricia la frente. El chillido se repite, y de pronto percibe alborozo en el pasillo. Alguien sale, corre, mueve una silla afuera.

Duración: 11:21

La Bestia en la Cuadra
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Texto de ajuste de pausa.

Era verano, uno de esos veranos demasiado calientes en la ciudad, cuando hasta los ladrillos ayudan a cocinar a los pobres adentro de los departamentos. Esos días donde el asfalto huele a caucho y las miradas se cruzan con una desconfianza apretada como las piernas de un chiquillo que no quiere irse a la cama. En el barrio de la Independencia, donde los muros están tatuados con nombres de muertos y las ventanas siempre guardan algún secreto vergonzante, Verónica llegaba tarde a su departamento después de lavar pisos en un call center.

El recibo de la luz, doblado y amarillento, descansaba sobre la mesa igual que un ultimátum. La nevera tose su último aliento, las luces parpadean con timidez, y en los cuartos, su hija de ocho años, Sol, duerme con la camiseta empapada de sudor, enredada en sábanas que apestan a pobreza acumulada.

La noche tiene esa textura opaca del polvo cuando no hay esperanza de que se respire aire fresco. Verónica caminó de puntillas hasta la ventana, se asomó buscando el aire podrido por los basurales al lado del edificio. Vio a los perros rondar, tan flacos e inquietos como ella, buscando algo que lamer en medio de las bolsas rajadas. Sintió ese miedo difuso que se mete por los orificios de la vida cotidiana, que no tiene forma exacta, pero que siempre está allí.

Afuera, los gritos de los adolescentes, los petardos de las motos. Alguien discute en la casa de al lado; algo se rompe, una sombra cruza la pared, todo normal. Pero hay algo más esa noche, Verónica lo detecta como sólo los que han vivido siempre a la defensiva pueden hacerlo: un silencio anómalo, una pausa donde debería haber ruido, como si el mundo contuviera la respiración esperando que pase algo malo.

Ella se fuerza un suspiro, acaricia el cabello de Sol y se tumba a su lado. Los minutos pasan lentos, arrastrándose, hasta que escucha el primer golpe. Es un ruido sordo, bajo, amortiguado, como de alguien arrastrando algo pesado por el piso de arriba. Primero no hace demasiado caso, está acostumbrada al bullicio interminable, pero el ruido se repite, más fuerte.

Pasan cinco minutos y entonces escucha el chillido.

No es un chillido fuerte ni escandaloso. Es un sonido finito, como un animal pequeño al que aplastan la cola. Sol se mueve en su sueño, murmurando, Verónica le acaricia la frente. El chillido se repite, y de pronto percibe alborozo en el pasillo. Alguien sale, corre, mueve una silla afuera.

Entonces siente picor en la nuca. La piel se le eriza y su cuerpo le dice lo que no quiere oír; que algo está tremendamente mal. Se levanta, abre la puerta con cuidado, y mira afuera.

El pasillo está oscurecido —por temas de ahorro, dice el administrador— solo dos lámparas titilantes acompañan a la muchedumbre que se ha agolpado delante de la puerta 38, la de doña Nelly, la anciana que siempre lleva medias gruesas aunque haga 40 grados. Hay voces bajas, exclamaciones nerviosas, y alguien llora, una mujer de pelo enmarañado.

Verónica no quiere acercarse, pero tampoco puede mirar a otro lado. Avanza dejando el eco vacío de sus sandalias contra el suelo pelado. Ve la puerta semiabierta, ve sangre en el marco, ve una estampa de horror tan cotidiana que se siente obscenamente simple.

Doña Nelly yace agazapada contra la pared, los labios hendidos, el ojo izquierdo hinchado como mora madura. Sobre ella, un hombre vocifera, el marido, conocido en el edificio por su mano larga y su silencio peligroso. Tiene las manos ensangrentadas, grita palabras estridentes que casi nadie entiende. El resto observa, algunos con teléfonos en la mano, grabando, otros simplemente maravillados, como viendo un documental morboso.

La hija de doña Nelly, una mujer joven, inútilmente intenta interponerse: “Para, papá, para…”, repite, pero él no la ve. Con la brutalidad de un oso, arroja a Nelly de nuevo al suelo, los huesos hacen un ruido seco, el aire se infecta de ese odio agrio, antiguo, que se respira cada tanto en los edificios de pobres.

Alguien solloza, una vecina grita. Pero nadie mueve un dedo, todos esperan que alguien más actúe, que el monstruo se extinga solo.

Verónica, paralizada, recuerda. Recuerda a su madre encogida en la otra esquina del barrio, la sangre en las cortinas viejas, el silencio de los niños cuando los gritos se volvían sirenas sin salvación. Recuerda cuántas veces juró que nunca sería cobarde, pero ahora, sus piernas se aferran al piso. Advantage Male, debilidades humanas.

De repente, uno de los chicos —un adolescente con el cabello como espinas negras— se acerca. No más de quince años. Tiene los ojos demasiado grandes. De pronto salta, inútil, y su puño se estrella contra la espalda del hombre. El monstruo se da vuelta, lo empuja, y el chico rueda hasta golpear la pata de una silla. Risas nerviosas, pánico. Uno de los perros, entusiasmado, ladra desde afuera de la reja polvorienta.

El griterío sube, la amenaza se vuelve tangible. El marido pega un bramido y desaparece hacia el fondo del departamento, tirando cosas en su camino, jurando contra todo lo que se cruza. En ese instante, una vecina encuentra aire, sale corriendo por las escaleras, gritando: “¡Llamen a la policía!”

El aire se queda denso, pegajoso. Doña Nelly queda tendida, jadeante, la cara amoratada, el hijo balbucea. El resto se dispersa, algunos cerrando puertas con rapidez, otros bajando la cabeza. No quieren ser testigos, su miedo es más fuerte que la compasión.

Verónica vuelve al departamento, con las rodillas flojas. Cierra con pestillo, respira entrecortadamente. Sol duerme todavía, ajena al precio de la noche. Ella se acuesta de nuevo, siente que el sudor la envuelve como una mortaja fina. Duerme intermitente, despertando con cada ruido del edificio, cada portazo, cada paso.

Esa noche, la policía no llega.

Al día siguiente, en la escalera, todos evitan mirar a la puerta 38. Alguien intentó limpiar las manchas, pero la sangre se ha filtrado a la madera. De reojo, Verónica ve a la hija de Nelly salir, ojerosa, con los brazos marcados de moretones. Nadie habla. Nadie pregunta. El sol pega sobre las ventanas, y la ciudad escupe su rutina mecánica.

En el trabajo, la cabeza le zumba, se traga historias de operadores telefónicos insatisfechos. Su compañera, Lucía, la reconoce: “¿Dormiste algo anoche? Tienes unas ojeras…”. Verónica asiente, no explica.

“Anoche parecía un velorio allá”, comenta Lucía con sorna vacía. “Dicen que la Nelly se va a quedar ciega de un ojo. ¡Qué vida…!”.

Verónica no permite a su mente navegar más lejos. Al regreso, en el colectivo, mira por la ventanilla abierta, las calles. La gente, cansada, parecería arrastrar una cadena invisible. Un viejo vende caramelos con una grabadora pegada al hombro, una madre le pega a su hijo por llorar, dos tipos discuten por un asiento. El mundo entero, piensa, es una cuerda tensa que puede romperse con el mínimo esfuerzo.

El martes por la noche, el departamento huele a resentimiento y café frío. Sol, más inquieta, pregunta por los gritos de la noche anterior, pero Verónica la distrae con cuentos de hadas rotos. Ya cayó la noche, y de nuevo, el edificio se llena de ruidos físicos y mentales. De repente, en el pasillo, vuelven los gritos.

Sale de nuevo, casi por inercia. La gente se arremolina otra vez frente a la puerta 38. El hombre volvió, más agresivo, borracho, lanzando cosas, clamando por dinero, por comida, por hijos que no quieren verlo. Hay un momento donde Verónica siente que podría pasarse toda la vida así: esperando la alarma, el forcejeo, el desastre.

La policía tarda casi una hora en llegar. Cuando finalmente suben, el monstruo está sentado en el suelo, balbuceando, doña Nelly apenas respira. Se lo llevan, a regañadientes, entre dos policías gordos. “Es un asunto privado”, dice uno, bostezo en la voz. “Ya vendremos después”.

El ambiente queda peor que antes. Nelly no habla, la hija tampoco. La vecina de al lado murmura: “Ya volverá, siempre vuelve”. Nadie la contradice.

Esa semana no hay descanso para Verónica. Por las noches sueña con golpes, con sangre, con ojos desorbitados. Bajo las escaleras, la gente se mira con hostilidad, como si todos fueran culpables de la miseria ajena. Una mañana, al salir para trabajar, ve a un niño hurgando entre la basura, ojos oscuros y pies descalzos. Un perro muerto junto al portón, las moscas encima. Nadie lo mueve. Nadie pregunta.

En el supermercado, una madre roba dos manzanas, un guardia la echa con la violencia sorda de los que conocen el hambre. “Mejor no te metas”, le dice la cajera a Verónica cuando intenta decir algo. “Uno nunca sabe”.

La televisión cuenta historias iguales todas las noches: asesinatos, robos, mujeres desaparecidas. Los vecinos cambian de canal, ven telenovelas, risas pregrabadas intentando tapar la sangre real de todos los días.

Esa es la rutina durante meses. El hombre desaparece, vuelve, golpea, se marcha, mientras el mundo gira sin compasión ni testigos. Los vecinos aprenden a no escuchar, a no mirar, a silenciarse. Los niños en el pasillo juegan a no llorar.

Hasta que una mañana de septiembre, Verónica despierta con un olor que no reconoce. No es el sudor, ni el asfalto caliente. Es un olor dulce y penetrante, como de carne y fruta podrida.

En el pasillo, la puerta 38 está cerrada, pero la rendija inferior chorreaba un liquido oscuro. Nadie dice nada por horas, hasta que, al mediodía, llega la policía finalmente alertada por los vecinos. Golpean a la puerta, la derriban.

La imagen queda grabada en la retina de todos: el cuerpo putrefacto de doña Nelly, una mano estirada hacia el pico de luz, la boca abierta en un gesto de súplica. El marido no está, nunca lo atraparon, nunca volvió. La hija se había marchado escapando del dolor días antes, nadie la vio irse, ni le preguntó a dónde.

El edificio guarda silencio. Verónica permanece en la puerta con el corazón oprimido. Sabe que esa noche no dormitara ni un instante.

Después nadie habla demasiado del tema. La policía investiga hasta donde puede; otra noticia más en el diario. El casero tapa la puerta, la vida sigue. Pero el miedo se queda, pegajoso, recorriendo los pasillos. Las voces se apagan. La gente ya no confía ni en el propio espejo.

De noche, Verónica arropa a Sol. La abraza con fuerza, como si pudiera espantar con un gesto la cosa oscura que vive en los rincones, esa bestia que no tiene nombre, pero que la sociedad alimenta todos los días.

Y mientras en la televisión siguen hablando de cosas que no importan, en ese edificio del barrio Independencia, una ventana queda siempre cerrada, y todo el mundo aprende a dormir con el oído atento al primer golpe de la noche.

El verdadero miedo —piensa Verónica, con los ojos abiertos— no es lo que ocurre en la oscuridad, sino todo aquello que sucede a plena luz, mientras los otros, simplemente, eligen no mirar.

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