Portada del relato El espectro detrás de los cristales
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Fragmento:


—¿No crees que ya es suficiente con tus histerias?

Duración: 10:57

El espectro detrás de los cristales
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Texto de ajuste de pausa.

Jamás le contó a nadie lo del papel tapiz. Ni siquiera a Andrea, que había soportado ya casi siete años de manías, obsesiones y crisis, y con la que había alcanzado esa extraña connivencia que sólo logran los matrimonios exhaustos, amiga y rival y enemiga a partes iguales. Miguel era abogado. Andrea, arquitecta. Habían comprado la casa en el centro de León hacía apenas nueve meses; una oportunidad que parecía demasiado tentadora para dejarla pasar, según la agencia, y demasiado real para que Miguel hubiese querido perdérsela. Habían accedido al edificio después de semanas de eternas negociaciones. Cuando entró, Miguel observó el vestíbulo con su arco oxidado y el papel tapiz descolorido y pensó que esa estancia, a pesar de su fealdad, podía rehacerse con una mano de pintura, una cuantas modificaciones.

No fue hasta el tercer mes que Miguel empezó a soñar con los papeles. En el sueño, los bordes amarillos del tapiz se abultaban y ondulaban, y bajo ellos se escuchaba el repiqueteo sordo de algo que quería salir. En la duermevela de las cinco de la mañana, Miguel tragaba saliva, con los ojos bien abiertos. La frontera entre sueño y vigilia parecía una película de aceite.

Al principio, trató de restarle importancia. Quiso convencerse de que eran pesadillas normales, efectos secundarios de una mudanza y del trabajo. Los días estaban llenos de carga: reparaciones eternas, discusiones, una nevera que goteaba, clientes que llamaban por la noche. Y Andrea, que pasaba semanas proyectando viajes, reformas, obsesionada con poner su huella en la casa.

Pero había algo más en el papel. Cuando Miguel estaba solo, si se quedaba leyendo acerca de la medianoche, teniendo cuidado de no encender demasiadas luces para no salir del estado tibio de sueño, el papel tapiz parecía vivir. Si cerraba los ojos y luego los abría rápido, las figuras borrosas se desplazaban por milímetros, como si respiraran. Había una línea vertical junto a la esquina de la pared, allí donde nadie miraba nunca, que parecía vibrar, como una cuerda.

Una noche, empujado por un arranque casi infantil, Miguel apoyó el oído contra el papel. Lo hizo conteniendo la respiración, esperando no escuchar nada. Pero escuchó. Murmullos. Lentamente, arrastrando vocales y sílabas, se formaban frases que flotaban demasiado bajo para comprenderlas. Juraría que si se concentraba lo suficiente atraparían un nombre, algún aviso, pero las palabras se le escapaban, retrocedían como caracoles asustados.

Intentó bromear al respecto con Andrea, mientras ella dibujaba líneas de colores sobre un plano de la cocina en el portátil. Andrea levantó la vista y bufó.

—¿No crees que ya es suficiente con tus histerias?

Y volvió al dibujo, cortante, como una puerta que se cierra. Miguel la dejó bebiendo vino, solo entre sus mapas. Decidió intentar dormir con la ayuda de una pastilla.

El sonido del susurro no se fue, ni se alivió. Ahora, en la transición exacta entre apagón nocturno y la mínima luz del baño, Miguel encontraba que los murmullos eran casi distinguibles. Al sexto mes, ya era imposible ignorarlos. Apoyaba la mano en la pared al pasar y sentía algo pulsar, tibio y húmedo, como la pata de un bicho escondido.

Empezó a evitar la entrada principal. Andrea se dio cuenta.

—¿Ahora por qué cruzas el salón para subir? ¿Te da miedo el vestíbulo?

—Es por el aire —fue su única excusa.

Andrea sonrió sin alegría.

—¿Sabes qué pasa? No soportas la casa porque no la entiendes. Eres como esos perros que chillan cuando cambias la alfombra.

Miguel cerró los ojos para no ver la fosa de su propia rabia. A veces, temía a Andrea mucho más que al papel de la entrada. Lo cierto era que Andrea parecía ajena a todo: podía pasar junto al papel tapiz mil veces al día y ni inmutarse. No oía nada. No notaba los temblores ni la humedad en el aire.

El ataque llegó la madrugada de un miércoles. Habían discutido, después silencio y cada uno se retiró a su lado de la cama. Pasadas las cuatro, algo golpeó el piso de madera, una vibración sorda. Miguel se despertó bruscamente: espaldas de Andrea, sombra larguísima, el gemido del viento afuera. Todo parecía normal. Entonces, ahí estaba nuevamente: una llamada sorda procedente del vestíbulo. Sin saber por qué, salió de la cama, arrastrado por un resorte desconocido.

Cuando llegó al vestíbulo, no encendió la luz, aunque sus dedos rozaron el interruptor. El papel tapiz parecía hinchado. Parpadeó. Mientras se acercaba, percibió que la línea vibrante se separaba del resto del patrón. Era como si la pared respirara, inspirando y expirando por cada costura. Miguel, medio aturdido, puso la mano en la línea. Estaba caliente.

Al mirar más de cerca, distinguió marcas, líneas horizontales grabadas apenas bajo la superficie, como si pequeños dedos hubieran arañado buscando salida. Dio un paso atrás, pero una necesidad absurda lo empujó a rascar la pared, a comprobar si sus garras encontraban resistencia. La uña se hundió más fácil de lo esperado.

Entonces olió algo: un tufo agrio, húmedo, a encierro, a humedad rancia que nunca se seca, a algo que ha crecido y muerto muchas veces. El aire del vestíbulo se volvió pesado. Miguel sintió una arcada. De repente, la línea del papel tapiz pareció abrirse, un poco más, revelando una oscuridad que no tenía fondo. Y, por un segundo, juró que dos ojos le devolvían la mirada, sumergidos en la negrura, y que las palabras emergían, abiertas, como una invitación:

—De este lado nada duele.

Se apoyó de espaldas contra la otra pared, incapaz de parpadear, mirando cómo la marca vibraba, latía y parecía cerrarse poco a poco, recomponiendo el papel tapiz pero dejando una sombra diferente. No supo cuánto tiempo pasó allí, hasta que Andrea apareció, envuelta en una bata y con el pelo enredado.

—¿Qué demonios haces?

Miguel no supo qué decir. Andrea se quedó mirándolo, atónita y asqueada, y se largó a la cocina sin una palabra más.

A la mañana siguiente, todo tenía un aire inverosímil, a conducta de sonámbulo o al saco de la ansiedad. Pero la línea en el papel seguía allí, fina pero innegable, una rotura que no cerraba del todo. Miguel intentó ignorarla. Sin embargo, el susurro era cada vez más claro. Palabras pronunciadas como desde una radio mal sintonizada. Si se detenía en la entrada justo al alba, podía distinguir una cantinela:

—Nada duele. Nada duele aquí. Pasa.

Los días siguientes se convirtieron en un laberinto cada vez más opresivo. Empezó a evitar la entrada por completo, subía y bajaba por la escalera de servicio, buscaba cualquier excusa para no dormir. Casi no comía. Andrea, cada vez más harta, le gritó una mañana:

—¡Tienes que parar ya! Si no puedes, lárgate a un hotel. ¡Déjame en paz con tus delirios!

Miguel la miró. Se mordió la lengua. Había algo nuevo en los ojos de Andrea: fastidio y algo parecido al desprecio. Casi alivio.

El vestíbulo lo había aislado. Ya no le quedaba nadie con quien hablar. Hasta su propia madre le había recomendado que tomara vacaciones, que cambiara de aires. ¿Cambiar de aires? Nadie entendía que en esa casa no había aire: sólo aquel olor, aquella promesa de alivio y refugio.

En el décimo mes, las noches se convirtieron en mares de ansiedad. Miguel veía al papel tapiz deformarse, respirar y latir. Había sueños de una vida diferente: en ellos cruzaba la línea, entraba en la grieta y caminaba por pasillos húmedos de baba, donde todo era suave, tibio, donde nunca nadie lo señalaba, donde Andrea era sólo un eco, un perfume olvidado.

Un amanecer, sin dormir apenas, Miguel encontró a Andrea sentada en el límite del vestíbulo. No estaba tocando el papel: simplemente miraba, con los ojos muy abiertos, fijos en la línea vibrante. Miguel tuvo la impresión de que no estaba exactamente despierta. Se le heló la sangre cuando escuchó a Andrea murmurar, con una voz lejana:

—Aquí no duele nada.

Se le erizó la piel, la boca seca. Se acercó y, sin darse cuenta, la tomó del brazo. Andrea reaccionó lenta, como si la hubieran arrancado de un pozo profundo. No recordaba haberse sentado allí, ni haber dicho nada. Se encogió de hombros y se fue al baño, refunfuñando.

Miguel se quedó solo, contemplando el papel tapiz. Se arrodilló, casi suplicante, y susurró:

—¿Qué eres?

La grieta latía. El olor era ahora irresistiblemente dulce, como el de un animal muerto en el verano. Una voz, que no era una, le contestó:

—Te estamos esperando.

A partir de esa noche no volvió a dormir. Se limitó a dar vueltas a la casa con una linterna, viendo cómo la frontera invisible entre el vestíbulo y el resto del piso crecía, engullía alfombras, paredes, a veces parte de sus pensamientos. Nadie lo veía. Andrea, cada vez más callada, apenas lo notaba.

Un domingo, mientras Andrea visitaba a su madre, Miguel tomó un destornillador e hizo saltar un trozo de la costura del papel tapiz. Esperó, casi deseándolo, que algo asomara: dedos, ojos, un espasmo de sombra. Nada. Sólo una oscuridad absoluta al otro lado de la mínima grieta, tangible como el dolor de una vieja herida.

Dejó la herramienta, temblando. El olor se hizo tan denso que le llenó la boca, le arañó la garganta. De repente, sintió una certeza aterradora: la frontera no era sólo la línea del papel tapiz, ni siquiera era sólo la entrada. Ahora lo seguía, pegada como una telaraña invisible tras sus hombros, envolviendo sus gestos, la idea de Andrea, la propia casa. No había salto. No había liberación posible. Sólo una promesa de alivio, repetida hasta el agotamiento:

—Aquí, nada duele.

Esa noche, Andrea le dijo que necesitaba tiempo, que iba a quedarse una temporada en casa de su madre. Miguel vio partir su figura, silueta encogida en la acera. Volvió adentro y se tumbó en la alfombra. Mientras la frontera crecía, él escuchaba cómo los susurros se hacían más cálidos, más humanos, y la línea negra del papel tapiz vibraba con el corazón de la casa. Embriagado, se dejó arrastrar en la deriva dulce de una promesa imposible.

Nunca nadie volvió a preguntar por él. La casa sigue ahí, y algunos dicen que, si pasas junto a la entrada una medianoche cualquiera, puedes oír, muy bajo, el eco de una voz que no es de este mundo:

—Nada duele, nada duele aquí...

Y el papel tapiz late suavemente, paciente, como aguardando a su próximo inquilino.

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