Portada del relato La sombra sobre el andén
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Entonces miró el reloj: eran la una y diecisiete. El tren nunca llegaba con tanto retraso.

Duración: 09:03

La sombra sobre el andén
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

La lluvia caía con una constancia plúmbea sobre la ciudad dormida, como si el cielo quisiera borrar a golpes de agua cada sucia huella humana. El tren de la una y cuarenta y cinco llegaba siempre a tiempo; era el tren de los insomnes, de los que evitaban el día y sus juicios, y de Teresa, cuya vida se había arrugado y plegado tantas veces que ahora se desplomaba sobre sí misma, húmeda, mustia, sin esperanza de volver a secarse.

La estación de Westingham era antigua, condenada a sobrevivir solo gracias al capricho de una memoria municipal cada vez más flaca. El techo, agujereado, dejaba colar la lluvia en destellos afilados. El reloj de la pared ya no daba la hora exacta, aunque insistía con la obstinación de los viejos: eran la una y catorce. La mujer se preguntó cuántas veces habría dado la vuelta completa ese reloj desde la última vez que alguien lo miró con superstición o con miedo.

Teresa aguardaba, abrigada con un impermeable raído, la mirada fija en el túnel negro del que el tren debía surgir. El miedo era para otros, para quienes todavía apostaban la vida a la luz y se resguardaban de la oscuridad con candados y lámparas encendidas toda la noche. Ella, en cambio, prefería esperar en la penumbra. Allí, la soledad era menos ruidosa.

Pero esa noche había algo más esperando. Algo que la lluvia no conseguía limpiar ni acallar.

La estación era una elipse sombría, acotada por paredes de ladrillo ennegrecido y bancos húmedos cuyo metal oxidado se clavaba en los muslos con la resignación de una navaja pequeña y cotidiana. Un viento ansioso perseguía las corrientes de agua y las lanzaba a los rincones, donde la humedad se había erigido en dueña absoluta. Teresa podía oír, por encima del rumor de la tempestad, el retumbar metálico de la caldera antigua en el fondo del vestíbulo, una presencia colérica y enferma, expulsando ráfagas de aire viciado como si escupiera resentimiento por cada noche que seguía viva.

Solo había otra figura: al final del andén, sentada bajo una lámpara dudosa, alguien leía un libro. Llevaba un abrigo gris y un sombrero pasado de moda. No se movía, salvo para volver la página. Teresa intentó no mirarlo, pero era imposible no notar el vaho que salía de su boca, ese vapor denso imposible en un ser vivo. Los pensamientos de Teresa empezaron a enredarse, uno tras otro, como dedos paralizados tratando de recordar el movimiento de otra mano.

Entonces miró el reloj: eran la una y diecisiete. El tren nunca llegaba con tanto retraso.

La soledad se atenazó, densa y viscosa, como una telaraña pegadiza. Teresa se enderezó, sintiendo la espalda hecha fragmentos. El viento volvió a agitarse y agitó papeles y bolsas vacías que rodaron como cosas vivas hacia las vías que, al no estar iluminadas, eran una fosa más que una promesa de escape. Habría preferido no mirar hacia donde estaba el lector, pero lo hizo. El sombrero seguía en la misma posición, igual que el libro. Y sin embargo, juraría que antes era amarillo, no gris. Seguro que era el cansancio.

Al intentar alejar la mente, pensó en por qué estaba allí: huía. Todos huían de algo, ella también. Pero la humillación de su última semana pesaba en el costado como un puño. La carta amenazante debajo de la puerta, la llave forzada en la cerradura, la sensación de ser acechada por alguien –o algo– cuya presencia trascendía lo físico, algo que respiraba desde los muros desconchados y los conductos de aire de su edificio. Seguiría huyendo, aunque tuviera que tomar ese tren hasta donde acabara la vía.

Entonces la caldera emitió un grito. No era metálico ni humano: era una suerte de chirrido dentro de un relincho, como si algo adentro empezara a moverse, rasgando el hollín y las telarañas con uñas y dentaduras ajenas. El ruido hizo que la lámpara sobre el lector tintinease, iluminando su cara por primera vez: era blanca, muy blanca, estirada como forrada en pergamino mojado, y su boca, demasiada grande, dibujaba una línea tiesa, nervuda, carente de carne, que se alzaba torcidamente hacia sus pómulos encallecidos. Cuando sus ojos cayeron sobre Teresa, un destello amarillento —como el de una bombilla agonizante— relampagueó.

Teresa se cubrió el rostro, el corazón haciéndose pedazos. No debía mirar. Debería caminar hacia la sala de espera, dejar atrás el andén. Pero sus pies se negaban, clavados en un lodo invisible que le sacaba fuerza, voluntad, incluso memoria.

Oyó un susurro. Era como si la caldera tratara de hablar, o quizá era el hombre del libro. Ahora que lo pensaba, nunca lo había visto pasar página.

—No debes esperar —musitó el viento, trayendo una voz que no le pertenecía. O sí. ¿No era así como le hablaba su madre cuando niña, antes de morir quemada por una caldera de carbón defectuosa, en una noche muy parecida a esta?

El reloj marcaba la una y veintitrés. Pero el hombre no había desaparecido como un fantasma normal, sino que ahora sus piernas colgaban sobre el borde del andén, oscilando lentamente como un péndulo.

Teresa se dio cuenta de pronto de que algo más estaba cambiando. El banco tras ella tenía una sombra que antes no estaba, una silueta errática, hinchada, pegajosa, que reptaba y exhalaba vapor, igual que la caldera. El aire olía a hierro viejo y a hueso quemado. Detrás del lector, la pared se hinchaba como si algo brutal y ciego tratara de entrar en este lado de la realidad.

El terror es una cuestión de detalles, lo sabía bien. El tic del reloj era cada vez más rápido, y sin embargo, la manecilla se movía con desesperante lentitud. Algo había en el tiempo, algo que se soltaba o se quedaba pegajoso, anquilosado, mezclando segundos y recuerdos en una masa informe y rezumante.

El tren debía haber llegado. Teresa barajó la idea absurda de que, si corría hasta el vestíbulo, el traqueteo impuntual la salvaría, como si los horarios ferroviarios tuvieran poder sobre las cosas que acechan en los rincones de la mente y las estaciones abandonadas.

Intentó avanzar. Solamente avanzó un paso antes de escuchar nuevamente la voz: parecía venir del libro, ahora abierto como un abismo, con letras que se retorcían y escupían minúsculas formas de tinta hacia el aire.

—¿No recuerdas? —pronunció la voz, mezcla de vapor, óxido y culpa—. Tú cerraste la puerta.

Las palabras la golpearon con fuerza. Sí, había cerrado la puerta. Ella, la última noche en casa, tras oír aquellos ruidos en la escalera, las risas susurradas, el golpeteo en la caldera. Había cerrado la puerta y dejado fuera a su madre, que imploró desde un mundo de llamas y humo hasta que su voz se agotó.

El hombre del libro —o lo que fuera, revestido de la piel de un lector en espera— clavó sus ojos en los de Teresa.

—Siempre vuelven las puertas cerradas —rechinaron sus dientes sin abrir la boca—. Todo lo olvidado... regresa.

La caldera exhaló un silbido largo, de esos que revientan tímpanos y mentes, el andén tembló bajo los pies de Teresa, y las bombillas, una a una, se apagaron marchitas, dejando solo el resplandor malsano de los ojos de aquel ser y las letras palpitantes del libro, que ahora se extendían como una lengua viva, reptando hacia ella.

Teresa sabía que debía correr, pero algo la tomó por los tobillos. Miró abajo y vio manos viejas, negras de hollín, que surgían del banco, de las grietas, de los paneles podridos del suelo. Manos que olían a infancia, a carbón y a olvido.

Las lágrimas anegaron su rostro, y sin embargo, ninguna caía; sentía que se evaporaban antes de deslizarse por las mejillas.

Intentó gritar, pero la voz era humo en el aire. Sabía que la oscuridad se la llevaría igual que al tren, igual que a los horarios y las promesas de una vida mejor al otro lado de la línea, y comprendió que tal vez nunca hubo otro lado. Que la estación era el final, no el principio.

Y entonces, con la última chispa de voluntad, Teresa alzó la vista al reloj. Seguía marcando la una y catorce. Siempre la una y catorce. El libro, como una lengua famélica, la alcanzó, y sintió el frío húmedo de papel podrido abrazándola, envolviéndola como aquella noche, como todas las noches en que cerró la puerta.

Mientras era arrastrada, supo lo que se llevaba consigo: los nombres de todos los que alguna vez buscaron el tren de la liberación para acabar esperando el de la condena, allí donde los andenes no llevan a ninguna parte salvo a la memoria sucia de las cosas mal enterradas.

El último destello de la caldera rompió el silencio con un grito que solo los muertos podrían entender. Y cuando la luz volvió, la estación estaba vacía. No quedaba ni mujer, ni lector, ni libro. Solo la humedad, el olor a carbón, y la certeza de que, cada noche, alguien nuevo terminaría esperando en ese andén, demasiado tarde para cerrar la puerta correcta.

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.