Portada del relato La casa en la colina
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Fragmento:


La mansión de los Ferrand, coronando la cima de la Colina Gris, parecía recientemente surgida de un mal sueño, como si la tierra misma hubiera sobresaltado para expulsarla de sus entrañas. Había sido construida casi un siglo atrás, por manos que ya no susurraban su legado más allá de lo que los muros carcomidos podían exhalar. Se erguía sobre familias, generaciones y lo irresistible de sus secretos, rodeada por un cerco de acebos mustios y zarzas enredadas. Nadie regaba los jardines; sin embargo, proliferaban en la espesura, como si la decadencia atrajera vida a su manera torva y febril.

Duración: 07:35

La casa en la colina
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Texto de ajuste de pausa.

La mansión de los Ferrand, coronando la cima de la Colina Gris, parecía recientemente surgida de un mal sueño, como si la tierra misma hubiera sobresaltado para expulsarla de sus entrañas. Había sido construida casi un siglo atrás, por manos que ya no susurraban su legado más allá de lo que los muros carcomidos podían exhalar. Se erguía sobre familias, generaciones y lo irresistible de sus secretos, rodeada por un cerco de acebos mustios y zarzas enredadas. Nadie regaba los jardines; sin embargo, proliferaban en la espesura, como si la decadencia atrajera vida a su manera torva y febril.

Yo era entonces joven, curioso y desconocía el real alcance de la ambición. Mi nombre, Camille Vaillancourt, un sirviente contratado para ocuparme de los archivos, aunque pronto descubriría que los papeles muertos eran lo menos inquietante de esa morada. Fui admitido por la matriarca, la señora Odile Ferrand, una anciana de férrea compostura y ojos de agua estancada. Huía de mi propia pobreza y desconfiaba de las promesas fáciles, pero ansiaba tanto pertenecer a ese ámbito de lujo resentido que ignoré el primer temblor de mi espinazo la tarde en que crucé el atrio oscuro.

La casa olía a algo húmedo y agrio, parecido a monedas oxidadas. El mármol estaba cubierto de una fina capa viscosa, invisible al ojo pero evidente bajo los pies, que hacía a cada paso un ligero sonido de succión. Aquellos ecos marcaban mi avance ascendiendo las escaleras, mientras exploraba los corredores plagados de ajados retratos de ancestros. Todos compartían la mirada torva, el ceño fruncido, como si el linaje Ferrand hubiese parido generaciones de carceleros y nadie supiera aún qué criatura guardaban.

El primer indicio real llegó dos noches después, en la biblioteca de la torre norte, cuando un crujido sordo interrumpió mi labor. Apagué el cigarrillo temeroso de ser sorprendido; pero el olor a tabaco fue pronto opacado por un hedor más crudo, a sudor ácido y carne podrida. En la penumbra, atisbé una sombra moverse entre las estanterías, contorsionándose más como un vientre plagado de gusanos que como un cuerpo humano.

Me acerqué, tenso el pulso, la piel erizada. Pero sólo encontré al hijo menor, Adrien, un hombre enfermo de palidez invernal y temblores constantes. Su bata manchada parecía pegársele a la piel, y sus ojos, siempre hundidos, centelleaban en mi dirección antes de que soltara una carcajada baja. “Algo se desliza tras las paredes”, susurró, antes de marcharse agitando los brazos, de nuevo devorado por los corredores.

Aquella misma noche, desde el cuarto asignado, escuché rumorosas pisadas y gemidos en las paredes. A la luz trémula de la luna, distinguí una fisura por donde el empapelado se abombaba, extendiéndose como una herida que no sabe si sangrar o engullir. Tocándola, sentí una vibración caliente, distinta a cualquier ley natural de la piedra o el yeso; algo respiraba, lento e irregular, justo bajo la superficie.

Imposible dormir. Al alba, mi rostro parecía el de otro, y noté que la comida tenía un sabor metálico. La servidumbre, ya de por sí escuálida y hosca, me lanzaba miradas culposas. Tan sólo Germaine, la mucama más antigua, se atrevió a musitarme una advertencia: “No se acerque a los sótanos. Nada baja… nada que luego regrese igual”.

Hice caso omiso, movido más por obstinación que por valor. A mediodía, descubrí tras la cocina una trampilla oculta bajo esteras roídas. A través de sus rendijas ascendía un hilo de aire que apestaba más que la peste y la descomposición. Me abrí paso bajando los peldaños y la penumbra se hizo absoluta. Allí, en una vastedad húmeda poca veces hollada, descubrí extrañas manchas negruzcas en las paredes, cicatrices borrosas de humedad y otras recientes, con costras brillantes. Más al fondo, oí un susurro narrando cuentos sobre raíces y carne. El murmullo era interminable, cada vez más cercano, hasta que topé con la fuente.

En el muro sur, bajo la mampostería agrietada, se abría una oquedad. Dentro, palpitaban retazos de carne y hebras mucosas, conectadas a una forma informe que se expandía, latía y retraía. El hedor me provocó náuseas. Observé horrorizado cómo una mano, de piel translúcida como la de un feto de rata, asomó arrastrándose hacia mí. De repente, de esa masa surgieron dientes y ojos pigmeos, multiplicándose como perlas podridas.

Corrí escaleras arriba, trastabillando, sólo para ser interceptado por la señora Ferrand. “Ha visto demasiado”, me dijo, su voz carcomida de siglos, “pero aún puede comprender”. Tomó mi brazo con fuerza inusitada y me llevó a través de pasadizos secretos de la mansión, en donde las paredes rezumaban el mismo fluido que la cosa del sótano.

En el cuarto de los retratos, Odile descorrió una cortina polvorienta. Allí, tras el cristal, acechaba un daguerrotipo deforme: los Ferrand reunidos, pero en sus pálidos rostros, imperceptibles a simple vista, se insinuaban pequeños brotes de la enfermedad, nódulos que luego reconocí similares a los que asolaban el sótano. “El linaje Ferrand”, explicó, “nunca ha sido del todo humano. Lo que usted vio abajo es nuestro huésped primigenio. Nos unimos a él generación tras generación, y él nos da longevidad, poder… a cambio de nuestra voluntad. Hace décadas que ansía otro portador”. Me miró, y juro que en su ojo izquierdo danzaba un diminuto gusano blanco.

“¿Y el resto de la servidumbre?” balbuceé.

“Algunos han intentado resistirse —son alimento—. Otros”, musitó, “aprenden a amar el calor viscoso de la herencia”.

Esa noche alcancé a Adrien, cuya pitiful fragilidad ahora parecía una carcasa, un caparazón de lo que había sido. Me mostró su pecho y vi docenas de pequeñas bocas, abiertas y suplicantes en sus costillas; cada una emitía un chillido cuando las tapaba con la mano. “No lo rechaces”, me rogó, mientras lacrimaba sangre negra, “la soledad es peor”.

Pero yo, poseído de un terror atávico, sólo pensaba en huir. Planeé mi escape por los ventanales de la galería este. Iba avanzando a tientas, con una lámpara temblorosa, cuando sentí la boca de la casa cerrándose tras de mí: los techos retumbaban como un estómago, las cortinas ondeaban como lenguas, y en cada esquina percibía la inminencia de pequeñas patas colándose entre las vigas.

Erré por una noche interminable hasta la carretera, esquivando manos espectrales y gemidos de los que fui sirviente, huésped, casi pariente. Vi, mientras escapaba, un resplandor en la casa —el corazón del huésped latiendo, transmutando a los Ferrand, invitándolos a su abrazo pegajoso.

Nadie creyó mi relato al llegar al pueblo. Un médico local me diagnosticó esquizofrenia aguda. Insistí una y otra vez sobre los gusanos en la carne, la infección que sella generaciones, sellada no sólo en cuerpos sino en voluntades. Nadie más regresó a la mansión, pero los Ferrand han continuado, invisibles, en los márgenes de la sociedad, mudando de nombre y de piel. Algunos dicen que los sirvientes aún están allí, paseando por los jardines podridos, arrastrando piernas cubiertas de llagas mientras los descendientes de Odile observan, vigilantes, desde las ventanas.

Y yo, a veces sueño con la humedad viscosa, con los parásitos acechando bajo mi propia piel, preguntándome si acaso uno de ellos logró entrar en mí, esa noche de huida, y he sido desde entonces sólo su portador, contando esta historia para infectar a otros con la semilla de su horror. Porque, una vez abierto el cuerpo o la mente a la colonia, sólo queda esperar el siguiente ciclo: el hambre, la simbiosis, la herencia. Y así, el huésped sigiloso se propaga, hasta terminar de devorar cualquier atisbo humano bajo la máscara de la sangre.

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