Portada del relato Ecos en la lasca
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Fragmento:


Ureña había robado la llave maestra al último guía —aquel de las piernas torcidas, el tuerto que leía con la linterna apuntando al pecho— y una idea le había crecido como un tumor bajo el cuero cabelludo. “¿Y si probamos a dormir dentro, como los antiguos? El turno completo, hasta que las sombras se descuelguen de la bóveda y bailen juntos.” Yo asentí, pero la verdad es que nunca me gustaron las ruinas ni susurros ni ecos. Hay nombres que se dicen muy alto, historias rumoreadas como huesos molidos para que crujan en la boca del que escucha. Ureña y el Negro iban por todo, por la noche vacía, las oquedades y la posibilidad de no volver iguales. No es que no tuviera miedo; es que, en aquellos días, el miedo era también un antídoto.

Duración: 10:22

Ecos en la lasca
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Texto de ajuste de pausa.

A la cantera de los Lores nos llevaban los recuerdos para matarnos. O eso decía Ureña cuando el licor humeaba al fondo de las jarras y la garganta pedía otra ronda para quitarse la arenilla del olvido. Recuerdo aquella madrugada porque tenía las botas llenas de agua y las manos tan yermas como la memoria de los alfileres. Íbamos, decían, de excursión; pero revisando los hechos y la cicatriz que todavía promete abrirse bajo el mentón, lo que buscábamos era perdición: cada uno la suya, como si compartiéramos sólo el viaje y la navaja.

Ureña había robado la llave maestra al último guía —aquel de las piernas torcidas, el tuerto que leía con la linterna apuntando al pecho— y una idea le había crecido como un tumor bajo el cuero cabelludo. “¿Y si probamos a dormir dentro, como los antiguos? El turno completo, hasta que las sombras se descuelguen de la bóveda y bailen juntos.” Yo asentí, pero la verdad es que nunca me gustaron las ruinas ni susurros ni ecos. Hay nombres que se dicen muy alto, historias rumoreadas como huesos molidos para que crujan en la boca del que escucha. Ureña y el Negro iban por todo, por la noche vacía, las oquedades y la posibilidad de no volver iguales. No es que no tuviera miedo; es que, en aquellos días, el miedo era también un antídoto.

Nos adentramos como ladrones sin plan ni botín, solo dos linternas y un farol de petróleo perdido por la humedad. La cantera era como una catedral invertida, labrada hacia las entrañas, vigilada por el hedor agrio que deja la piedra caliza tras la lluvia. Bajábamos y el aire espesaba —algo de moho y de sudor indescifrable que la materia expulsa al morir despacio—.

Fue Ureña quien lo advirtió primero, o tal vez ya venía poseído de casa: “¿Veis? Si os quedáis quietos, hay algo que respira ahí abajo. Más despacio que un hombre, más constante que un nombre.” Me reí, imitando el eco, pero ninguno tenía voz para ahuyentar la certeza de aquel rumor.

A media ladera, el Negro abrió una garrafa y la pasó sin ceremonia. Era necesario, dijo, para templar los nervios, pero en realidad buscábamos la gravedad añejada, que ayudara a las piernas a no huir cuando la luz se amedrentase.

Nos instalamos en una suerte de recodo, cercanos a una grieta vertical tapizada por líquenes tan antiguos como un fósil. Encendimos el farol y nos apiñamos en las mantas, conscientes de que la noche nos partiría en perfiles. Hablamos. De mujeres idas, de deudas y de trabajos imposibles. Entraba y salía el vapeo del Negro como si quisiera imitar los bancos flotantes de niebla. Mis pensamientos, no obstante, estaban lejos: navegando entre pasillos tallados, ansiando un soplo súbito que lo disipara todo.

Para la medianoche, el alcohol se mezcló con los murmullos del lugar y dejó de hacernos efecto. Fue entonces cuando lo vimos, o creímos ver: una sombra en la sombra. No se mueve, pero está, aunque la cabeza busque otra explicación, otra salida. Ureña susurró: “No miréis mucho rato.”

El silencio se volvió macizo. El Negro, tan pragmático siempre, intentó alumbrarlo con la linterna; pero la oscuridad era total, absorbente, un abismo reconcentrado que tragaba la luz como agua en papel secante. Una voz. Muy débil. “¿Escuchasteis…?”

Nadie respondió. No era el modo en que uno pregunta si hay alguien: era una constatación de lo que nos desgarraba por dentro. El sonido no era claro, sino un arrastre, como si alguien empujara una camilla oxidada por el fondo de la cantera. Un susurro de hierro contra hueso.

—No tengo sueño —dije.

—Nadie duerme aquí —escupió el Negro, y hubo en sus palabras algo más que cansancio: el aroma amargo de la conciencia de que habíamos ido demasiado lejos.

Esa noche se abrió como una herida cauterizada a fuerza de voluntad. Cada uno callado, observando el centro negro de la cantera y deseando que amaneciera solo para poder olvidar la noche. Hasta que Ureña, de repente, se incorporó como un soldado de plomo, los ojos desorbitados.

—No… no parpadean —murmuró.

La grieta se ensanchaba y encogía como un costado respirando por último vez. Sentí la presión en la nuca, la necesidad de no mirar pero saber que algo nos observaba desde dentro. El tiempo es otra cosa ahí. Minutos, años, todo equivale: el pulso de una cantera ciega.

Me acosté, con el farol junto al pecho. Lo último que sentí fue la densidad de los pensamientos cuajando en mis sienes, intentando cruzar la frontera del amanecer.

Cuando desperté, solo quedaba el Negro. Ureña se había desvanecido. Primero pensé que aprovecharía para gastarnos una broma; pero la forma en que su manta caía, plegada sobre sí misma como piel desollada, no era natural. Salimos a buscarlo, adentrándonos en un pasillo lateral. El Negro gritaba en un tono que nunca había oído, con el nombre de Ureña rebotando entre las losas.

Fue en la tercera bifurcación cuando vimos la mancha, oscura y pegajosa en la pared. No era sangre: era una especie de limo, como si algo húmedo y frío hubiera pasado anhelante.

Se nos pusieron los pelos de punta. El Negro retrocedió un paso. Yo, sin embargo, avancé, algo me empujaba, una voz que me decía: “Esto ya lo has vivido, sigue el hilo negro, sigue hasta el final.” Sabía de antemano que detrás no habría salida.

La galería se iba estrangulando, hasta que la oscuridad era completa salvo el reflejo titilante del farol. Allí, en el vértice, escuché un murmullo, no de labios, sino de piedra mojada que absorbe el sonido y lo escupe.

“Vuelve… Vuelve a la lasca…”

La lasca, en aquel lugar, era el nombre de una sala final, la más profunda. Según la historia, allí desaparecieron obreros, y un capataz rumoraba que era donde las almas, si estaban lo bastante frescas, eran recogidas por la cantera misma. Se decía en bares, nunca en frente de un techo de piedra húmeda.

El Negro y yo nos miramos, helados de pavor y de ese impulso de quien no puede —no quiere— dejar a nadie atrás, aunque ese alguien ya no pueda volver.

Caminamos, cada paso más febril y lastimero; tragué saliva, sentía mis piernas como guiadas por otras fuerzas. Al llegar a la lasca, había un hedor atroz; podrido, mineral, indefinible. La luz apenas podía arañar los perfiles. Y allí, en el suelo, vimos una mancha. No era Ureña. No era, tampoco, solo sombra.

Era una silueta. Menuda, imposible, vacía: lo que ocurre cuando la vida se ha mudado, dejando el eco pegado al suelo como un negativo estropeado. Lo supe antes de que el Negro cayera de rodillas y soltara una sarta de rezos sin fe. Aquello no era Ureña, pero tampoco era la nada.

En mi cerebro sonó, clara, la voz que había soñado la noche anterior, ya no susurrada sino hincando la palabra en la carne:

“Tú ya sabías lo que venías a buscar.”

Quise gritar, pero la garganta se me llenó de polvo y agua vieja. El Negro terminó a mi lado, abrazando la silueta, llorando como un niño perdido en el bosque. Le aparté, sin valor, y lo arrastré hacia fuera. Cada paso era un peso, una renuncia. Sabía que dejaría algo de mí allí.

Al salir del la cantera, la luz del día era un insulto, una bofetada helada. El Negro estaba en shock. Volvimos a la ciudad como quien regresa de la guerra: los hombros caídos, la boca sellada y una nueva sombra pegada bajo las costillas.

Nadie nos creyó. Ureña fue dado por desaparecido. El guía tuerto negó conocer nada, pero no volvió a abrir la boca en su esquina de la taberna. Durante semanas, el Negro no salió de su casa; después, un día, se tiró al río con una nota ilegible. Me quedé solo, acosado de noche por la losa de la lasca, por un murmullo que ya no pedía, sino exigía.

“Tú ya sabías…”

La cantera me llamaba, noche tras noche. Veía sus pasillos cuando cerraba los ojos; sentía la losa bajo la cama. Veía a Ureña de pie en la esquina de mi cuarto, pidiéndome que bajara, que buscara lo que habíamos dejado a medias. Quise olvidar, pero las voces me ataban como clavos oxidados.

El cansancio se volvió físico. Me miraba en el espejo y veía otra persona, o quizá una persona menos. Quise desaparecer yo también, perderme en un lugar donde no me alcanzaran los susurros ni las promesas rotas. Acabé cada noche con los mismos ojos desorbitados. Los días se hicieron líquidos, pegajosos; la vida, una repetición de pasos y huidas.

Hasta que una tarde, el rumor aumentó. Ya no me hablaba solo por dentro. La voz retumbó —o eso recuerdo— desde el propio suelo; sentí la mandíbula partirse, los dientes crujir.

“Si bajas, ya no volverás.”

Pero a veces la perdición es tan tentadora como el regreso imposible. Cogí la llave maestra, escondida desde entonces en la caja de herramientas, y dejé el farol colgando junto a la puerta, como invitando a una despedida. Bajé una vez más, tal vez por última.

Cuentan que hay sitios de los que uno no vuelve, pero se quedan sus pasos, su frío, sus palabras murmuradas. Hay espectros que no buscan asustar: solo esperan compañía. Algunos se cruzan de brazos y esperan. Otros llaman, noche tras noche, hasta que su eco te desgarra del todo. En la cantera, cada losa conserva la posibilidad de la caída; y algunas veces, al pasar junto a una sombra ajena, sentí una mano en la espalda empujarme, suave, como un amigo necesitado. Prometí no volver, pero aquí sigo, de noche, preguntándome si esa voz era la mía. Quizá todos somos, al final, la silueta que dejó otro. Quizá el verdadero horror sea ese: que haya lugares, y noches, y pasillos en piedra, en los que la única voz que te contesta, cuando ya es tarde, es la tuya, resbalando en la losa de lo perdido.

Y así, si vas, recuerda: hay lugares que no terminan nunca de vaciarse. Solo acumulan más voces. Más pasos. Más perdidos. A la cantera de los Lores, no se va para olvidar. Se va para dejarse —y para quedarse.

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