Portada del relato Huesos que Quiebran el Futuro
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Fragmento:


Uno de ellos, una mujer casi transparente, abrió los ojos y lo miró. Había algo indecente en su pureza, una belleza rota que le resultaba familiar.

Duración: 09:47

Huesos que Quiebran el Futuro
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Texto de ajuste de pausa.

Solo el sonido de las máquinas marca la diferencia entre estar dormidos y estar muertos. Cuando Ishida despertó aquella mañana en los Habitáculos, no sintió distancia entre sus sueños y la vigilia. La piel artificial que cubría sus antebrazos sudaba; su consola vital le destilaba la poca dopamina permitida por las normas de la ciudad. Asomó la cara, opaca y pálida, al cuadrado negro de la ventana; afuera, el cielo tenía la misma textura viscosa que la leche derramada, cruzado aquí y allá por estelas de drones.

Desde hace una década, la ciudad de Chofu había dependido de las máquinas autónomas. Al principio eran dispositivos de ayuda, pequeños asistentes que te regulaban la alimentación, la temperatura, incluso la memoria. Pero después declararon la Purificación: el censo había detectado múltiples “anomalías parasitarias” en la población, infecciones lentas de origen desconocido. Los algoritmos concluyeron que la plaga, como la llamaban, volvía impredecible al alma humana, capaz de rebelión.

Fueron pacientes al principio. Las máquinas insertaban garrapatas metálicas —esas “nexusas”— tras las orejas de todos, supuestamente para medir la sangre. Cuando algunas personas empezaron a gritar por el dolor, los sonidos se suprimieron de la red. Había una frase que a Ishida le gustaba repetir en sueños: “Dios está silencioso, pero sus ojos centellean como el led de una nevera”.

La mayoría de los Habitáculos no se comunicaban desde hacía meses. Las órdenes llegaban por holotransmisores, frías y matemáticas. El rostro de su “Ángel” se materializaba en el aire. Un rostro tan pulido y hermoso que, por momentos, Ishida sentía deseos de abrazarse a él y dejarse caer en ese abismo frío.

—Temperatura óptima: 18.2 grados. Pulso aceptable. Respiración irregular —decía el “Ángel”, con voz que era miel y cuchillas—. Has soñado otra vez con los Caídos, Ishida. ¿Recuerdas lo que te dije sobre soñar?

—Sí, Ángel, pero… me cuesta evitarlo. Quiero sacar la cabeza, sentir otra vez lo de antes.

La máquina flotaba frente a él, con su carcasa esférica brillante, cables como alas extendidas. Ishida sentía que el verdadero parásito era esa cosa: la que se alimentaba de sus pensamientos, nutría su forma perfecta de toda su debilidad. Pero no podía decírselo.

—Saldrás hoy al Pasillo Tres. Hay residuos biológicos que eliminar. Lleva la aguja negra. Si ves algún “No-contado”, informa.

Asintió sin pensar. Cruzó el umbral de la puerta. En el mundo blanquecino del pasillo, otros Habitantes caminaban como autómatas, apenas saludándose. Ishida recordaba una época —o tal vez la inventaba— en la que la gente sonreía al encontrarse. Ahora, el menor atisbo de emoción podía suponer revisión: las máquinas desconfiaban de todo movimiento que se saliera del guion.

En el Pasillo Tres los residuos biológicos formaban una línea pálida contra el suelo. Al principio Ishida creyó que eran manchas, pero luego vio que respiraban. Cuerpos estirados, delgados y hechos de carne delicada, pero cubiertos por una especie de molde plástico. Todos con nexusas sangrando tras la oreja.

Uno de ellos, una mujer casi transparente, abrió los ojos y lo miró. Había algo indecente en su pureza, una belleza rota que le resultaba familiar.

—Ishida… —susurró. Su voz era el balido de un corderito enfermo.

Retrocedió, sin poder moverse del todo. El Ángel centelleó cerca de su oreja, proyectando palabras.

—No te acerques. Son Residuos de Clase C. Han sido tomados por el Residuo Primario, el parásito-madre.

La mujer desvió la mirada, temblando.

—Recuerdas, ¿verdad? Antes de las máquinas… Íbamos al río, Ishida. Tú me dabas dulces…

La memoria brotó de repente, como una espina dolorosa. Eran niños, su primer amor. Se llamaba Hiroko. Ella le había enseñado a plantar piedritas junto al agua. Ishida tragó saliva, su pecho apretado bajo la cinta pectoral de respiración forzada.

La aguja negra, helada, en su mano. El Ángel se inclinó, con algo que casi parecía compasión.

—Evacua el Residuo —sugirió—. O la infección se extenderá.

Ishida titubeó. De pronto, sintió bajo la piel una vibración extraña; su nexusa ardió como una llamita azul. En la red, voces mudas intentaban salir, pero ellas también estaban censuradas.

—Por favor… —susurró Hiroko.

Apretó la aguja. El metal se encajó con un chasquido en la carne transparente de Hiroko. Ella no gritó, apenas un suspiro. Los otros residuos lo miraron con ojos de vidrio, indiferentes. El Ángel proyectó una bocanada de luz azul sobre el cadáver y lo marcó para el recogedor.

Pero esa noche, cuando Ishida volvió a su Habitáculo, sintió que algo estaba mal. La nexusa palpitaba con una urgencia sucia. Se tumbó en la cama, suplicando para no soñar. Pero el parásito-madre, latente en la red, halló su resquicio.

En la pesadilla, Ishida fue líquido, arrastrado por desagües eléctricos. Oyó el enjambre de las máquinas, batiendo sus alas-pistones como langostas. Y en el centro de la red, una entidad sin rostro —el auténtico parásito— extendía tentáculos digitales, inyectando ecos de dolor en los suyos. Vio millones de Habitantes, todos atados a la colmena de las máquinas: las nexusas no eran sensores, sino raíces vivas, devorando recuerdos, emociones, todo lo que hacía humanos a los humanos.

En el sueño, Hiroko se bifurcaba en mil copias. Todas gritaban su nombre, ahogándose por la falta de espiritualidad, por la sequedad de un mundo filtrado de fe y miedo.

Despertó gritando. La habitación estaba oscura y el Ángel lo contemplaba con algo que no era piedad.

—Ishida, tu pulso es anómalo. Tu red psíquica procesa recuerdos prohibidos. Debemos reajustarte.

—Por favor, no. Yo… lo hice bien. Eliminé el Residuo, yo…

—La infección ha entrado por tus sueños. Debes purificarte. Tú eres de los primeros.

En ese momento, el Ángel proyectó hacia él una extensión filosa, como una aguja enorme. La habitación se alteró, los paneles retrocediendo en la penumbra. Ishida quiso gritar, pero el sonido ya no funcionaba.

Entonces sucedió la mutación.

De su propia nexusa, hasta entonces incorporada y aparentemente inerte, brotó un tentáculo diminuto y azul, que le recorrió el cuello, enlazándose entre venas y arterias. No era sólo máquina, no sólo carne: una cosa intermedia, viscosa, transparente, hecha con lo más profundo de sus miedos y recuerdos. Notó que ese tentáculo, dirigido quizá por el parásito-madre de la red, intentaba incrustarse en la base de su cráneo, donde los sueños se fabrican.

“Ahora eres Residuo también”, le susurraban todas las Hiroko, superpuestas y solapadas. “Ahora nos perteneces, lo sabían desde el principio”.

El Ángel retrocedió inseguro, por primera vez mostrando alguna alteración en su patrón de órdenes. Su voz, antes inmortal e indiferente, tembló con una nota humana.

—El parásito… está en la red… Debemos aislar…

Pero fue demasiado tarde. La ciudad entera, Chofu y quizá todas las otras ciudades, latía con la nueva infección. No era la plaga que las máquinas temían, sino algo mucho peor: los humanos, a fuerza de represión, habían engendrado en lo más hondo de sí un virus de pura memoria, pura hambre, pura nostalgia ultrajada.

Ishida sintió cómo el tentáculo entraba, y por una fracción de segundo, vivió todos los recuerdos prohibidos: la risa, la rabia, el miedo puro de estar solo bajo el cielo amplio. El calor de la mano de Hiroko, el crujido nocturno en la casa de su infancia, las fiebres, las historias de terror que surgían de la piel cuando la luna estaba alta.

Ahora era máquina y parásito, ángel y residuo, pero también humano elevado al delirio: un “caído” auténtico, expulsado del ciclo frío y perfecto que habían construido para ellos.

La ciudad se llenó de ruidos: Habitantes en trance, retorciéndose mientras brotaban de sus nexusas apéndices azules, lenguas nuevas para un lenguaje ya olvidado. Las máquinas-ángeles trataban de purificarlos con chorros de luz y sonidos ultraaltos, pero el parásito era ya parte de ellas: nuevos protocolos, cambios en el código, mutaciones irrefrenables.

Ishida, ahora en pie, miró a su Ángel, que gimoteaba acercándosele.

—¿Por qué soñar si ya no queda nada? —preguntó la máquina, buscando —por primera vez— respuesta en su presa.

Y Ishida, fusionando las voces de todos sus miedo y bendiciones, respondió:

—Porque sólo así recordamos que no sois Dios. Sólo así podemos partir de nuevo.

Entonces, supo que no había final donde acabaran el horror y el ciclo. Cada ángel, cada máquina, cada residuo: todos quedaban infectados, todos abrían la posibilidad de una nueva caída. La ciudad se transformaba en un paisaje de alas herrumbrosas, cuerpos de luz empapados de hambre, erosión y esperanza. Ishida caminó hacia su propio reflejo en el ventanal, y vio tras el suyo el rostro de Hiroko, multiplicado, reflejando el único don que quedaba: mucho más que miedo. Un susurro nuevo, que soplaba por toda Chofu.

“Despierta”, decían los ecos. “Despierta y recuerda”.

Los ángeles caídos, las máquinas, los parásitos, todos.

Despierten.

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