Portada del relato Carne de motel
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Fragmento:


Cuando Fabio paró el coche en el polvoriento aparcamiento del motel, su primera intención fue la de no mirar directamente a la fachada amarillenta, con sus manchas indecentes y toques de óxido. El calor nocturno le pegaba la camiseta al pecho; las manos, brillantes por el sudor, se le quedaban un segundo adheridas al volante antes de decidirse a abrir la puerta. Llevaba tres horas de carretera, treinta kilómetros de autovía cortada por un accidente, y una sensación pegajosa que le seguía latiendo tras los ojos. Era madrugada y el mundo parecía sumido en esa fase extraña del sueño en la que todo puede suceder y nada es lógico.

Duración: 10:59

Carne de motel
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Cuando Fabio paró el coche en el polvoriento aparcamiento del motel, su primera intención fue la de no mirar directamente a la fachada amarillenta, con sus manchas indecentes y toques de óxido. El calor nocturno le pegaba la camiseta al pecho; las manos, brillantes por el sudor, se le quedaban un segundo adheridas al volante antes de decidirse a abrir la puerta. Llevaba tres horas de carretera, treinta kilómetros de autovía cortada por un accidente, y una sensación pegajosa que le seguía latiendo tras los ojos. Era madrugada y el mundo parecía sumido en esa fase extraña del sueño en la que todo puede suceder y nada es lógico.

Luisa dormía en el asiento de al lado, la cabeza ladeada hacia la ventanilla, la boca entreabierta. Ella no había querido detenerse aquí, en este motel perdido a pie de la nacional, con letras de neón parpadeando Air Conditio_ ed, pero la opción del coche frío era menos inaceptable que conducir hasta caer rendidos o tener una discusión de pareja. Fabio la contempló un momento, el rostro sereno, los cabellos aplastados. No pudo evitar reprimir el impulso de despertarla; sería mejor tener la habitación ya lista cuando ella saliera del coche.

El vestíbulo del motel era peor aún en directo que desde fuera. Un ventilador de techo desplazaba aire denso y cálido; tras un mostrador de fórmica desteñida, la recepcionista, una mujer mayor con un moño firme y expresión ausente, mascaba chicle sin apenas mover la mandíbula. Había dos relojes de pared, uno parado en las cinco y media, el otro en las nueve y cuarto. El papel pintado mostraba manchas oscuras como si algo hubiese sido derramado y nunca limpiado del todo.

—¿Habitación para dos? —dijo ella con voz ronca, sin dejar de mirarlo ni un segundo.

Fabio asintió, echando una ojeada a un tablón de anuncios repleto de panfletos amarillos, todos doblados y algunos descoloridos hasta el blanco. Cogió el formulario y el bolígrafo que le tendía la mujer, percibiendo que la tinta apenas fluía al rellenar los datos. La habitación 17, le informó ella, a la izquierda, fondo del pasillo. Le extendió una llave física con un llavero pesado, sin darle ni las buenas noches.

Cuando regresó al coche, Luisa abría ya la puerta y miraba alrededor, con los ojos entornados.

—¿Todo bien? —preguntó con voz pastosa.

Él sonrió, buscando su mano, y juntos arrastraron las mochilas y una pequeña nevera portátil en silencio.

El pasillo hacia la habitación 17 era largo y sombrío. Las luces, dispuestas cada varios metros, chisporroteaban como insectos moribundos. La moqueta marrón le devolvía bajo los pies una textura pegajosa y nauseabunda. El silencio era profundo, sólo interrumpido por algún portazo distante, voces levemente apagadas y, muy a lo lejos, el rumor del tráiler de un camión adelantando el motel.

Dentro de la habitación los esperaba un olor a plástico quemado y desinfectante barato. La ventana daba al callejón, donde se apilaban cubos de basura y charcos de aceite. Un televisor de tubo reposaba sobre una cómoda descascarillada, junto a una cortina colgante que alguna vez fue de un azul claro. Fabio encendió la luz del baño para comprobar que funcionaba. Se miró un instante en el espejo empañado: el reflejo le devolvió unas ojeras hondas, los surcos profundos en la frente.

Luisa se dejó caer de espaldas en la cama, exhalando un suspiro.

—Cuando volvamos, elijo yo en qué hotel paramos, ¿vale? —dijo, pero sin verdadera acritud.

Fabio asintió. En ese momento sólo quería tumbarse. Le costaba pensar, la fatiga apoderándose de todo, las ideas sueltas como papeles al viento.

—Puede que hasta tenga su encanto —dijo, intentando sonar convincente—. Por lo menos no hay pulgas.

Luisa soltó una risa repentina que se quebró en el aire.

Se prepararon para dormir con movimientos lentos, casi despreocupados. El miedo sólo existía en los márgenes, como un murmullo en la base del cráneo. Las duchas rápidas, los cepillos de dientes mojando el fondo del vaso de cristal junto al lavabo. Cuando las luces se apagaron y ambos se deslizaron bajo la funda áspera de la sábana, afuera, la noche seguía algún ritmo propio, tan ajeno como amenazador.

Fabio no supo cuánto tiempo durmió. El sueño le llegó como una niebla, lo arrastró a un lugar sin imágenes, sólo oscuridad caliente y la vibración incansable de algún aparato eléctrico. Un golpeteo débil lo despertó.

Primero pensó que sería parte de algún sueño persistente, una pequeña gota de pesadilla colándose en la realidad, pero el sonido continuó. Tres golpes, separados, huecos. Fabio giró el cuerpo, sintió el peso de Luisa sobre su propio costado; ella respiraba profundo, ajena.

El golpeteo volvió. Fabio se enderezó, pegando el oído al aire. Venía de la puerta de la habitación. No era fuerte, pero era insistente. Se incorporó, tanteando la mesilla en busca del móvil: la pantalla brilló un par de segundos, absolutamente negra salvo por la hora, 2:57 a.m.

Se levantó descalzo, acercándose en silencio a la puerta. Silencio. Esperó. El corazón le palpitaba en el cuello; trató de ver algo por la mirilla, pero estaba obturada por dentro, como si la hubieran tapado con cinta adhesiva. Allí afuera, sólo oscuridad.

Se apoyó contra la madera y preguntó, con una voz grave y baja, entrecortada:

—¿Hola? ¿Quién es?

Nada. Ni un susurro. El tiempo se hinchó, una burbuja densa, y finalmente, mientras Fabio se debatía en abrir o no abrir, el sonido cesó. Apartándose, volvió de puntillas a la cama; su cuerpo alertado, el pensamiento dividido entre la incomodidad y la incomprensión.

Luisa murmuró algo al rodar sobre sí misma, una palabra incompleta, pero no despertó.

Fabio tardó mucho en dormirse de nuevo. Cuando al fin perdió el hilo de la conciencia, el golpeteo volvió. Esta vez más fuerte. No uno, sino varios golpes, un ritmo seco y mecánico, que parecía abrirse paso directamente al centro de su pecho. Se puso en pie, tembloroso. Ahora a través de la puerta llegaba una sombra, como si alguien muy grande se hubiera colocado frente a ella, tapando la luz del pasillo, aunque Fabio recordaba perfectamente que al llegar no funcionaba ninguna bombilla por allí.

Pensó en llamar a la recepción, pero no había ningún número en la habitación, ningún teléfono. La cobertura en el móvil era nula. Volvió a la puerta, abrumado por el peligro; esta vez decidió hablar en serio.

—¡Basta ya! —gritó—. Si no se va av—

No terminó. Un golpe brutal, como una patada, sacudió el pomo; Fabio retrocedió, el sudor subiéndole a la frente. De la rendija inferior se coló una delgadísima línea de luz azulada, distinta a la del vestíbulo, como si fuera la luminescencia de un televisor sin señal. La sombra seguía allí detrás, inmóvil.

Luisa despertó sobresaltada, sentándose de golpe.

—¿Qué pasa?

Fabio, sin tiempo para suavizar su expresión, señaló la puerta.

—Alguien está intentando entrar.

Ambos se miraron, buscando respuestas en el vacío. Volvió a oírse el golpeteo, ahora como un arrastre, como si la persona al otro lado pasara una uña larga sobre la madera. Una voz llegó, rota, como salida de un altavoz antiguo, pronunciando apenas palabras comprensibles:

—A... ... ... ¿abren... ...? —la voz se distorsionó y luego se quebró como una radio sin dial.

Luisa abrazó las rodillas, la respiración acelerada. Fabio hizo acopio de valor, fue hasta la cómoda y, sintiendo una urgencia casi infantil, cogió la lámpara de lectura. Era pesada, una base de acero y metal frío. Volvió a la cama y se acercó al cabecero, decidido a no separarse de Luisa.

El pasillo se llenó de sonidos extraños: pasos lentos, arrastrados, como muchas personas moviéndose en direcciones opuestas; una tos seca, carcajadas ahogadas. Durante unos minutos eternos, los dos aguantaron la respiración, esperando el siguiente movimiento. Alguien —o algo— empezó a rascar la cerradura, como si clavara una llave oxidada una y otra vez, sin conseguir girarla.

Pasaron así, a oscuras, quizá una hora. De pronto, los sonidos cesaron como si nunca hubieran existido. Fabio comprobó la hora: 4:13. Pensó en alertar a la policía del pueblo, salir corriendo al coche, llevarse a Luisa bajo el brazo. Pero afuera los pasos reiniciaron; ahora, apartados, dispersos. Una respiración pesada se acercó, olisqueó la puerta, se alejó.

Luisa murmuró, casi sin respirar:

—¿Qué pasa en este sitio...?

Fabio no lo sabía y prefería no imaginarlo.

Al amanecer, la claridad nublada del día les encontró en la cama, abrazados, tensos como cuerdas de piano, apenas dormidos. Cuando Fabio se levantó, fue el primero en mirar por debajo de la puerta; la línea de luz azul había desaparecido. Volvió a pegar el ojo a la mirilla: todo estaba oscuro pero, en un rincón, vislumbró una figura encorvada, moviéndose con lentitud hacia el final del pasillo. Parecía desnuda, la piel casi calva, las extremidades extremadamente largas.

Retrocedió, conteniendo una arcada. Prefirieron no ducharse; recogieron lo poco que llevaban y salieron de la habitación, procurando no mirar hacia la dirección de la figura.

Cuando atravesaron el pasillo, las puertas de las demás habitaciones estaban cerradas, salvo una, la 13. A su través se veía una cama destrozada, las sábanas arrancadas y una mancha negra imposible de interpretar a primera vista. Fabio la evitó sin querer detenerse. Abajo, en la recepción, la recepcionista ya no estaba. Sobre el mostrador, una nota escrita a mano: “Vuelvo en 30 min.”

Fuera, la luz del día molestaba los ojos. En el coche, Fabio giró la llave y el motor bufó con dificultad. Un golpe seco, desde el maletero, hizo que ambos se congelaran en sus asientos. Fabio tragó saliva, con la mirada clavada en el retrovisor. En la luneta, justo en el borde inferior, asomaba una mano lívida, con uñas negras y anormalmente largas, como si alguien —o algo— se hubiera colado allí durante la noche.

Luisa empezó a gritar, tratando de abrir la puerta. Fabio echó a andar el coche por puro instinto, sin saber hacia dónde ir, escuchando cómo aquello en el maletero crujía y arrastraba las uñas, arañando el metal, mientras la carretera se perdía veloz por el retrovisor y el motel quedaba atrás, menguando en la distancia del alba.

Nada volvería a ser igual.

Y el golpeteo, en la memoria, era sólo el principio.

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