Portada del relato El quinto sol se agita
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Fragmento:


Salió del camión, encendió un cigarro y empezó a caminar. La niebla lo lamía, zumbaba como si tuviese moscas prensadas en su interior. A la izquierda, rompían los sauces, y del suelo brotaba el perfil de lo que llamaban "La Roca", aunque en las historias que los viejos repetían, ese nombre era un piropo: la roca supuraba algo peor que miedo y no era de aquí, decían, aunque estuviera medio enterrada en la tierra negra de Maine.

Duración: 10:11

El quinto sol se agita
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Terry Malloy detuvo el camión al pie de la loma. Había sentido el motor protestar desde hacía un kilómetro y el olor a aceite quemado llenaba el habitáculo, encima del tufo persistente a tabaco barato. Afuera, la niebla tenía ese color sucio típico de Maine, pegándosele a la ventanilla y dándole al bosque un filo de cuchillo. No lo sabía, pero había pasado de la ruta a otro paisaje: de la realidad al purgatorio, donde la lógica era solo una sugerencia y el tiempo pegajoso y resbaladizo como melaza vieja.

El encargo era sencillo. Llevaba unas cajas hasta el demolido pueblo de Kirby’s Crossing—casas que parecían cascarones de caracoles muertos, una capilla con los vitrales trizados y una carnicería que vendía cerveza y tabloides pero ya no carne, desde que la vaca Holstein de los Langley se volvió loca años atrás.

El cliente de la mudanza era un tal Ed Pierson. Pagaba bien. Lo llamaron del hotel para avisar que Ed lo esperaba: “No temas la roca, Malloy. Vete derecho y descarga, ¿sí? Es ese sitio de la cantera vieja”. El tipo había sonado nervioso, pero en esta región eso era lo común.

Salió del camión, encendió un cigarro y empezó a caminar. La niebla lo lamía, zumbaba como si tuviese moscas prensadas en su interior. A la izquierda, rompían los sauces, y del suelo brotaba el perfil de lo que llamaban "La Roca", aunque en las historias que los viejos repetían, ese nombre era un piropo: la roca supuraba algo peor que miedo y no era de aquí, decían, aunque estuviera medio enterrada en la tierra negra de Maine.

Pisó un charco. El agua estaba fría y, por un segundo, sintió asco de sí mismo por sentir miedo de una piedra. Pero la sensación persistió, y mientras recorría el barranco hacia el claro, algo tironeó de su instinto de salir huyendo. No lo hizo, porque Terry Malloy necesitaba el dinero para el alquiler y eso, al parecer, valía más que su pavor.

La roca yacía en el centro del claro, brillante en algunos ángulos, mate como hueso seco bajo la luz blanca de la niebla. Era enorme, desproporcionada, como el ojo de una ballena fosilizada. No tenía musgo, ni líquenes pese a los años. En el costado orientado al bosque, había grabados: líneas y espirales, círculos que no tocaban su propio centro. Su superficie era caliente al tacto, aunque el aire helaba.

“Jódete, Pierson,” murmuró Terry. Se obligó a mirar hacia la cabaña donde iba a dejar las cajas: una construcción de madera, tan torcida como la moral de un vendedor de seguros. Adentro, ningún sonido. Llamó.

—¿Pierson?

Nada.

Dio un paso. Las cajas pesaban, algo crujía adentro, pero logró llegar al porche. El pomo de la puerta giró y se abrió hacia una oscuridad densa, olorosa como un sótano.

—Hola, ¿hay alguien aquí? Vengo de Pathways Mudanzas, traigo las cajas… —la voz sonaba pequeña, indiferente a la gravedad que bailaba afuera.

Al fondo, un par de ojos—¿eran ojos?—brillaron. La forma se acercó, torpe, arrastrando los pies. Una figura larga, ropa sucia, piel casi translúcida.

—Ah… gracias, Malloy. Déjalas ahí…—La voz de Pierson era una mezcla de cansancio y algo podrido.

Malloy dejó las cajas, sin mirarlo demasiado. Algo goteaba desde una viga. El ambiente, como la roca, estaba tibio, pero el entorno parecía absorbente, como si la casa estuviese bebiendo humedad o vitalidad.

—Me dijeron que la roca…—comenzó Terry.

—No la mires demasiado, amigo —dijo Pierson, y su sonrisa era un error—. No vengas por aquí de noche.

Al volver afuera, la niebla era más espesa. La piedra parecía estar más cerca del bosque, pero Terry supuso que era un juego de luces o de su cansancio. Volvió al camión. Se sorprendió al hallar el parabrisas cubierto de una gelatina acechante, con vetas verdes y grises que se contraían al tocarlas.

Se sentó adentro, tocó la radio, pero todo lo que salió fue estática salpicada de voces, de fundamentos extraños, palabras en un idioma que le chirriaba en los dientes. Apenas distinguía, entre la maraña de fonemas, su propio nombre.

Las cosas no mejoraron esa noche. Terry soñó con la roca: lo veía desde arriba, sepultado en una especie de crisálida hecha de piedra y tierra succionante. No podía hablar, apenas respirar. Había formas a su alrededor: tentáculos de sombra, raíces con ojos, y otras, flotando. Voces que zumbaban en un idioma repulsivo, mezclándose con frases de su madre muerta y los llantos de su exmujer pidiéndole ayuda desde la oscuridad. Despertó sudoroso, chapoteando sobre una sábana empapada, los pulmones apretados con el peso de una mano invisible.

Desayunó whisky con cereal. No estaba acostumbrado a asustarse. Matojos de miedo le crecían bajo la piel, haciéndolo dudar de sus recuerdos. ¿Había visto moverse la piedra, o fue efecto de la niebla? ¿La gelatina del parabrisas era savia, humedad maloliente o parte de ese otro mundo que empujaba por la fisura bajo su realidad?

Después del tercer trago, decidió regresar para preguntar por la firma de uno de los papeles que Pierson no había revisado. Era, se dijo, solo un pretexto. Quería demostrar a sí mismo que no temía a ese lugar, ni a la piedra. Condujo a través de la neblina, la radio chillando una y otra vez frases inconexas: “Entrad en el capullo, / quien despierta no puede volver / las raíces sangran / y la Roca ve.”

Al acercarse al claro, notó que un círculo perfecto de niebla había desaparecido alrededor de la roca, como si el aire no tolerara tocarla. El camión, parado a unos metros, empezó a vibrar por sí solo. El tiempo parecía ralear: miró el reloj, juraría haber conducido apenas diez minutos, pero la carátula marcaba tres horas.

Entró a la cabaña llamando a Pierson. Nadie contestó. Entró más allá del umbral y lo encontró encorvado junto al suelo, tallando círculos en tablones podridos. La expresión de Pierson era de éxtasis y desesperación, como alguien que acaba de ver a Dios y sabe que le ha sido negada la redención.

—No puedo parar —dijo el hombre entre chillidos de su cuchilla sobre la madera—. La piedra me llama. Quiere abrirse y mostrar lo que hay dentro. Quiere ver, como ve a través del tiempo.

Terry hundió las manos en los bolsillos, tratando de calmar la náusea.

—¿Qué mierda has metido en esas cajas, Pierson? ¿Qué hace esa piedra aquí?

Pierson sonrió y la carne de su cara se extendió en ángulos imposibles.

—Es un fragmento de un ser, de algo que no entiendes. Nadie debería escucharlo. Nadie que quiera dormir otra vez. Yo quise enterrarla, pero ella se excava sola, cada solsticio, más cerca de la superficie. Y cada vez que abre el ojo, mira, y hace resbalar todo hacia su sueño.

Terry quiso marcharse, pero entonces Pierson agarró su muñeca con una fuerza brutal.

—No mires dentro, Malloy. No mires, o la verás— gritó, llevándose las manos a la cabeza y forcejeando consigo mismo.

El suelo tembló. La vibración era demasiado regular para un terremoto. Afuera, la niebla se comprimía en espirales lentas y oscuras. La luz se curvaba alrededor de la piedra. De pronto, Terry comprendió que la niebla era atraída hacia allí, que todo el lugar se estaba doblando en torno a la Roca, que lo que parecía base era solo la cabeza de un clavo, el resto estaba muy abajo, incrustado en la tierra desde hace eones.

Salió corriendo y, con la adrenalina encendiéndole las venas, no notó cómo sus pies chocaban de nuevo con barro y raíces. Oyó a Pierson gritarle algo incomprensible: eran palabras familiares y ajenas a la vez, palabras que supo que algún día recordaría de otra vida o de otro mundo.

Llegó donde la piedra y se detuvo. Había en la superficie una grieta recién abierta. Una luz oscura, más negra que la sombra, se lamía los bordes. Terry sintió el impulso irresistible de mirar dentro y, cuando lo hizo, fue como caer. Vio universos petrificados, ciudades que no eran de ninguna civilización conocida, y formas reptando entre agujeros burbujeantes, forjadas en otros soles. Caminantes de piedra cantorosa que se deslizaban sobre sementeras de carne. Supo instantáneamente qué era el horror puro: la certidumbre de que existían cosas irremediablemente despiertas, cosas que solo jugaban a estar dormidas para devorar sueños y mentes.

Retrocedió tambaleando, los ojos llenos de lágrimas, los sentidos anegados por una música imposible de palabras en espiral. La voz de su madre gritaba entre ellas, convertida en una nota sorda. Se arrodilló, lloró, rió a los gritos, hasta que la niebla lo cubrió una vez más.

Volvió a la cabaña, solo para encontrar a Pierson colgando, la cuerda robada de una viga podrida, las piernas sacudiéndose aun cuando el cuello ya había cedido. Unas letras de lodo estaban garabateadas en la pared:

NO TEMAS

NO VUELVAS

LA RAÍZ CRECE DORMIDA

LA RAÍZ CRECE DESPIERTA

Malloy intentó correr, y llegó al camión con el motor mugiendo, sin memoria de cómo sus piernas lo habían traído. Se marchó. La radio seguía sonando, pero ya nunca fue normal: siempre, un murmullo grave, una letanía de fondo, le recordaba la negrura tras la roca y los ojos que, en la fractura de la realidad, aun observaban.

Años después, a Malloy todavía se le sequen los labios de miedo cada vez que una piedra sobresale en el campo. Vive lejos, tierra adentro, donde Maine huele a madera y lluvia. Pero a veces, en la noche, sueña de nuevo con la piedra. Siempre la misma pesadilla: la roca abriéndose, mostrándole lo que hay debajo del mundo—raíces, sueños y bocas.

Y comprende, al despertar, que la piedra no está allá afuera: está adentro. En la grieta de su mente, esperando que él también reclame su sitio bajo la roca donde yacen los sueños inmóviles.

Porque no hay escape, nunca lo hubo, del lugar donde la roca ve.

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