Portada del relato La materia de la noche
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Fragmento:


“El médico”, murmuró ella, a lo que Félix asintió distraído, pero sin moverse.

Duración: 12:01

La materia de la noche
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Texto de ajuste de pausa.

Siempre ha habido mucha luz en esta casa, incluso en días nublados como hoy. Miriam jamás lo hubiera admitido en voz alta, pero a veces detestaba cómo la claridad parecía exponer hasta el último rincón, cada pequeñas mota de polvo que huía bajo los muebles, cada telaraña hilada por alguna araña diminuta en la esquina invisible de la ventana del baño.

Hoy era sábado, día de limpieza, y el aire olía a detergente y limón: su marido, Félix, practicaba la ritualizada aspereza del orden, pasando y repasando el trapo húmedo por las superficies, mientras ella aceitaba el sartén para el primer desayuno del fin de semana. El hijo, Mateo, de doce años, había despertado con fiebre y permanecía acurrucado frente al televisor, cubierto por la sábana blanca, apenas visible entre las grietas de luz.

“¿Cómo te sientes?” preguntó Miriam, acercando una taza de té a Mateo y tocándole la frente.

Mateo gimió con suavidad y no levantó la vista de la pantalla. La piel de su mejilla tenía esa palidez azulina que precede una fiebre fuerte, y al tocarle descubrió una aspereza anómala, como si el rostro hubiera pasado por una noche entera restregándose contra alfombra vieja. La madre, inquieta, bajó la mirada: por primera vez en años, le dio miedo el tacto de la piel de su hijo.

Félix movía los muebles para barrer debajo, ruidos sordos y correctos, energéticos. Había algo distinto en la manera en que él se movía, algo tenso, crujiente. Le veía la nuca, el corte reciente de cabello, la forma en que el sudor humedecía su camisa cerca del cuello. De repente, pensó en lo del otro día: cómo lo había sorprendido rascándose el brazo durante la noche, frotando una y otra vez el dorso contra la colcha, hasta que la piel se le marcó con líneas encarnadas, casi sangrantes. Lo había hecho en sueños, sin despertarse.

No pudo evitar sentir que todos en la casa rascaban la vida, frotando sus cuerpos contra los muros invisibles del cansancio y el pasar de los años.

No fue sino hasta las once que notó la mancha bajo la puerta del baño. En ese umbral había una alfombrita gris y, justo en el centro, un charquito apenas más oscuro, pegajoso. Miriam, siempre meticulosa, se agachó para observarlo mejor. Metió un dedo en la mancha, la llevó a la nariz—y sintió un hedor ácido, como carne o piel en descomposición, algo entre el óxido y la cebolla cortada. La retiró de inmediato.

“¿Hay fuga?" preguntó Félix desde la cocina, sin mirar.

Ella ignoró la pregunta. Volvió al baño, encendió la luz y examinó la bañera, el lavabo, el espejo empañado. Todo, aparentemente, normal. El espejo mostraba su rostro alargado, cansado—resaltaba en ella, igual que en Mateo, una resequedad inusual en los labios, un prurito apenas disimulado en las mejillas. Reparó en el borde de la bañera. Allí, mezcladas entre cabellos atascados, notó unas finas tiras rosadas, como virutas de zanahoria pero translúcidas y correosas.

Volvió a oler esa peste: mucho más densa, como leche pasada. Se escudó tras el palo del cepillo mientras desenredaba la maraña y, al retirarla, esas tiras comenzaron a deshacerse bajo el agua caliente, dispersándose pero persistentes, pegajosas. Era como si alguien hubiera intentado limpiar restos de una herida abierta.

Se llevó la mano a la boca. Recordó, sin querer, los relatos de su abuela: gelatinas de hueso, supuraciones extrañas tras noches febriles, niños que despertaban y encontraban su propia sombra pegada a la almohada, como una segunda piel.

Al regresar a la sala, notó que Félix había dejado la escoba y miraba a Mateo con una atención perturbadora: no era la mirada de un padre cuidadoso, sino la de un carnicero examinando una res para asegurarse de que no hay desperdicio.

“Está peor”, murmuró Félix. “Se le están pelando los labios”.

Miriam miró de nuevo. Tenía razón: la piel alrededor de la boca de Mateo, normalmente suave, ahora era dura, agrietada, y se desprendía en escamas delgadas.

“El médico”, murmuró ella, a lo que Félix asintió distraído, pero sin moverse.

Intentaron llamar, pero en la línea sólo respondía la música automática y una voz distante repitiendo que el sistema estaba colapsado, que esperaran, que pronto los atenderían. La mañana se disolvió en esa rutina: lavar, limpiar, cambiarle la compresa al niño, llenarle de crema humectante las zonas afectadas. Pero nada funcionaba. El picor se propagó, y no sólo en Mateo—ella misma notaba sus piernas más escamosas, y Félix ahora rascaba sus brazos casi compulsivamente, dejando líneas rojizas como caminos de hormigas heridas.

Miriam abrió el botiquín buscando pomadas antiguas y, de pasada, descubrió que su propia espalda tenía una costra irregular, oculta justo al borde del sujetador. Intentó rascar, tímidamente; debajo de la uña salió un filamento translúcido, como si se hubiera arrancado parte del forro de una almohada muy usada. Lo tocó, lo olió. Piel.

Algo gruñó en el cuarto de Mateo. Corrió hasta allí y lo encontró sentado en la cama, retorciéndose en la sábana, su cara mitad oculta bajo una gasa. Cuando Miriam iluminó con la linterna, el niño se tapó los ojos y sacudió la cabeza.

“Estoy frío, mamá”, susurró, “y me pica todo”.

La madre levantó la sábana y sintió un sobresalto. En los brazos de Mateo, ahora, se acumulaban extensas áreas despellejadas, como si la piel se hubiera despegado en fragmentos. Los bordes de las heridas, sin embargo, eran limpios, no sangraban; debajo se avistaba algo opaco, una dermis brillosa, como el plástico nuevo bajo la envoltura de una prenda.

“No lo rasques”, ordenó Miriam, casi gritando.

Pero ya era tarde; Félix los miraba desde el vano de la puerta, su propia piel también colgando en tiras pequeñas sobre el cuello de la camisa. Tenía una expresión ausente, como si estuviera en trance.

“Nunca nos habíamos despedido de la piel así”, murmuró en voz baja.

“¿Qué dices?”

“Que esta casa…”, balbuceó él, masajeando con brutalidad su propio antebrazo. “La luz nunca deja que esté oscuro de verdad, ni adentro ni afuera. Aquí la piel sobra”.

Mateo empezó a sollozar, tapándose los ojos con los puños, friccionando, hasta que Miriam lo apartó de un tirón.

Durante toda la tarde, mientras afuera el cielo viraba a un gris húmedo, se repitió la rutina infernal: nadie podía dejar de rascarse. Miriam intentó ducharse, pero bajo el agua las escamas aumentaron, y la mancha viscosa apareció de nuevo al final de la bañera. Cuando vació por completo el agua, una especie de tapón translúcido bloqueaba la salida, como si toda la familia hubiese comenzado a desollarse lentamente, y sus despojos quedasen ahí, sin testigos.

Los remedios fallaron. Llamaron de nuevo al pediatra; nada. En las noticias, una breve mención a “un brote alérgico”, pero Miriam sabía que no era cierto. Sintió que algo, mucho más profundo, se estaba desmoronando: no su casa, sino algo debajo de la piel, quizás toda su vida secreta, su cuidado perpetuo, la herencia de abuelas arcaicas y cuentos de terror escondidos.

No se atrevió a dormir hasta entrada la madrugada. Félix yacía en el sofá, cubierto bajo una manta, rascándose hasta sangrarse; Mateo, en su cama. Solo entonces, Miriam se sentó junto al ventanal de la sala, y comenzó a hurgar con firmeza en los codos, donde la picazón era peor. Extrajo, con paciente detenimiento, largos segmentos correosos. A la media hora, tenía una pequeña pila junto a sí. Bajo la lámpara de lectura los examinó: la luz los atravesaba, revelando una red capilar y minúsculas perlas de grasa incrustada.

En algún lugar de la casa, escuchó un crujido: Félix o Mateo, reptando fuera de la cama para ir al baño, tal vez, o huyendo sin rumbo en el crepúsculo doméstico.

Ese fue el primer día.

El lunes siguiente la situación había empeorado. Ahora los tres llevaban guantes para evitar hacerse más daño, y Félix sugirió vestir mangas largas, incluso dentro de casa. Mateo rechazaba la comida, y su piel se desprendía en láminas de mayor tamaño.

Miriam consultó foros en Internet, preguntando por síntomas, fotos, nombres de enfermedades jamás oídas y hasta maleficios. Tantos casos, en tantos sitios. No existía diagnóstico. No existía cura.

A la semana, Miriam recibió una llamada. Era su hermana: “¿Cómo está Mateo?” preguntó, con una voz temblorosa.

"Peor", respondió Miriam, y después oyó el llanto seco, contenido, al otro lado de la línea. No mencionaron lo obvio: que la hermana también había estado rascándose, desde hace días, y ahora pedía perdón por no tocar ese tema, por no visitarla en persona, por no mirar de frente la desintegración familiar.

El siguiente viernes Félix dejó de ponerse guantes. Dejó de hablar con Mateo. Vagaba por la casa, pálido y cansado, las tiras de su torso colgando blandamente a través de la camiseta. Cuando Miriam intentó abrazarlo, él se apartó, con una violencia muda.

“No siento el contacto”, murmuró.

Por la noche, Mateo gritó. Se había arrancado un pedazo de piel en la pierna; la herida, rosada, pareciera que lucía mejor ahora, menos irritada… pero no era piel lo que comenzaba a crecer, sino una membrana fina, como cuero lustroso, sin poros, sin aspereza, terminaciones nerviosas o cicatrices. Una especie de vestidura postiza.

Miriam notó el cambio; algo, debajo de la carne, se endurecía. No podía dejar de rascarse. Se miró a sí misma, el espejo desempañado, y vio su rostro: casi sin cejas, con el cabello pegajoso, las mejillas forradas de una pátina alienígena, traslúcida, como si fuese de cera o piel nueva. Lo atisbó: el reflejo sonreía levemente antes que ella, y se tapó la boca con ambas manos.

Esa noche, soñó con su madre, la abuela de Mateo. Esta aparecía desnuda en un bosque, rodeada de luz ácida, escarbando en la tierra para enterrar su propia piel, extendida como prenda inutilizable. “No hace falta”, susurraba la madre, “ya no duele”.

Y Miriam, exangüe, despertó en la sala, con la mano pegada al sillón por largas hilachas de piel desprendida.

Félix había abandonado la casa. Una nota informe reposaba en la mesa: “No lo soporto. No hay solución. Perdónenme”.

Mateo ya no hablaba, observándola con ojos húmedos, carentes de pestañas. El brillo de su rostro era reptiliano, ajeno a cualquier memoria del hijo que sostuvo en los brazos esa primera madrugada de fiebre.

Por la tarde, Miriam abrió todas las ventanas. El aire exterior era ardiente, eléctrico, rezumando una humedad que pegaba la ropa al cuerpo como pliegos de papel encerado. Miriam, exhausta, se sentó en el suelo, y con determinación, comenzó a desprenderse lo que quedaba de su piel, capa a capa, sin mirar atrás, sintiendo apenas un leve escozor, un alivio narcótico y frío. Afuera, los autos pasaban, la tarde caía, los vecinos saludaban de lejos—y debajo de la epidermis, acechaba una nueva materia, el legado invisible, la capa inexplicable que la casa, la familia y la luz siempre ocultaron bajo brochazos de limpieza y rutinas matinales.

Y cuando la luz del crepúsculo hirió la sala, Miriam se permitió extraer un último haz de piel vieja, extendiéndolo como bandera, antes de dejarse envolver por la luminiscencia absoluta del hogar. Porque, en ese momento, comprendió finalmente que la piel no protege de nada—solo divide, y a veces, cuando la fiebre es lo único sincero, lo único posible es dejarla ir.

Lo demás, la luz, la familia, la casa… todo lo demás es solo noche en la que nunca, nunca, volverá a valer la pena esconderse.

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