Portada del relato La visita
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Fragmento:


Cuando sonó el timbre, Laura pegó tal salto que la taza se le resbaló de la mano. El café se desparramó en la alfombra, negro como una herida coagulada. Por un instante, el timbre permaneció flotando en el aire, largo y largo, como si la insistencia de la fiebre se hubiese hecho metálica y eléctrica.

Duración: 12:07

La visita
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Texto de ajuste de pausa.

La casa rezumaba sudor. El calor era denso, sólido: una sábana húmeda a la que nadie daba la vuelta, pegada a las paredes y a las mantas, arrugada entre los pliegues del tiempo muerto. Laura se aferraba a su taza de café, el borde humeante en vez de escudo, una frontera. Afuera, la ciudad languidecía bajo la ola de calor que había hecho caer a los viejos, retorciendo el asfalto. Adentro, la fiebre era subterránea, como un rumor de tuberías quebradas; un vapor invisible que le carcomía los huesos. Había dejado correr el ventilador hasta quemarle los tímpanos, pero el sudor le manchaba la piel igual que si la besara una boca necia y ciega.

Cuando sonó el timbre, Laura pegó tal salto que la taza se le resbaló de la mano. El café se desparramó en la alfombra, negro como una herida coagulada. Por un instante, el timbre permaneció flotando en el aire, largo y largo, como si la insistencia de la fiebre se hubiese hecho metálica y eléctrica.

La mirilla le devolvió un ojo oscuro, mucho más claro que la penumbra en el portal. Era uno de esos repartidores de las aplicaciones—un chico famélico, nervioso, de mejillas afiladas y piel reluciente de sudor. Traía bajo el brazo la bolsa de comida rápida con los logos de un pollo sonriente. Laura no recordaba haber pedido nada. Ni siquiera sabía si tenía hambre, porque la fiebre es un hambre distinta, que nunca se sacia. De todas formas, abrió la puerta; el ventilador ocultó las primeras palabras, y el chico volvió a repetir:

—Sra. Laura Benet, ¿no?

Ella asintió, aunque casi esperaba que dijera otro nombre, cualquier otro.

—Tiene que firmar aquí.

El sudor del chico olía raro, igual que ajo rancio bajo una carpa. Cuando Laura cogió la bolsa, sintió la inercia podrida de lo tibio: caliente, pero demasiado húmedo. Lo que había dentro temblaba, un peso animal que se reacomodaba como una rata dormida.

Él ofreció el móvil para firmar. Sus uñas estaban negras y mordidas.

Laura rozó la pantalla. La fiebre le hizo bailar las letras ante los ojos, y por un segundo vio cómo los números del pedido se derramaban en líneas, igual que los gusanos del café por la alfombra.

Cuando cerró la puerta, el sudor bajo la bolsa goteó en el parquet.

No abrió el paquete. Lo llevó hasta el fregadero y lo dejó junto al cubo de basura, con esa vaga intención de toda fiebre: lo haré después, cuando el calor permita moverse. En vez de eso, fue directa a la ducha, despacio. No podía casi distinguir sus propias manos: tan rojas e hinchadas estaban, tan llenas de ella y de ese calor que le subía de la piel por el pecho y el cuello. El agua, demasiado tibia, solo repartió la fiebre por su espalda.

Al salir, notó un rumor apagado en el fregadero, una especie de zumbido.

Pensó en la comida enfriándose y le entró una náusea espesa.

Llevaba días —tal vez semanas— sintiendo que la casa acunaba su fiebre, dándole abrigo igual que a una enfermedad milenaria que solo esperaba su turno para desmembrar huéspedes. Nada más. Eso pensó al ver la gota oscura en la encimera.

Pero la gota latía. Una costra apenas perceptible, con el mismo olor rancio de la bolsa. Laura estiró la mano: la mancha estaba caliente, un poco viscosa, muy distinta al café seco de la alfombra.

Pensó en llamar al número del recibo, devolver el paquete. Pero ya era tarde: el teléfono parecía derramarse entre sus dedos y, de todas formas, la fiebre le tenía los ojos llenos de motitas brillantes que zumbaban como mosquitos.

Por la noche la fiebre subió. Dormía a trozos —media hora aquí, veinte minutos allá— y despertaba con el colchón hecho una ciénaga muda de sudor y piel rancia. La ventana apenas dejaba entrar aire, y el asfalto, allá abajo, hervía como una fisura reciente en una olla a presión. Entre sueños, oyó algo moverse en la cocina. Un animal, pensó, o el eco de la nevera enloquecida por el calor. Pero no se levantó. No solo por el cansancio o la fiebre, sino porque algo en esa noche de verano le susurraba que era mejor esperar.

En el siguiente despertar, cuando ya la boca era un serrín áspero y la garganta una cueva agrietada, Laura oyó una respiración. Un puñado de jadeos húmedos, entrecortados, justo al otro lado de la puerta del dormitorio. La fiebre puede hacer que el propio pulso resuene como pasos, pero Laura conocía el sonido de su corazón, y esto era otra cosa. Esto era como si alguien, o algo, lamiese la madera oscura hasta calentarla.

El ventilador oscilaba y, por un resquicio, la puerta tembló.

Contó hasta diez. Todo se quedó en silencio, y otra vez el sudor comenzó a enfriarse bajo las sábanas. Un zumbido surgió, regular, de la pared. El sol nacía, rojo y ciego, tras la persiana mellada.

Decidió no dormir más.

Al abrir la puerta la encimera rezumaba un hilo más grueso de humedad. La bolsa de comida se había hundido entre el cubo de basura y la nevera. Solo quedaba el residuo de un olor tan dulce como amoníaco. Laura pensó en llamar a los de atención al cliente. Pero al alzar el teléfono, notó un cosquilleo en el oído, demasiado cerca.

—Tienes fiebre, Laura.

Se le escapó de la garganta un grito, pero solo era su propia voz. El locutor de la radio, encendido sin querer, gordo de anuncios y de consejos, sonaba metálico. *Protege tu salud en esta ola*, recomendaba un médico. No abras la puerta a desconocidos si tienes síntomas...

¿Había abierto la puerta?

Alguien había estado en el pasillo, tocando la puerta durante la noche. Recordó el rumor pegajoso contra la madera, ese jadeo. El paquete. El chico de las uñas negras. Era absurdo.

A media mañana la ciudad gritaba. Sirenas, coches chocando como burbujas calientes, vendedores callejeros escupiendo helados derretidos. Laura bebió agua. Agarrada al grifo, con los labios mordidos. Sentía la lengua gruesa, como cubierta de rocío caliente. Se la imaginó vestida de velas negras, untada de cera y yerba seca, igual que un santo en procesión.

No sabía cuánto tiempo pasó allí, agachada, viendo el agua correr entre los dedos de la bolsa de basura. El calor la estrujaba. Había moscas: cientos, todas bailando sobre la suciedad, goteando en el cubo igual que una camada de catarros.

Por la tarde, Laura supo con certeza que había alguien más en el apartamento.

La presencia era sutil, voraz, anclada en las sombras de las habitaciones cerradas. Se manifestaba en el aire: el olor dulce, casi familiar, que a veces reconocía como el sudor de otro cuerpo demasiado pegado al suyo en cama ajena y a veces como la respiración de una bestia en reposo. Con la fiebre, la casa parecía vibrar a un ritmo ajeno, desfasada y caliente. Todo tenía un pulso. Laura se movía despacio, midiendo los pasos, replegada siempre en dirección contraria a la cocina, al baño, incluso a la entrada.

La fiebre crecía. Empezaron las visiones: franjas de color tras los párpados, rostros dibujados en los azulejos, grietas en la pintura que parecían dobles pestañas de ojos cerrados, y luego abiertos. Oía, en la alcoba, el retintín de la bolsa de papel, que ahora sonaba menos como la bolsa y más como un costal de carne húmeda, apretada y madura.

La noche llegó escrupulosa, sin brisa. Laura bajó persianas, cerró puertas. Algo golpeó la ventana una hora antes del amanecer. Detrás del cristal, sombras borrosas bailaban en el vapor. El ventilador, fatigado, perdió ritmo. El aire se volvió aún más espeso.

Entonces sonó el timbre.

El mismo, largo trazo de electricidad amarga. Laura tardó en reaccionar; la fiebre había dejado un sabor metálico en su boca, y sentía las piernas flojas, pastosas. Se arrastró hasta la puerta.

Por la mirilla, nadie.

Abrió. El pasillo del edificio estaba oscuro, más caliente todavía que su sala. Al pie de la puerta, un paquete: mucho más chico. Cajita cuadrada, envuelta en papel marrón, atada con una cuerda negra. Laura sintió de inmediato la urgencia de tirarlo por la ventana, pero algo en el calor, o en la costumbre de obedecer la inercia, le hizo llevárselo dentro.

Sobre la mesa, abrió el envoltorio.

Dentro, no había nada tangible: solo una hoja de papel doblada en cuatro, escrita a mano con una letra hundida.

*No te preocupes, Laura. Pronto bajará la fiebre.*

La letra cálida. Y en la hoja, unas gotas húmedas, que desprendían un olor vagamente familiar: el mismo que la bolsa de comida arrastrada a la basura.

Laura notó una punzada en la nuca.

De repente, el paño sucio sobre la bolsa crujió. Algo se movía debajo, entre los pliegues de basura. Un traqueteo apagado, como garras pequeñas, luego el ruido sordo de un bulto al golpear la tapa. Laura corrió, arrastrando el ventilador con una mano y una escoba en la otra. La fiebre ya no era calor: era un veneno azulado en la médula, una vibración en los dientes.

Un chillido sibilino brotó de la bolsa. Laura abrió de un golpe el cubo y apartó la bolsa con la escoba. Bajo el papel manchado había, apretada, una forma oscura, pulposa, como si algo hubiese empezado a germinar en el fondo de la basura. La masa se movía, temblaba, abría pequeños ojos de líquido, y al tocarla —con el palo, con miedo— notó un calor tan intenso que las yemas de los dedos le palpitaban.

Dejó caer la bolsa entera en la bañera. Perforó el plástico con la escoba y se apartó. La fiebre le nublaba los sentidos, pero vio, por un instante, cómo de la bolsa surgía una especie de red de filamentos brillantes, como raíces, o venas rojas que buscaban el desagüe. El olor era almizclado, más animal que humano. La bolsa, entonces, gimió: un lamento de latón y pan tierno, como si dentro alguien, algo, supiera pronunciar solo el dolor.

Laura cerró la puerta del baño y echó el pestillo. Por un rato nadie se movió, ni respiró más allá de su garganta.

No volvió a dormir durante toda la noche.

El calor subía, como si la ciudad entera ya no fuera más que el vientre cerrado de una bestia.

Al alba, cuando la fiebre alcanzaba la barrera de lo soportable, Laura supo que esa cosa seguiría creciendo. Que saltaría la tapadera de la bañera, treparía por los azulejos y buscaría el corazón cálido que la fiebre había vuelto tierra fértil. Junto a la puerta del baño, oyó el susurro lento de la bolsa abriéndose a sí misma, sorbiendo el vapor de la piel y los nombres de los que alguna vez vivieron allí.

Laura pensó en salir. Pensó en marcharse sin mirar atrás, dejar la puerta abierta para que la peste se tragara la casa. Pero sentía, en lo más profundo de los huesos, un hormigueo: la fiebre era ahora un invitado, no una enfermedad.

Al notar el suelo latir bajo sus pies, bueno, se rindió. De todas formas nadie baja la fiebre en un sótano cerrado al verano, nadie escupe los huesos donde la enfermedad se ha hecho templo.

La ciudad, al despertar, olía igual que la bolsa. Y Laura, por primera vez en días, dejó de sudar. Solo tembló un poco, como si la visitara el hambre de otra carne distinta, la que ya no le pertenecía.

Pero la fiebre, eso siguió creciendo. Y, en toda la casa, el zumbido se disolvía en agua tibia.

Laura se sentó en el suelo, la espalda contra el baño. Abrió la boca hasta el fondo, y solo se oyó la respiración lenta, animal, de la cosa que ya no era solo fiebre. Era un eco: el de quien sopla desde dentro de una grieta, y espera.

Y afuera, en la ciudad, miles de puertas abrían para dejar pasar el calor.

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