Portada del relato Las campanas del Hastat
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Fragmento:


En la tarde de un 2 de enero particularmente sombría, el rector fue visitado por una anciana conocida como la Viuda Athey, quien, doblada por la vejez, solicitó el resguardo de algunos objetos “malignos” encontrados en la despensa de la casa rectora anterior, ahora deshabitada y utilizada por vándalos. Protheroe, quizá condescendiente, aceptó estos paquetes: contenían figurillas burdamente talladas en madera, paños cubiertos de símbolos desconocidos y una caja pesada que, al abrirse, dejó escapar un hedor dulzón, como de carne apolillada. Entre los objetos, uno destacaba: una mano humana, de aspecto momificado pero apenas ennegrecida, exhibiendo el anular cortado y las uñas cuidadosamente limadas, con la palma marcada por glifos apenas visibles.

Duración: 08:15

Las campanas del Hastat
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Texto de ajuste de pausa.

Resulta perentorio antes de sumergirnos en los añejos terrores de esta historia, advertir al lector que no tiene ante sí una fantasía blanca para leer a orillas del ocaso, sino, si le cabe la posibilidad de creerlo, un testimonio recolectado, reconstruido por mí, a partir de cartas halladas, crónicas municipales a medias quemadas y un diario que durante mucho tiempo se pensó destruido, oculto entre las ruinas de la rectoría del pueblo de Hastat, en la frontera olvidada de Northamptonshire. Resistí largamente el impulso de remitir mis hallazgos a algún señor de la Sociedad para la Conservación de Antigüedades Locales, temiendo —no sin causa— que su publicación redundara en la ruina de algunos aún vivos e inocentes. Pero dado que aquellos a quienes concierne de verdad ya no pertenecen a este mundo, me dispongo a narrar los hechos tal como han llegado a mi conocimiento.

El nombre de William Protheroe aún perdura, aunque discretamente, entre las polvorientas actas de la parroquia de Hastat, por sus esforzadas campañas contra la superstición de los lugareños a finales de la década de 1870. Su llegada fue saludada con alivio por parte del cabildo; el viejo rector Beauman, hombre de costumbres poco pulidas y acentuado escepticismo, había sido incapaz de frenar la decadencia moral y el desánimo que infestaban a la comunidad. Protheroe tomó el cargo con un celo que algunos hallaron inspirador y otros —la mayoría de los criados y los inquilinos de las granjas adyacentes— ansioso y mal guiado.

Ocurre que, poco después de su llegada en el noviembre de 1877, comenzaron los llamados sucesos. Protheroe se encontró primero con rumores: luces danzando en la pradera fría que llaman Nethy; extrañas marcas con hollín o sustancia similar, halladas cerca de la antigua capilla de St. Idwal, y casos de ganado muerto con la lengua hinchada y los ojos desteñidos. Todo esto, de inicio, lo atribuyó sin gran esfuerzo a imaginería aldeana, ansiosa de perpetuar antiguas historias de brujas y demonios, pero la insistencia con que tales noticias se le presentaban despertó, paso a paso, una curiosidad que sería causa primordial de su perdición.

En la tarde de un 2 de enero particularmente sombría, el rector fue visitado por una anciana conocida como la Viuda Athey, quien, doblada por la vejez, solicitó el resguardo de algunos objetos “malignos” encontrados en la despensa de la casa rectora anterior, ahora deshabitada y utilizada por vándalos. Protheroe, quizá condescendiente, aceptó estos paquetes: contenían figurillas burdamente talladas en madera, paños cubiertos de símbolos desconocidos y una caja pesada que, al abrirse, dejó escapar un hedor dulzón, como de carne apolillada. Entre los objetos, uno destacaba: una mano humana, de aspecto momificado pero apenas ennegrecida, exhibiendo el anular cortado y las uñas cuidadosamente limadas, con la palma marcada por glifos apenas visibles.

No es que tal artefacto causara de inmediato alarma en el rector, pero sí encendió en él una suerte de incomodidad —una sensación persistente de que la atmosfera de su residencia había mutado levemente, que ciertos rincones parecían más oscuros al caer la noche, que la pesada puerta principal requería un esfuerzo mayor cada día. Decidió conservar la caja en su estudio, prometiéndole a la Viuda Athey que pronto buscaría liturgia y fuego para destruir, con decoro, los artefactos.

Es en el diario de Protheroe donde hallamos las primeras narraciones de encuentros inusuales. Cito, de enero 14: “A medianoche fui despertado por ruidos —risas— en el piso inferior. Descendí con el crucifijo y lámpara; hallé todo en orden salvo que la caja, aquella del objeto principal, estaba abierta. Sospecho de corrientes de aire, aunque no hallé ventana ni tragaluz abierto. Mi imaginación tal vez.”

Al tercer día —según lo atestigua su escritura, ya crispada— descubrió que la mano había cambiado de posición. Había reposado sobre un paño blanco; ahora yacía en el borde opuesto de la caja, el pulgar vuelto hacia fuera, como en un mudo gesto de advertencia. Protheroe, con raciocinio, decidió cerrar la caja y colocarle sobre la tapa un volumen muy pesado de sermones de Augustine. Aquella noche también transcurrió sin incidentes, aunque, como narra: “En el hueco de la escalera, percibí, juraría, pisadas secas tras las mías. Cuando giré la lámpara, ninguna forma”.

Lo que comenzó como inquietud personal derivó pronto en un drama aldeano de implicaciones ominosas. Unos días después, el mozo de cuadra fue hallado inconsciente tras pasar la noche en la rectoría, cubierto de arañazos minúsculos y con barros ennegrecidos bajo las uñas. El joven declaró haber soñado con una figura dormilona que alzaba una mano ennegrecida y señalaba, constantemente, hacia la capilla de St. Idwal, aunque, en su decir, ningún sonido humano salía de su boca.

La comunidad reunió coraje lento pero seguro, y comenzaron a recordar historias antiguas del lugar: la supuesta congregación de una Hermandad en tiempos de la Commonwealth, los ajusticiamientos nunca reconocidos, de “dones” dejados a las puertas de aquellos que contravenían las costumbres de la aldea. Protheroe, aún escéptico pero cada vez más tenso, decidió investigar la capilla, a la que, según las leyendas, solo se accedía cruzando el círculo negro que el musgo había dibujado en el suelo tras la caída del ala sur hacía ya cien años.

Aquí, en los papeles del propio Protheroe, la narración se llena de vacilaciones y huecos, con referencias a sueños de rostros sin ojos, de un aliento frío que le cruzaba la mejilla al persignarse y de la incesante presencia de la mano dentro de la caja, aún cuando afirmaba haberle dado sepultura bajo la losa del estudio con oraciones correspondientes.

Pero la pieza clave se halla en la crónica conservada, de puño y letra del viejo sacristán, Tom Shallard, quien presenció la última visita del rector a la capilla. Shallard declaraba, en una carta a un corresponsal imposible de identificar: “El Sr. Protheroe fue al caer la tarde, con una lámpara y vestido de negro pese a la ventisca. Le vi entrar al recinto, y aunque esperé lo que dura una plegaria, no lo vi salir. No hubo ruido salvo, poco antes de alzarme en mi sitio, algo como de campanillas o carraca. Al alba, el recinto estaba vacío salvo por la huella —negra y seca— de una mano a la salida.”

Durante semanas, la ausencia de Protheroe hizo correr mil historias. Unos afirmaban haber visto su sombra aún tras los ventanales del estudio, otros juraban que la rectoría olía siempre a cera quemada y a almizcle rancio. La mano, aunque buscada, no se halló. La viuda Athey fue encontrada muerta en su lecho, con la expresión de quien contempla una visión infernal.

Escrutando entre las últimas anotaciones de Protheroe hallé, por fin, lo que parecería un testamento, una confesión, o quizá un conjuro fallido: “Sé lo que seré al caer la sexta noche. He sentido la presión de la mano en mi hombro; he escuchado la letanía de nombres perdidos. Es el ciclo de la mano: entregada, guardada, devuelta. Si hallan esto, que la entierren sola, en sal y con todas las campanas tocando. No permitan el reencuentro.”

La rectoría fue finalmente sellada y, con el tiempo, demolida, aunque los obreros insistieron en ver una figura negra siguiendo sus gestos durante el trabajo. Sí, las crónicas parroquiales mencionan una sequía de nacimientos y un invierno especialmente cruel el año siguiente, y hasta una disputa sobre el uso del terreno para pastos, jamás resuelta: pero no describen, como sí hacen los archivos privados, que cada equinoccio una sombra, parecida a la de un hombre, atraviesa la explanada, y que algunos niños aseguran haber visto cómo una mano negra emerge de la tierra para señalar, insistentemente, la ruina de St. Idwal.

Ignoro si la maldición persiste, aunque me inquieta el hecho de que, cuando uno de los pocos visitantes del pueblo, un estudiante que recopilaba canciones populares, pernoctó cerca de la antigua rectoría, fue hallado de madrugada adormilado en el campo, balbuceando palabras inconexas, con la palma de la mano cubierta de signos que no era capaz de explicar. Nunca ha vuelto a Hastat.

Tal es el alcance de la historia. Que quede como aviso retorcido: hay objetos que exigen ser entregados solo con la última expiración, que son menos de este mundo de lo que creemos, y que arrastran consigo la memoria de viejos pactos, aún vivos aunque los siglos los hayan cubierto de musgo y silencio.

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