Portada del relato Lóbregos Cimientos
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Fragmento:


Algo empezó a moverse bajo la losa, o eso contaban los obreros. Zumbaban los teléfonos en la madrugada sin que nadie contestara. Isidoro, pálido como ceniza, encontró al chico nuevo encogido entre las herramientas, con la mirada ausente, balbuciendo palabras sobre manos que arañaban el hormigón, uñas crujientes como insectos. “Era el eco de cables—aclaraba Barreto—, una rata, la presión, el cansancio.” Pero él también comenzó a oír ruidos insistentes durante las últimas horas: parecía que el hormigón burbujeaba, jadeaba, y la radio tronaba palabras en una lengua que se pegaba a la lengua, como si la piedra hablara a través de la señal.

Duración: 09:02

Lóbregos Cimientos
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Las obras avanzaban lentas, como el lodo cuando la lluvia empieza a meterse en la grava, porque construir un matadero en el corazón del páramo no era tarea sencilla. Por encima de los cimientos, sólo la losa gris bailoteaba en noches de tormenta. Bajaban las grúas y se erguían vigas, pero costaba encontrar obreros que quisieran venir. Circulaban rumores: el suelo bajo el matadero viejo ya era “terreno tocado”, decían, y nadie preguntaba por qué cuando los perros del encargado salían corriendo al caer la tarde. Había sudor y bebida, malos sueldos y promesas de otro mundo, pero las voces de los pájaros callaban en el claro donde avanzaban los trabajos.

Espejeaban las piedras enterradas en la carrera de Carlos Barreto, arquitecto de verbo seco, de los de la línea recta y el hormigón inflexible. Era hombre de razón, la suya como regla. Recién aceptado el contrato tras la muerte del viejo ingeniero en un absurdo accidente—cayó con equipo y planos al pozo de carga y no hallaron el cuerpo—Barreto impuso la lógica: lo que no se ve, no existe. Cuando descubrieron la gran roca hincada a media zanja, decidió apartarla con maquinaria pesada. No consultaré a supercheros, pensó, “ni pediré permiso. Aquí mando yo”.

La roca era negra, casi bruñida, pero lo alarmante no fue el color ni lo profundamente que estaba calzada, sino los surcos finos que la recorrían en espiral. Llovía cuando la extrajeron y el barullo del motor, ahogado por los gritos de los hombres, se disolvió en una especie de rumor subterráneo, como una respiración inesperada en una estancia vacía. Isidoro, el capataz, juró ver una sombra mover las piedras. Barreto, sin mirar, ordenó cubrir el hueco y verter la primera corrida de hormigón. La losa trabó la roca. Cayeron rayos, retumbaron las nubes, y el operador de la grúa, Cayetano, se rompió la mano en una prensa inútil pistoneando de puro asombro.

Pocas semanas después comenzó la sangría. Nadie lo admitió, pero cada noche un obrero dejaba de presentarse. Al principio ocurría en los turnos nocturnos—chicos de paso, nómadas con oficios de cobre y latón—y Barreto anotaba causas en el cuaderno: “Incomparecencia: alcoholismo, miedo a sombras”. Decía que había visto gente así en otros sitios, que no aguantan la presión. Pero a la tercera desaparición, la cuadrilla se miraba por encima del hombro cada vez que Barreto pasaba y la tensión se recocía en la fosa donde la losa ocultaba la piedra, la roca maldita, como ya la llamaban siempre con media boca.

Algo empezó a moverse bajo la losa, o eso contaban los obreros. Zumbaban los teléfonos en la madrugada sin que nadie contestara. Isidoro, pálido como ceniza, encontró al chico nuevo encogido entre las herramientas, con la mirada ausente, balbuciendo palabras sobre manos que arañaban el hormigón, uñas crujientes como insectos. “Era el eco de cables—aclaraba Barreto—, una rata, la presión, el cansancio.” Pero él también comenzó a oír ruidos insistentes durante las últimas horas: parecía que el hormigón burbujeaba, jadeaba, y la radio tronaba palabras en una lengua que se pegaba a la lengua, como si la piedra hablara a través de la señal.

Cuando la fábrica estuvo lista, Barreto quiso el primer corte. No le pegaba la sangre—él era de planos, no de cuchillo—, pero el consorcio lo reclamaba. Bajaron todos al nivel inferior, bajo la nave, por la trampa que conducía a la cámara frigorífica y la sala de matanza. Soplaba el viento como nunca y nadie dijo palabra cuando los frigoristas prendieron las luces y la sombra se estiró por encima del cordero colgado, goteando amorfa y helada.

El cuchillo cayó en manos de Barreto. Innaturalmente afilado, brilló bajo la lámpara y se reflejó un instante en la gran rejilla negra que cubría la losa del sótano, justo encima de la roca maldita. Arias, el supervisor de limpieza, tosió en seco, y uno de los chicos acopló la manga a la muñeca del animal, como se hace en los manuales.

El primer tajo fue limpio, pero el borboteo de sangre resultó más abundante de lo esperado. Caliente, casi viva, la sangre corrió hacia las rendijas de la losa y desapareció de inmediato. Nadie advirtió el oscuro humillo que se filtró en el aire, ni la súbita humedad que anidó en la sala, pero todos callaron cuando sintieron el clic-clac de algo golpeando bajo sus pies.

No fue sino tres días después cuando la fábrica comenzó a llenarse de murmullos. Los animales chillaban más de la cuenta, los perros ya no entraban, y alguno de los gerentes jura que en la cámara de despiece la carne daba golpes secos por la noche, como si algo quisiera salir de ella. Los despieces eran prolijos pero más sangrientos. Las máquinas se atascaban sin causa y los carniceros, gente de manos duras y piel curtida, se marchaban en pleno rendimiento, con la cara traspuesta y la mirada asida a una sombra que sólo ellos podían ver.

La policía vino una vez, luego dos. Revisaron las instalaciones sin encontrar nada más que gusanos y alimañas comunes de la zona. Uno de ellos—el agente Benavides—le confesó a Isidoro al salir que, durante la inspección, se le erizó la piel por el hedor rancio que salía de la losa. “Es la pasta de sangre vieja—dijo Barreto—, producto de la limpieza fallida.” Y menearon la cabeza, les pagaron unos cafés, y se marcharon, contentos de abandonar el matadero antes de la tarde.

Pero las desapariciones siguieron. Una noche, el armario de herramientas amaneció abierto y sólo quedaron los guantes de Arias, retorcidos, ensangrentados hasta la muñeca. No había señas de lucha. Solo la presencia expectante de la fábrica vacía y la certeza de que, por debajo, la losa seguía bebiendo sangre.

Barreto, más frío y rígido, decidió intervenir. Ordenó abrir de nuevo el hueco sobre la piedra. Bajo la losa encontraban sangres antiguas y cosas peores: pájaros triturados, ojos de cerdo comprimidos entre las juntas, y esa misma presencia pegajosa, oleosa, que pegaba los párpados y atascaba el aire. Por fin, el martillo neumático desnudó la piedra.

Del hueco manaba una neblina púrpura y un hedor sulfúrico que hizo retroceder a todos. Barreto, con la luz temblando, escudriñó la superficie de la roca: la espiral de surcos era, ahora, más profunda, y entre las ranuras algo atrapado emitía destellos de un ámbar insano. Al rozarla con la paleta, el instrumento crujió, y en ese instante, sobrevino el silencio. Los testigos huyeron, pero Barreto permaneció, hipnotizado, hasta que la neblina lo tragó y todo quedó a oscuras.

No se supo más de Barreto.

La fábrica intentó seguir. Los obreros exigieron triple paga y no duraron. Vinieron otros, aguantaban pocos días. La empresa envió ingenieros, especialistas y hasta curas; tras cada inspección, una cara más se perdía en la nómina y el contable cambiaba las cerraduras, pero el hedor y el rumor del subsuelo no cesaban. Nadie nunca pudo explicar el frío de las noches, el modo en que los cortes en la carne formaban, de manera imposible, símbolos y palabras que ningún experto pudo traducir.

La prensa habló de sabotaje, de enemigos industriales. Un inspector forense, de madrugada, antes de perder el juicio y rasguñarse la garganta hasta sangrar, aseguró que la piedra era “la raíz de una mente hemisférica”, un órgano negro que “piensa”, enterrado en la prehistoria para contener su mal.

Y así siguieron las cosas, hasta que llegó la epidemia.

Primero fueron pequeños cortes en los animales, luego en los hombres. El nuevo capataz apareció una mañana con los labios cosidos y una mirada goteando puro espanto. Los carniceros amanecían con pedazos de carne cortados simétricamente en la piel, signos en espiral. Nadie dormía, los obreros deliraban, la fábrica vomitaba sangre y nadie quería llevarse su paga en metálico porque la moneda venía pegajosa, manchada por “algo” que no era sólo grasa o tinta.

La última semana, lo imposible ocurrió. Una cuadrilla de seis entró al matadero en la noche, armas en mano, para “acabar” con la presencia. Se dice que bajaron al sótano, rompieron la losa y empaparon la roca con gasolina y sangre de cerdo. Nadie volvió a salir. Al amanecer, la niebla caía sobre el solar y el suelo retumbó como si algún animal colosal diera vueltas bajo tierra.

Años después, la fábrica fue declarada zona prohibida. Los mapas la ignoran. Nadie se acerca. En los pueblos cercanos aseguran que, las noches de tormenta, la sombra de una figura sin rostro ronda los caminos, buscando quién quede solo junto a la carretera. Dicen que lleva cuchillos, que arrastra un maletín de planos que esconde tentáculos y dientes. Nadie sabe de dónde viene, pero algunos juran que huele a ozono quemado y piedra mojada.

Y aunque los perros huyen y hasta los forasteros cruzan el otro lado del valle, hay quien oye, bajito, el retumbar de la molienda bajo el hormigón: como un corazón atado a la peor de las rocas, lamiendo los huesos de todos los que alguna vez pensaron que la razón, con sus líneas rectas, podría imponerse a lo que nunca ha tenido forma.

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